Facultad de Estudios Superiores Acatlán
Facultad de Estudios Superiores Acatlán
Las risas y las quejas resuenan en las calles de México: las porras, las serenatas, las caravanas. El país, por una noche, se pinta de azul, blanco, amarillo y rojo. ¿Pero por qué es tan importante? ¿La identidad nacional depende de una cascarita? La noche del 26 de mayo, más allá de si fue penal o no, está llena de significado, de una identidad que podría parecer moda. El fútbol mexicano es un negocio que genera más de 100 mmdp al año. Según datos de El Economista y As, el 78% de los mexicanos son aficionados al fútbol. No solamente los jugadores y sus dueños se benefician; también los restaurantes, bares, casinos y medios de comunicación.
Esta es una actividad en la que muchos aprovechan para pasar tiempo en familia. Pero, ¿de dónde nace la afición? Julián Reséndiz, estudiante de la Facultad de Estudios Superiores (FES) de Acatlán y aficionado del América desde los cinco años, responde: “Comenzó por mi papá; me sentaba con él a ver los partidos. También de chiquito me gustaba mucho el amarillo y encontrar un equipo con mi color fue el sueño”. El estudiante, con 20 años, ha ido a ver al equipo jugar en el estadio, denotando que la euforia y el hecho de abrazar al de al lado son de las mejores experiencias que ha tenido.
“A diferencia de otros deportes de moda, el fútbol tiene algo, ese algo que te acompaña toda la vida”, dice sobre la actividad que practica de vez en cuando. Reséndiz se reunió con su familia en la sala de su casa el pasado domingo para disfrutar del equipo y de la tradición futbolera que ha heredado desde que en la primaria le preguntaron a quién le iba. Además, manifestó estar seguro de que los medios influyen sobre el fútbol: “Para nosotros es entretenimiento; para ellos es negocio, es un punto que no se debe olvidar”.
Por su parte, Johanna González, estudiante de medicina en la Facultad de Estudios Superiores (FES) de Iztacala, no había nacido aún cuando su papá le compró un conjunto azul con blanco, como lo viene haciendo con todos sus hijos. Ella declara lo siguiente: “veo los partidos con mis papás; ayer me enojé y ya no lo seguí viendo, pero en Facebook salían publicaciones con las que estaba de acuerdo y las compartía”. Por dos años ella practicó fútbol y declara que, en su experiencia hay un punto en el que se comparan a las jugadoras, están las que se arreglan y maquillan contra las que solo se hacen un chongo, “si no eres femenina, eres marimacha”. Además, cuando ella emite opiniones o pregunta cuándo es un partido o cuál es el nombre de un jugador, no recibe atención y es ignorada por sus pares varones. Sin embargo, manifiesta ser la primera en preguntar dónde será la serenata al equipo para ir a apoyarlos al hotel donde se hospedan.
Gerardo G. Abonce, estudiante de comunicación en FES Acatlán, ha sido aficionado del azul toda su vida a causa de su padre, incluso en el 2021, cuando el equipo ganó, toda su familia estaba dormida y él se quedó despierto esperando a su padre llegar del trabajo. “Cuando llegó, nos abrazamos porque ganamos y ese sentimiento no se fue nunca”.
“La identidad de la cuadrilla y del aficionado son importantes. Al Cruz Azul se le ve como el equipo de la clase obrera, del trabajador; al América, de los que tienen dinero, del empresario”, declara el estudiante respecto a la identidad en los equipos, agregando: “si le vas al Cruz Azul, estás acostumbrado a la frustración”.
Mary Valdespino, estudiante de traducción en la ENALLT, ha sido aficionada desde que recuerda. Ahora cuenta con 19 años, es americanista inculcada por sus padres y sus abuelos. Al igual que Johanna, ha sido excluida en varias ocasiones por ser mujer: “siempre te dicen que seguro solo lo ves porque están guapos”. Para ella, el fútbol es parte de la identidad de todas las personas, pues una vez que “eliges al que le vas, le vas para siempre, no puedes cambiar”.
Ante la posición de los juegos sucios dentro de la cancha, comenta: “aun si sale la noticia, no puedes opinar sin ver el partido o el momento. El juego sucio es algo que no debería hacerse; está mal”.
En México, desde pequeño se juegan retas de fútbol en la escuela; se pregunta a qué equipo se le va y, aunque por la cultura machista las mujeres sean tachadas de marimachas, los raspones en las rodillas se quedan para siempre. Esta industria millonaria ha sido construida por las familias que enseñan a sus hijos lo futbolero. No todo México es aficionado a este deporte, pero todos pueden nombrar a alguien que sí lo es.
La situación del juego nacional, según los entrevistados, se ha convertido en entretenimiento, que, aunque es sano, por situaciones violentas y el abuso de alcohol, se ha ido mermando. Además, el fútbol puede ser comprado, desacreditado y por lo mismo perder legitimidad, pues existe competencia a nivel nacional. A pesar de esto, la identidad ejercida no desaparecerá y, cuando lo haga, ya no habrá cascaritas en las calles ni banderas en los balcones. Si alguien se queda en el fútbol o en la afición es porque algo le llevó ahí, pero esto no significa que se deba dejar llevar por lo que dicen u opinan del equipo. No solo es identidad, es cuestionarse de dónde se viene y por qué se sigue consumiéndolo.
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