Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán
Ya estoy en mi último semestre y aún me trabo al gritar el ¡Goya! Perdón. Espero no me juzguen por aquella nimiedad del patriotismo pumita, pero para mí es por completo difícil entrarle a la canchita ganadora de la Máxima Casa de Estudios. Vengo de una facultad de las afueras provincianas llamada Acatlán, donde no hay mucho orgullo estudiantil, en lo más alto del cerro y la inseguridad; no vengo de una Prepa Nacional o un chulísimo CCH; tampoco traigo la pumatería en mi interior, suelta y sin correa, porque aquí en confesión soy de esas quimeras que hicieron una primera carrera en otra institución nacional polichakalosa, pues bueno, uno a veces tan sólo decide rifarse otra carrerita, ¿no? Ya saben, a uno le encanta el exceso. Así que una disculpota tan enorme como los terrenos cancheros y vastos de Ciudad Universitaria por no tener tan arraigado ese sentido de pertenencia.
Esta desnutrición del sentido puma, sin duda alguna, me trajo al entendido del término “heterocigoto”, y no porque no celebre mi propia diversidad estudiantil o sexual o me guste jugarle al biólogo con juguetes Mi alegría. Es más, se me hace un concepto bien intrincado y baboso, que me he atrevido el salvajismo de plantearles. Porque así como me ven, todo un traicionero, de alguien con la finta que no trae el azul y el dorado corriendo por sus venas, ¿acaso me van a negar que la UNAM no es una mezcolanza de ideas y contradicciones? Y de hecho, por mi experiencia con las aguas locas, creo que a veces eso está genial y a veces esos dos mundos completamente diferentes traen cosas retefregonas, ¿apoco ño?
Miren, yo me vine de movilidad en mis optativas hace poquito para mi último semestre acá en las Polakas, y todo el choro que cuentan de CU son verdades, ¡hechos! Uno entra a la universidad pensando encontrar todas las respuestas, a su gente, a su tribu de niños perdidos, pero siempre unidos. ¡Awwww! En el campus más grande de México, se palpa esa realidad, aunque sin darnos cuenta, adoptamos dos vertientes: el alumno aplicado buscando superarse en su profesión de interés, y el pinche huerco desmadroso metiche que quiere experimentar TODO. Porque desde mi perspectiva ya trastornada, un “heterocigoto estudiantil” en la UNAM es, desde el primer día que pisa la explanada de Rectoría o los pastitos de chinches de Islas, un ser en constante pugna consigo mismo. Llega con la esperanza trémula de cuando uno es chiquito y mensito, de quien aún no sabe qué carajos va a hacer con su (puma)vida, pero con la certeza de que está en el lugar donde se deciden futuros –dejando caer exámenes sobre una mesa a ver quién es aceptado, como dicen las malas lenguas–, asimismo viendo a la propia Ciudad Universitaria parecida a un gran útero que pare mentes brillantes y a su vez bien ‘inche revolucionarias, sin contar a las que luego le salen nomás a tambalearse entre la mediocridad y la resistencia.
Este estudiante chismorrón se siente dividido, partido por la mazacuata de la incertidumbre, como si lo hubieran plantado entre dos trincheras. De un lado está la estructura institucional, rígida y cuadriculada, que lo quiere bien peinadito con limón y chía, entregando tareas monótonas, lamiéndole la tanga en cada clase al profesor o profesora quien se siente la mera autoridad divina bajada del cielo a la derecha del Padre y del Espíritu Santo. ¡Ay, papá!, quema mucho el sol con los docentes. Del otro lado está el espíritu contestatario que late con fuerza en las paredes grafiteadas de poesía de banqueta o dibujos mal proporcionados, en los foros clandestinos gritando “¡Eso no me representa, carnal!”, en el largo camino del aferrado, viviendo de atún y encerrado en un edificio encadenado que se dan cuando el parito se prolonga hasta el cansancio. De esos que odian y se quejan de la universidad, pero aman el PumaBus y todo lo gratuito que les da: comida, libretas, cupones y hasta servicios. “¿Y qué, pues? ¿Voy a ser un pinche borrego o me planto como me enseñaron los compas en Filos?”, se pregunta más de una vez, mientras recorre los pasillos llenos de papelitos arrancados de carteles de asambleas y protestas aulladas en el espíritu rebosante del me vale madres el sistema.
Ser heterocigoto significa pertenecer a ambos mundos, sin encajar completamente en ninguno. La pertenencia como la impertinencia es un trago amargo. Un ejemplo: en la Biblioteca Central se siente parte del ADN de esa monstruosa combinación, y en la hermosa mole de libros variados, desactualizados, con las tesinas de generaciones tras generaciones de muchos que ya duermen en el (puma)cementerio y nos ven desde el (puma)cielo y siguen guardando polvito en los estantes, se encuentra el desvarío. Pues te confieso que reconozco más la Biblioteca Central que los Pinos de la presidencia. Pero bueno, me ando desviando del punto. Para mí también es un símbolo que me recuerda a ese estudiante bifurcado que las noches en vela no son sólo para estudiar, sino para hacer malabares con la sobrevivencia en una ciudad que siempre va más rápido que todos nosotros, destrozándonos en la pobreza, ubicándonos en el corazón roto o las amistades retorcidas. Sin embargo, el estudiante heterocigoto siempre mantiene el debate de: ¿cómo carajos va a aprobar cálculo si ni para las chelas le alcanza y los apuntes se los prestan a medias porque “cada quien su jale, güey”? Ni hablar, UNAM, traes puñal. En cada huelga surcada, cada examen copiado, cada profesor que lo mira con desgano es una mutación en su código genético. Las aulas son el agujereado embrión donde se desarrolla por cuatro años, que en vez de dar pataditas, lanza el puño al aire susurrando en el latido: “¡Cachún, cachún, ra, ra!”; entre lágrimas se le van escribiendo por el cordón umbilical: “Por mi raza hablará mi espíritu”; y se transforma, a veces para bien, a muchas para mal. Cada quien, cada quien.
Eso sí, ningún estudio y tal vez sea un próximo tema para tesis, quien sabe de dónde nace ese orgullo universitario. Tal vez, teorizando en hipótesis poco demostradas, le surge la necesidad de una voluntad por el estudio, o quizá por la superación personal. Ya saben, si eres de la UNAM, ya tienes la vida resuelta, ¿no? ¡Qué! ¡¿Cómo qué no?! Se manchan. También tú, UNAM, pon columpios, profes terapeados y una manita de gato a las instalaciones, no todo te lo vamos a dar echándole ganas.
Al final, cuando ya a uno le han quitado hasta las ganas de respirar de tanto tramitar papeles, de sobrevivir con las becas mareadoras, de tanto desvelarse, el heterocigoto estudiantil se da cuenta de que no es ni completamente rebelde ni completamente sumiso. Es tan sólo universitario. Ha sobrevivido a la universidad más prestigiosa del país como quien sobrevive a una selva, pero con más fauna; adaptándose, rugiendo, mutando a un híbrido entre el que obedece y el que lucha, porque por fin ya sabe medir la situación. Y cuando recibe el diploma, lo sabe, lo sabemos bien: no es solo un papel con fotografías título ovaladas del 6x9cm, en blanco y negro con fondo gris claro e impresas en mate, ¡no! Es un pinche trofeo genético, que lleva el puma por toda su sangre y demuestra que salió de la UNAM, no ileso, pero sí más cabrón o chingona como nunca antes. ¡Orgullo Heterocigoto, PUMA!
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