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Crédito: Equipo PUEDJS

Universidad y democracia

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Sin escucha no hay sentido. Sin participación no hay cambio

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María Guadalupe Romero Hernández

Facultad de Derecho

Este texto está basado en la ponencia “Reforma y futuro de la UNAM”, presentada en la Mesa II “Universidad y Democracia”, celebrada el 18 de marzo de 2026, organizada por la Coordinación de Reforma Institucional y Prospectiva Universitaria y la Coordinación de Planeación, Evaluación y Simplificación de la Gestión Institucional.

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Antes de comenzar, me gustaría hacerles una pregunta muy breve: ¿cuántas de las personas que están aquí presentes se han sentido realmente partícipes en la toma de decisiones dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México?  Más allá del número, esta pregunta nos invita a reflexionar sobre algo fundamental: no solo si existen los mecanismos de participación, sino si realmente estamos logrando que la comunidad se sienta parte de ellos.

El origen de la palabra democracia. La palabra democracia proviene del griego antiguo: dēmos, que significa pueblo, y krátos, que significa poder o gobierno. Por lo tanto, democracia significa literalmente el poder del pueblo o el gobierno del pueblo.

Desde mi perspectiva, la democracia puede entenderse como un motor de cambio orientado al bien colectivo, que busca la isonomía en las leyes y en sus resultados, armonizando el derecho positivo con la sensibilidad hacia la realidad social. Es, además, un aprendizaje constante que invita a conocer a nuestro pueblo y a evitar la repetición de errores, previniendo formas de autoritarismo según las circunstancias históricas, pero también como una práctica cotidiana que se construye desde lo local, desde los espacios en los que convivimos y tomamos decisiones.

Pero muchas veces nos preguntamos: ¿esto qué tiene que ver con la universidad? La universidad es un espacio plural y diverso, en el que miles de personas convivimos, pensamos y construimos. Esto nos invita a generar un cambio constante.

¿A qué me refiero con esto? A que todas las personas que estamos aquí presentes y también quienes no lo están hacemos política, incluso cuando no somos conscientes de ello. La política no se limita a los cargos públicos, sino que se manifiesta en nuestras decisiones cotidianas, en cómo participamos, en cómo dialogamos y en cómo nos posicionamos frente a los problemas comunes.

Como planteaba Hannah Arendt, la política surge cuando las personas actúan y dialogan en el espacio público; si ese diálogo se pierde, también se debilita la democracia. Y justamente la universidad es uno de esos espacios donde esa acción y ese diálogo deben mantenerse vivos.

Esto implica entender que la democracia no es un estado terminado, sino un proceso en constante construcción que requiere participación activa, pensamiento crítico y apertura al disenso. Una comunidad que no dialoga es una comunidad que deja de cuestionar, y cuando se deja de cuestionar, también se debilita su capacidad de transformación.

Aquí es donde entra la democracia: en el poder de decidir, de cambiar y de construir desde la universidad, enriqueciendo nuestro pensamiento y fortaleciendo nuestra responsabilidad como comunidad. Porque la legitimidad de las decisiones no solo depende de su contenido, sino del proceso mediante el cual se construyen. Cuando las personas sienten que no forman parte de ese proceso, incluso las mejores decisiones pueden perder fuerza.
Una universidad que no escucha a su comunidad no solo pierde legitimidad, pierde su sentido.Desde mi punto de vista, uno de los principales retos que enfrentamos hoy es la falta de cercanía entre las autoridades y la comunidad universitaria. Más que problemáticas, los entiendo como desafíos propios de los cambios que vivimos como sociedad. Existe una desconfianza por parte de la comunidad universitaria hacia las autoridades, así como una brecha en el acceso a información clara y oportuna.

Vivimos en una era marcada por la desinformación. Este fenómeno, lejos de ser exclusivo de la universidad, responde a un contexto global en el que la democracia enfrenta nuevos retos en entornos digitales, afectando directamente la confianza en nuestras instituciones. Además, la rapidez con la que hoy circula la información muchas veces supera nuestra capacidad de análisis, lo que provoca que se tomen posturas sin un conocimiento completo de los procesos. Esto no solo impacta en la percepción institucional, sino también en la calidad del debate dentro de la propia universidad.

En mi experiencia como egresada de la Facultad de Derecho y como consejera universitaria, he podido observar cómo esta desconfianza no surge de manera aislada, sino que se va construyendo a partir de la distancia en la comunicación y de la percepción de que muchas decisiones no logran conectar con las inquietudes de la comunidad. Esto no solo genera un distanciamiento institucional, sino que también impacta en la participación: cuando las personas no se sienten escuchadas o informadas de manera clara, tienden a alejarse de los procesos que deberían involucrarlas directamente. También nos habla de la necesidad de fortalecer una cultura institucional basada en la apertura, donde la información circule de manera clara, pero también donde exista disposición real para escuchar y modificar a partir de lo que la comunidad expresa.

Ahora bien, frente a este panorama, es importante preguntarnos: ¿qué universidad queremos construir? Desde mi perspectiva, el futuro deseable de la universidad implica fortalecer varios aspectos fundamentales.

En primer lugar, la cercanía. En pleno siglo XXI, donde predominan las redes sociales, estas pueden ser herramientas magníficas siempre que su uso sea responsable y la información sea accesible sin perder la esencia institucional. Sin embargo, también pueden generar distancia. Por ello, es fundamental que la universidad fortalezca el contacto directo con la comunidad universitaria, especialmente con el alumnado. Escuchar no solo implica emitir información, sino también abrir espacios reales donde la comunidad pueda expresarse y sentirse tomada en cuenta.

Pero para que esto sea efectivo, no basta con abrir espacios: es necesario que exista una escucha activa, donde las opiniones no solo se reciban, sino que realmente incidan en los procesos. En este sentido, resulta clave seguir impulsando una mayor cercanía por parte de las autoridades universitarias en todos los niveles desde direcciones, coordinaciones y hasta rectoría. Sabemos que las responsabilidades institucionales implican agendas complejas, pero generar espacios de diálogo directo con la comunidad puede fortalecer significativamente la confianza, la participación y el sentido de pertenencia dentro de la universidad.

Porque la cercanía no solo informa, también construye comunidad. En segundo lugar, la democracia debe integrar de manera real la perspectiva de género, no como un cumplimiento de cuotas, sino como una transformación genuina basada en la igualdad de oportunidades y en el reconocimiento del valor de todas las personas dentro de estos espacios.

Esto implica no solo abrir espacios, sino garantizar que sean accesibles, seguros y verdaderamente incluyentes. En tercer lugar, la transparencia es indispensable. Toda acción, censo o propuesta debe ser accesible para la comunidad universitaria. La transparencia no solo genera confianza, también permite que las personas se involucren con mayor responsabilidad en los procesos.

Sin embargo, también es importante reconocer que, en muchas ocasiones, la comunidad universitaria no se entera de los procesos sino hasta que las decisiones ya han sido aprobadas en instancias como el Consejo Universitario. Esta dinámica puede generar una percepción de lejanía y falta de inclusión, ya que limita la posibilidad de que la comunidad conozca, cuestione o participe de manera oportuna en temas que le impactan directamente.

Incorporar mecanismos de difusión previa, accesibles y comprensibles, permitiría informar. De manera similar, en procesos tan relevantes como la designación de las y los integrantes de la Junta de Gobierno, fortalecer la cercanía de este órgano con la comunidad universitaria podría contribuir a una toma de decisiones más informada, sensible y representativa de las distintas voces que integran la universidad, así como promover mayores ejercicios de apertura, como la presentación de perfiles, trayectorias y visiones ante la propia comunidad universitaria.

También es importante que las normas y reformas que surjan de este proceso sean claras, accesibles y comprensibles para toda la comunidad universitaria. La democracia no solo debe existir en las decisiones, sino también en el lenguaje: si no se entiende, no se ejerce, y si no se conoce con anticipación, tampoco puede discutirse ni enriquecerse desde la pluralidad de voces que caracteriza a la universidad.

Para alcanzar este futuro, es necesario fomentar una participación más consciente. La comunidad universitaria debe desarrollar un criterio crítico frente a la información que consume, especialmente en redes sociales, para evitar la manipulación en un contexto donde la inmediatez muchas veces sustituye a la reflexión.

Incluso, herramientas como el Periódico Goooya, dedicado a la Inteligencia Artificial (IA) dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México pueden representar una oportunidad para acercar la información a la comunidad. Sin embargo, también nos obligan a reflexionar sobre su uso responsable, ya que en un entorno donde la inteligencia artificial puede influir en la toma de decisiones, la democracia debe construirse con pensamiento crítico y no solo con inmediatez, porque la tecnología sin criterio puede amplificar errores en lugar de corregirlos.

Asimismo, es fundamental abrir más espacios de diálogo, no sólo a través de foros, sino mediante debates informados que permitan el intercambio de ideas y fortalezcan realmente la vida democrática universitaria. Esto cobra aún más relevancia si consideramos que los retos que enfrenta la democracia no son exclusivos de nuestra universidad, sino que forman parte de una realidad global en la que las instituciones educativas juegan un papel clave en la formación de pensamiento crítico frente a fenómenos como la polarización, la manipulación de la información y la pérdida de confianza en lo público.

En distintos contextos alrededor del mundo, las universidades se han convertido en espacios clave para repensar la relación entre ciudadanía e instituciones, lo que nos coloca frente a una responsabilidad aún mayor como comunidad universitaria. Lo que ocurre en la universidad no es ajeno a lo que ocurre en el mundo: la forma en que construyamos democracia aquí también define cómo la entendemos allá afuera.

Este proceso de democratización debe ser incluyente, convocando activamente a toda la comunidad y combatiendo la apatía. Muchas veces se señala que la comunidad no participa, pero también es importante reconocer que la participación se construye. Se construye generando condiciones reales para que las personas puedan involucrarse, pero también fomentando una cultura universitaria donde participar no sea visto como una carga, sino como un derecho y una responsabilidad. Esto implica formar no solo profesionistas, sino ciudadanas y ciudadanos comprometidos con su entorno.
Pero también es importante reconocer que la participación no se impone: se construye, y también es responsabilidad de quienes integramos la comunidad universitaria ejercerla.

La democracia universitaria no depende únicamente de las autoridades, sino también de la participación activa de cada integrante de la comunidad. Es una responsabilidad compartida, y asumirla implica no solo opinar, sino involucrarse activamente, informarse y participar en los espacios que dan forma a la vida universitaria. Porque participar no es solo estar presente, sino tener la posibilidad real de incidir. Porque la democracia se construye todos los días: en las aulas, en los espacios de diálogo y en la responsabilidad que cada persona asume. Y si la universidad es el espacio donde se forma el pensamiento crítico, entonces también debe ser el lugar donde la democracia no solo se estudia, sino se vive, se cuestiona y se transforma constantemente. Porque la democracia universitaria no es un ideal lejano, es una responsabilidad presente.

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