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El fugitivo

Número 21 / ABRIL - JUNIO 2025

El miedo infantil tiene ojos diminutos

Picture of Ricardo  Ortega

Ricardo Ortega

Facultad de Psicología

—Ti. Ti. Ti —se escuchó desde dentro de la alacena.

Liliana, quien exprimía naranjas para el desayuno, se detuvo. Giró la cabeza lentamente, aguzando el oído, con la cara tensa y los dientes apretados. Tomó el cuchillo y la naranja y, cuando estuvo a punto de clavar la hoja en la cáscara:

—Ti. Ti. Ti —volvió a escucharse, seguido del crujido del celofán de una envoltura.

—No puede ser. No puede ser —dijo Liliana entre dientes, con la cara pálida, presa de una gran agitación.

Se acercó a la alacena, justo al lugar de donde provenían los sonidos. Abrió la puerta y una bola gris, apenas se coló un haz de luz, se escurrió hacia el lado opuesto del mueble. Un grito femenino ensordecedor estalló en la cocina.

Fernando bajó corriendo las escaleras, con medio cuerpo cubierto por una toalla y el cabello escurriendo agua. Detrás iba Alberto, un niño flacucho de unos ocho años.

—¿Qué pasa? —gritó tres o cuatro veces Fernando durante su trayecto a la cocina. No recibió respuesta.

Liliana se sostenía de la barra con un brazo y con la mano libre se presionaba el pecho, jadeando.

—¿Qué te pasa? ¡Habla! —dijo Fernando.

Alberto, asustado, no quiso avanzar más allá del comedor.

—Una… —pareció que a Liliana se le atascaba el aire en la garganta—. Una rata en la alacena.

Fernando se acercó a la alacena y observó la envoltura de la pasta, roída.

—¡Alberto! Tráete al Osiris.

Osiris, un gato rechoncho y mimado, dormía plácidamente en el sillón, ajeno a aquel bullicio. De pronto fue importunado por unos huesudos y fríos dedos que le aplastaron su prominente barriga y lo llevaron, cogido del pecho, a la cocina. Fernando lo tomó bruscamente del pellejo del cuello y lo arrojó a la alacena, cerrando la puerta de inmediato.

Todos quedaron a la expectativa. Liliana iba recobrando el aliento y a su cara le volvió la tez rosada. Pero nada sucedía. Osiris comenzó a chillar y a rascar las puertas. Pisaba un celofán aquí, golpeaba una lata por allá, hasta que, de pronto, se escucharon un maullido, gruñidos y saltos que hicieron temblar el mueble. Una puerta se abrió y Osiris saltó sobre la barra, tirando la jarra de jugo en el acto.

—¡Agarró el ratón! ¡Agarró el ratón! —dijo Liliana con una mezcla de excitación y asco.

La familia siguió al gato, pero Liliana reculó.

—¡No quiero ver! ¡No quiero ver!

No había rastros de sangre ni pelo, y Osiris se lamía el lomo tan campante.

—¡Ahí sigue! —dijo Liliana, tirándose del cabello.

—Condenao’ gato. Pa’ esto lo mantengo —dijo Fernando, y tomó una escoba.

Con el cepillo comenzó a golpear dentro de la alacena, pero el ratoncito nada que se dejaba. Se ocultó detrás de una lata que, al ser golpeada, formaba un triángulo con el vértice de la alacena, de tal forma que estaba protegido de los escobazos que le propinaban y, si el mueble pudiera hablar, tal vez soltaría ayes y diría: «¡Yo qué culpa tengo! ¡Ay, ya me doblaste un lado! ¡Ay, ya me tiraste otro jarrón!».

Fernando, extenuado, se recargó en la barra.

—Alberto, saca las cosas de la alacena. ¡Rápido o te pego a ti también!

Alberto, tembloroso, acercó un banquito para subirse y abrió la puerta por donde habían metido a Osiris. Sosteniendo las cosas con las puntas de los dedos, las fue dejando sobre la estufa. Pensaba en el ratón como el ser más abominable que existía en la Tierra, creyendo que había infectado todo con sus «babterias», como él decía, y que más tarde caería en cama por padecer cólera, tifoidea o cualquier otra enfermedad de la que se acordase haber leído en su libro de ciencias naturales.

Liliana veía horrorizada sus aceitunas desperdigadas por el piso, sus aderezos mezclados con el azúcar y demás especias, impregnando el ambiente de un olor picante y repulsivo.

El ratón salió de su escondite y Fernando, percatándose de ello, reanudó los violentos empellones. El ratón, no pudiendo regresar, corrió hacia la puerta donde estaba Alberto y saltó por encima de su hombro. Este lo vio pasar por el rabillo del ojo, perdió el equilibrio y, de puro milagro, logró asentar un pie en el suelo para no caer.

—¡El niño, Fernando! —dijo Liliana, retrocediendo varios pasos.

Alberto, sobresaltado y procesando el peligro, se soltó a llorar.

—¡Ya! ¡Ya! No te hizo nada. Ni que fuera a comerte —dijo Fernando, notablemente irritado.

Miró alrededor. ¿A dónde se había ido el ratón? Resignado, dejó la escoba.

—Limpia aquí para que pueda poner trampas en la noche. Ahorita pongo la de metal —le dijo a Liliana.

Ella, entre sollozos, depositó en una cubeta la mezcla pringosa que reposaba en el suelo y la dejó en la entrada de la calle para que se la llevara el recolector de basura más tarde.

—Ve a terminar de arreglarte para la escuela, hijo. No te preocupes. No va a pasarte nada ni te vas a enfermar. Córrele —le dijo a Alberto, y este fue por su mochila.

Fernando bajó con la trampa, una de esas jaulas que se cierran al accionar una palanca, colocó un trozo de queso en su interior y la dejó frente al refrigerador.

Durante el día, Liliana clasificó todo lo que se hallaba en la alacena y lo que no estuviera en envases de vidrio o latas lo tiró a la basura. El resto, al igual que toda superficie de la cocina, lo sometió a un riguroso proceso de desinfección, restregando con el trapo empapado de jabón y cloro.

En la primaria, Alberto contó a sus amigos lo sucedido aquella mañana, agregándole no pocos efectos de fantasía: exageró las dimensiones del roedor, habló de sus ojos rojos que parecían furiosos, de sus afilados colmillos que le enseñó antes de saltar sobre su cabeza e incluso dijo que había herido de gravedad a Osiris, quien fue llevado al hospital.

—Ten cuidado —dijo uno de los chiquillos—. Esos transmiten la rabia y te tienen que inyectar tres veces en el ombligo.

Dicho y hecho, Fernando colocó trampas por todos los rincones de la cocina y con toda clase de alimentos como cebo. “Si no cae con las fresas, cae con el queso, y si no, con el pan y si no…”. Pero el astuto ratoncito, quizá exhibiendo el más disciplinado estoicismo, no caía en las tentaciones que se le ofrecían. Por el contrario, seguía visitando la alacena en busca de cosas para roer.

Liliana, desesperada, continuó limpiando y se declaró en huelga culinaria, estableciendo que no cocinaría nada hasta que se resolviera el asunto del ratón. Para no quedarse privados de tan exquisitos guisos, Fernando y Alberto revisaron cada lugar de la casa intentando dar con el escondite del ratón, pero no hallaron nada más que polvo, monedas y pelo de gato.

—Pues solo queda esperar, flaquita. Con que ese mendigo ponga una pata en las trampas, se queda pegao’.

Fue la tarde siguiente que la espera terminó: el ratoncito, luego de su visita habitual a la alacena, donde hacía dos días que ya no encontraba nada, bajó hacia la barra escalando por la pared. Atraído al fin por los olores dulces que emanaban de las fresas, el pan y las galletas, acometió decidido el paso hacia el suelo.

Encontrando en el palo del trapeador recargado en la barra un atajo hacia los manjares que le esperaban, se subió en él, pero ¡vaya suerte!, vencido por el peso extra, el palo se inclinó y cayó sobre el borde de la cubeta. El pobre animal, sintiendo cómo se le prensaba la pata y luego una quemazón horrible, terminó por soltarse, yendo a dar al fondo de la cubeta.

Alberto, que a petición de su madre fue a guardar de muy mala gana la escoba y el trapeador, se encontró con el ratoncito. Parado en dos patas, el agua le llegaba hasta el abdomen. Rascaba la cubeta en su intento de escalar, pero lo resbaloso del jabón y la inflamación de la pata le impedían encontrar un punto de apoyo.

“Todo está contaminado. ¡Rayos! ¿Por qué mamá se olvidó de guardar las cosas?”, pensó Alberto, rascándose la cabeza. Había tocado el palo del trapeador y supuso que el animal también. Fue a lavarse las manos con fruición, queriendo arrancarse la piel y hasta cambiarse de manos si fuera posible.

“Las babterias también están en mi cabeza. ¡Tendrán que vacunarme contra la rabia!”.

Se puso contra la pared. Le punzaban el cuello y la nuca. La cara comenzó a quemarle y quiso salir corriendo. El roedor permanecía inmóvil, tomando aliento para intentar escapar de nuevo.

Alberto tuvo un impulso: empujó la cubeta con el pie. El agua arremolinada sumergió al ratoncito. Cuando se apaciguó, este reanudó la huida, rascando enérgica e inútilmente.

Entonces Alberto tuvo una idea: colocó el pie de nuevo en la cubeta y empujó despacio. El movimiento del agua le produjo cosquillas en el pecho. Volvió a empujar. El animal perdió el equilibrio y se perdió brevemente entre la turbidez negruzca.

Cuando recobró la postura, quedó mirando hacia Alberto, jadeando ruidosamente. Los ojos, negros como aceitunas, restallaban fulgores argentados. Las patas, tensas, se resbalaban lentamente hacia los lados.

Alberto se detuvo. Sopló a través de sus manos y sintió el ácido del estómago quemándole los órganos. Pasó varios minutos pensando: “¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer?”. Él también jadeaba.

Golpeó con los nudillos la tarja. Miró al ratoncito, empapado y aterido. Gruñó fastidiado. Se decidió finalmente. Con cautela, tomó la manija de la cubeta y, suavemente, la llevó hasta el punto más alejado del jardín.

—Vete. No vuelvas por aquí o… —se le hizo un nudo en la garganta.

Vertió la cubeta y el ratón se deslizó dando de bruces contra el pasto. Se quedó unos segundos mirando hacia enfrente. Contempló la hierba verde y sintió el aire fresco enfriándole el pelo. Desconfiado, dio un paso, luego otro y echó a correr, cojeando, hasta la verja.

—¡No vuelvas! —dijo Alberto.

Regresó a la casa. Se lavó las manos restregándose el jabón tantas veces que perdió la cuenta. Miró en el espejo su rostro cubierto de sudor y se examinó las manos temblorosas. Sin duda, iría al centro de salud a que le pusieran la vacuna contra la rabia.

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