Ser tiempo
Por: Sofía Ponce de León
Programada para servir, condenada a sentir
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9
A veces quisiera pensar que seremos “chavos” para siempre, que si acaso, por momentos, la fugacidad de los instantes etéreos se volverán algo menos redundante (que de alguna forma lo son), pero no tanto como para estrangular a la idea vacía de nuestras existencias.
Aun así somos juventud, porque nuestra energía y vivacidad se basa en los cabellos que contamos con los dedos, en nuestras manos a contraluz y en aquellos atardeceres más naranjas que rojos. En las marchas fúnebres de nuestro andar por las calles que, pronto (o tal vez no), se volverán más o menos frecuentes y peligrosas que antes o que después.
Somos nosotros mismos porque dejamos de reconocernos en cada mirada y con cada soliloquio en el espejo. Somos de nuevo porque esto ya no es algo nuevo.
Nosotros somos la juventud porque nuestros sexos se encuentran tan despiertos como nuestra propia idea de un mundo que dejaremos de conocer un día, o que dejaremos de querer conocer si alguna vez la humanidad nos da la espalda, como suele hacerse en el virtuosismo de la idea vacía de hacer siempre un algo de algo, dándole un significado figurado lleno de ilusiones primerizas con nombre de conciencia y parcialidad.
Somos seres a veces (casi siempre) tan complejos. Los jóvenes de esta generación, esos que exteriorizan (y dejan de exteriorizar) los ecos vacíos en sus ojos revueltos en una sopa de hojas de árboles de nuestras escuelas, de nuestras casas de bugambilias y de nuestras voces de jacarandas que amamos, pero como es bien sabido marcan el final de una época sin filosofía, que busca crearnos una idea de lo que es nuestra vida.
Y aun así seguimos sin saber, ¿qué es lo que queremos?, ¿y qué es lo que buscamos?
Somos jóvenes porque no necesitamos que nadie nos diga que nuestra identidad se basa en la vida de alguien más, o en la melancolía de morir en este mundo y de vivir sin una razón. Somos jóvenes porque es nuestra decisión más difícil decidir algo tan simple: nuestra vida, donde la guerra terminó y todo feneció.
Entre los brazos caídos, las persianas entre movidas, entre abiertas y entre cerradas por el tenue aleteo del viento, y nuestra búsqueda, ¿qué más puede quedar si no es un par de chavos que aún siguen buscándose y encontrándose en los atroces cúmulos de nubes jorobadas? Y ya casi entre grises y blancos, en las montañas con césped artificial y tapiz de arboledas de óleos gises pastel inmaculados, siendo igual y, siguen siendo igual que como cuando éramos niños. Aún lo somos, pero nadie define eso, ni podrá definirlo.
Creemos ser chavos porque nosotros, vertidos en agua de mar y soplados en burbujas de feria, podríamos dejar de decirnos las mismas palabras dichas por algunos más grandes que nosotros: debes de ser alguien, (¿según quién?)
Amordazados por la hora en que despertamos, preocupados de llegar a clase, apenas desayunados (un licuado de plátano si bien nos va). Así vamos taciturnos, con la bendición de nuestros padres: que te vaya bien hijo, me avisas cuando llegues.
Nosotros que siempre (como siempre) nos vamos de acá para estar allá, que nuestras casas habitan en todos los lados donde nuestros pasos apresurados aparecen y dejan nuestra esencia en todo lo que nuestros cuerpos estén dispuestos a alterar y convertir en arte.
Y es que en realidad vivimos y (tal vez viviremos por siempre) destinados a acompañar y abrazar las ideas de nuestras vidas que nuestros papás, abuelos, tíos o hermanos nos han implantado como verdades que nos hemos creído como propias.
No seremos chavos para siempre, aunque lo quisiéramos, tampoco seríamos aquella idea amordazada, ni el abecedario raro de la sopa de letras, o las piñatas aretes de los mercados naranjas con verde, o amarillos con rojo.
Somos el futuro de un país que en ratos nos desconoce, que en momentos nos niega, pero eso no nos quita de ser el futuro.
ANEMONAMAREA
Por José Anastacio Ramírez Leñero
La persistencia simbólica de los dioses antiguos
Por Ximena Cortés Gutiérrez
¿Se puede renacer aun con el alma rota?
Por Yves Stanislas Ramírez Jiménez
La gracia de aceptar nuestras limitaciones
Por Ángel Raymundo Martínez Ramírez
Cuando los hijos del metal aprendieron a sentir compasión por quienes los crearon