El dorso del ser
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas
Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Vallejo
Colegio de Ciencias y Humanidades Plantel Vallejo
Siempre me han gustado las cosas dulces. Desde pequeña buscaba sabores suaves, agradables, fáciles de disfrutar. Por eso, durante mucho tiempo, el café amargo me parecía incomprensible. No entendía cómo alguien podía elegirlo, mucho menos disfrutarlo sin una sola cucharada de azúcar.
Todo cambió cuando empecé a observar a mi mamá.
Ella siempre elegía el café amargo. No importaba la hora del día, si hacía frío o calor, o cómo se sintiera: el café estaba presente. Al principio, yo solo la miraba con curiosidad. Me preguntaba por qué lo prefería así, sin suavizar su sabor. Cuando comencé a probarlo, lo hacía a mi manera: dos cucharadas de azúcar y apenas un poco de café. Necesitaba que siguiera siendo dulce, como todo lo que me gustaba.
Pero con el tiempo, algo cambió en mí.
Tal vez fue la costumbre, o tal vez fue el deseo de entenderla mejor. Poco a poco empecé a reducir el azúcar, a permitir que el sabor fuerte del café se hiciera más presente. Al inicio no me gustaba, pero seguía intentándolo. Sin darme cuenta, ese sabor que antes rechazaba comenzó a volverse familiar… y después, necesario.
Hasta que un día lo entendí: ya me gustaba el café amargo.
Desde entonces, el café dejó de ser solo una bebida. Se convirtió en un espacio compartido. Era nuestro momento juntas: salir por un café en una plaza, o simplemente sentarnos en casa a platicar con una taza en las manos. No importaba si estábamos felices o tristes, si el día había sido bueno o difícil. El café siempre estaba ahí, acompañándonos.
Por: Astrid Guadalupe Tufiño Gonzalez
Eres la razón por la que todavía nombro las cosas