Secuencial
Por: Yuliana Serrano Váldez
Una costumbre de pura maldad
Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Vallejo
Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Vallejo
En la esquina de la colonia
una mujer calla su llanto,
el vecino se hace el sordo
y el barrio sigue su canto.
Un niño aprende temprano
que la vida vale poco,
que un insulto, una cachetada,
son semillas en el rostro.
Se acumulan los silencios
como piedras en los ríos
y esas aguas van creciendo
hasta arrasar con todo lo vivo.
Hoy los nombres se repiten
en pancartas y en paredes,
la memoria se desgarra
con muertos que no mueren.
Y aunque la noche nos cubra
con su sombra de homicidios,
hay voces que se levantan
contra el paso al genocidio.
En la mesa del desayuno
se normaliza el grito,
un padre endurece la voz
y un hijo aprende el castigo.
En la calle polvorienta
se oyen burlas, golpes, risas,
y detrás de cada gesto
se germina la semilla
La violencia se repite,
se hereda como una costumbre,
se disfraza en la rutina
y se vuelve casi nula.
Pero cada herida suma,
cada silencio es un muro,
cada omisión se convierte
en el permiso más crudo.
Así, del insulto más chico
nace el golpe más fuerte,
y del golpe repetido
brota el crimen que vemos siempre.
De las casas a las plazas,
de los barrios a las fosas,
va creciendo la violencia
como una sombra silenciosa.
Y un día ya no son golpes,
ya no son gritos al viento:
son cuerpos desaparecidos,
son madres llorando todo el tiempo.
México carga en su suelo
la sangre de los caídos,
y un pueblo que resiste
el horror al homicidio.
Mas aunque duela la herida,
aunque el miedo sea un vecino,
la memoria se levanta
y camina con sentido.
Porque nombrar a los ausentes
es sembrar vida en el camino,
es decir: no están solos,
no podrán borrarnos vivos.
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