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La paz tiene alas de libélula

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Diálogo entre estudiantes y activistas por el desarme nuclear

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Erika Alexa Martínez Núñez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

En un mundo de constantes tragedias, de empatía ausente, aumento de la violencia y de creciente deshumanización, donde el activismo juvenil es percibido como una manifestación social ingenua e ineficaz, encontré una causa que me devolvió la esperanza: World Without Weapons, una red juvenil latinoamericana que tiene como objetivo generar contenido educativo y de divulgación sobre conflictos armados y desarme con un enfoque en derechos humanos y género. 

Es inusual encontrar algo que te apasione tanto como para dedicarle gran parte de tu tiempo. Pero cuando lo haces, te llena de satisfacción, emoción e ilusión. 

Mi viaje no se queda solo en reuniones o publicaciones. El 12 de octubre del 2024, mi vida dio un giro profundo cuando tuve el honor de conocer al señor Yasuaki Yamashita, un hibakusha –sobreviviente de la bomba atómica de Nagasaki de 1945–. En una entrevista que nos concedió, compartió el testimonio de su vida marcada por el bombardeo. Lo que me impactó fue comprender que un niño de apenas seis años de un momento a otro, tuvo que enfrentarse a las consecuencias sociales, económicas, emocionales y físicas de una bomba atómica. 

Muchas veces hablamos de valentía, y quizá lo primero que se nos venga a la mente es un superhéroe. Pero con el señor Yasuaki entendí que la verdadera valentía no está en la fuerza física, sino en alzar la voz, compartir tu historia y transformar el dolor en una lucha por un mundo más justo y seguro. 

Heridos, cuerpos por doquier, ciudades arrasadas, familias rotas, hambre, enfermedades. Podríamos pensar que es parte de un capítulo superado de la historia. Pero no. Hoy, en plena era digital, en una sociedad que se presume más civilizada y rodeada de tratados de paz, estas escenas continúan repitiéndose. 

Nuestra responsabilidad debería ser evitar que historias como la del señor Yamashita vuelvan a ocurrir. Sin embargo, me duele admitir que tuve que mirarlo a los ojos y prometerle una paz que cada vez parece más lejana. Por eso escribo estas líneas: como un llamado a la sensibilización, a tocar nuestras fibras más humanas y a no permitir que la indiferencia sea más fuerte que la memoria. 

Durante años, el señor Yasuaki ocultó que era sobreviviente de la bomba atómica. No solo porque el mundo eligió la violencia como una forma razonable de resolver conflictos —fallándole profundamente—, sino también por la inmensa ignorancia que prevalece incluso al día de hoy. Tuvo que enfrentarse al desprestigio, las burlas, el acoso emocional e incluso, al dolor constante de ver morir a amigos y conocidos, ya fuera por suicidio o por enfermedades derivadas de la radiación. 

La sociedad que debió abrazarlo como testigo de la historia, lo señaló por ser parte de ella. Y así, buscando escapar de todo lo que enfrentaba, llegó a México en 1968 para trabajar en los Juegos Olímpicos. Aunque en algún momento intentó regresar a su país, tuvo que replantearse la idea por las normas laborales tan estrictas de Japón que no podía seguir por su condición física. 

Algunos de los efectos a largo plazo de la radiación provocada por la explosión nuclear fueron el aumento en la incidencia de leucemia, diversos tipos de cáncer y daños genéticos transmitidos a las generaciones siguientes. El señor Yasuaki fue víctima de estas secuelas. Padeció enfermedades graves como anemia y leucemia. En medio de esta desesperación, encontró el valor para contarle su verdad a un amigo mexicano después de ocultarse por mucho tiempo. Años más tarde, el hijo de ese amigo lo invitó a compartir su testimonio en una universidad. Al principio se negó, pero finalmente aceptó. Describe aquella primera vez como una forma de terapia: después de ocultar su dolor durante más de cincuenta años, hablarlo le trajo alivio. 

Así fue como comenzó su camino como activista por el desarme nuclear. 

Y así es como el activismo debe entenderse hoy: como una necesidad urgente y un acto de oposición. Porque si dejamos de hablar, si nos callamos ante la injusticia, el mundo se vuelve más susceptible a la tragedia. Hablar de estos temas es un recordatorio: aún hay mucho por sanar, aún hay mucho por hacer. 

Gracias a una invitación de hibakusha stories —una organización sin fines de lucro que difunde los testimonios de los sobrevivientes de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki—, el señor Yasuaki pudo compartir su historia con estudiantes estadounidenses junto con otros hibakusha. Muchos de esos estudiantes desconocían por completo el contexto y las consecuencias de los bombardeos. Gracias a ese colectivo, pudo conocer al nieto del presidente Truman —quien autorizó el lanzamiento de las bombas atómicas—, un encuentro que me dejó conmovida y con una profunda enseñanza. Como bien menciona Yasuaki: “El odio no soluciona nada”. Escucharlo decirlo, con la serenidad de quién ha vivido lo impensable, transformó por completo mi manera de ver las cosas. Entendí que para alcanzar la paz no basta con buenas intenciones, se necesita voluntad colectiva, valentía para tender puentes y la capacidad de colaborar incluso con quienes podrían parecer adversarios. 

Nacemos, crecemos y vivimos entre la violencia, la hemos normalizado al punto de volverla parte de nuestro panorama cotidiano, e incluso, en algunos casos, la hemos llegado a idolatrar. El señor Yasuaki nació en medio de la guerra, y su vida ha sido, desde entonces, un campo de batalla constante. Porque aunque las guerras deberían habernos dejado lecciones imborrables, seguimos repitiendo los mismos patrones, muchas veces con mayor crueldad. 

Tras la entrevista pude comprender el papel del arte como vía de escape y de sanación, de todo aquello que aún duele y no siempre se puede nombrar. El señor Yasuaki es un artista profundamente talentoso, y a través de su obra ha canalizado parte del dolor que cargó durante años. Además, reafirmé que una sola voz —cuando se atreve a hablar— puede generar un eco capaz de mover conciencias. 

El señor Yamashita describe el activismo como una piedra pequeña que cae al agua: sus ondas representan el impacto que una sola voz puede generar. Aunque a veces parezca insuficiente, otras veces se suman, amplificando ese eco. Con firmeza, Yasuaki nos recuerda que digamos “No a las armas nucleares. No podemos convivir con ellas. Las armas nucleares no son necesarias, son inútiles y no sirven para nada”. 

Hoy en plena era de rearme —con Estados invirtiendo en arsenales nucleares y desarrollando tecnologías cada vez más destructivas—, los tratados internacionales de no proliferación resultan ineficientes y la disuasión nuclear vuelve a posicionarse como estrategia legítima. Frente a este panorama, debemos hacer todo lo posible para que esa historia no se repita. Las juventudes, ahora más que nunca, somos esa piedra pequeña capaz de generar ondas de cambio. Tenemos el poder de transformar nuestra voz en acción. 

A aquel niño que jugaba con libélulas, antes de que el cielo se volviera fuego. 

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