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Recuerdo Equino

Número 3 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2021

¡Por fin habíamos llegado a San Juan!, y ya olía a caballo

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Karla Romero Valeria Cabrera

ENP Plantel 8

Cada quince días se iba a San Juan, toda la familia Romero se encontraba ahí, se platicaba, se cantaba, se tocaba guitarra, se comía mucho y se reía.

Yo siempre iba, me gustaba ir, montar a caballo, comer dulces y papas, quedarme a dormir en los cuartos de adobe que siempre eran fríos y húmedos, tomar café que nunca sabía a café y al final, en el  regreso, pasar por un helado y más papas.

Al llegar siempre veías un arco que decía: “San Juan de las Huertas” y atrás, el Nevado de Toluca. Era un pueblo pequeño, con muchos localitos de diversas cosas, gente quemada por el frío y enchamarrada a la una de la tarde, las mujeres, barrigonas y tapadas con un chal, siempre cargaban una bolsa del mercado. Los hombres, con sombrero de paja y bigotones, muchos canosos y con botas mugrosas de lodo seco caminaban de un lado a otro.

Lo primero que veías al llegar era la carnicería de mi tío Pancho donde vendía un chicharrón incomible, duro como cemento.

— ¡Niña!, ¿Verdad que si me quieres? —  me decía mi tío Pancho, siempre era lo primero que decía al verme.

Mientras tanto, mi tía Luisa ya había abierto el portón y un gran danés llamado Obama se asomaba a la calle. Papico, mi abuelo, Mamachelo mi abuela, Mago mi tía y yo, por fin nos podíamos bajar del coche, que siempre lo estacionábamos al lado del corral. ¡Por fin habíamos llegado a San Juan!, y ya olía a caballo.

De niña me encantaban los caballos, hasta relinchaba como ellos. Ir a San Juan significaba montar, claro que mi abuelo siempre lo ensillaba y me subía a él. Papico siempre agarraba las riendas, mientras yo sola arriba del caballo era feliz, nunca galopé pero fui feliz. Un caballo en específico me daba miedo, el Morgan, porque era gris con los muslos moteados y siempre relinchaba y se paraba en dos patas.

Yo montaba a la Casilda, una yegua blanca y tranquila, aunque existían otros caballos no recuerdo haberlos montado, en total eran más o menos cinco, cuatro tenían sus caballerizas juntas y el otro estaba al otro lado del corral. Siempre me gustaba ir por paja, escogía la más bonita y se la daba a todos los caballos, menos al Morgan.

Era bonito ver en el tapanco a Mamachelo, mis tías Luisa, Marta, Estelita “La nena”, Chuchi y Aurorita, ahí sentadas chismeando mientras veían a los hombres sombrerudos montar a caballo.

Mi tío Rodolfo, medio panzón y con bigote de morsa bien poblado como el de Papico, andaba con su sombrero de charro, chaparreras y espuelas cabalgando por el corral. Mi tío Pancho, chaparrito y flaquito con un sombrerote de charro y espuelas igual cabalgaba. Papico y yo íbamos juntos en la Casilda, él con un sombrero de charro y su bigote, yo con un sombrerito azul y una sonrisa de oreja a oreja, le hacíamos compañía a mis tíos.

Era bonito ver el nombre de cada caballo escrito en una tablita de madera pegada a una herradura y colgada en la puerta de las caballerizas de adobe y luego ver a mi tío Rodolfo sacar de la cantina una botella de tequila Herradura.

De ese pueblo poco queda, ahora San Juan está cerca de ser una unidad habitacional para la familia Romero, en lugar de ese San Juan mágico de antes con caballos.

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