Lucha por tus sueños
Por: Regina Carrillo
Creérsela es un acto de amor
Facultad de Artes y Diseño
Facultad de Artes y Diseño
Un día descubrimos que existe algo a lo que le llaman muerte. Para mí, la primera vez tuvo forma de calaverita de azúcar, hasta que después se convirtió en algo real. Era una niña cuando se fue mi pequeña prima, luego un tío, seguido de otro, y otros más. Entre la confusión y el desasosiego, entendí que es parte de la vida. Sin embargo, un día se fue alguien quien era parte de mi alma, una persona que, sin importar el tiempo o la distancia, siempre sería parte de mí. Hoy yace en tierra santa, su voz ya no es, el brillo de sus ojos se apagó. Sé que ya no está en ese cuerpo que tantas veces abracé, y con él, una parte de mí también se ha ido.
Se escuchan gritos a lo lejos, ruego con desesperación por tu regreso, le suplico a la muerte que me abrace, que me lleve consigo, quiere ahogarme en la sal de sus ojos, pero estoy sola, no hay nadie ni nada que me consuele, una ola gigantesca de ira y tristeza me golpea, me arrastra, me hunde en lo más profundo. Han pasado solo unos meses que se sienten como cien años. La tormenta se ha calmado, pero me llevó a un espacio desconocido, ahí, por fin, encontré algo de consuelo, un poco de silencio. Llegué al coral de mi corazón y me refugié en una caracola de la que ya no quería salir. Pero el silencio no duró, como la lluvia que empieza con una gota, fue llenándose de ruido. Salí de la caracola y miré a mi alrededor: los corales estaban pálidos, algunos teñidos de un ocre marchito, se estaban muriendo, en su lugar crecían brotes de erizos de mar, que susurraban hubieras y lamentos: ¿Y si hubiera ido a tu cumpleaños? Al menos te habría visto una última vez. ¿Qué habría pasado si ese día no hubieras salido? Debí enviarte ese mensaje. Si te hubiera dicho que nos viéramos, ¿habría sido peor o seguirías aquí?
Al principio sus púas me lastimaban, eran punzantes, poco a poco fui cediendo al dolor, acostumbrándome a él, incluso tomándole gusto. Dentro de ese sufrimiento las ficciones me envolvían, en ellas el pasado seguía presente y los futuros imposibles me consolaban. Mis recuerdos se han distorsionado. Fantaseo con realidades en las que sigues aquí, pero una parte de mí pelea y me dice: eso no fue lo que pasó, eso no va a pasar. Imagino que pensar así te lastimaría, y por un momento dejó de inventar lo que no pudo ser. Luego, sin darme cuenta, vuelvo a pensarte.
Todas las palabras no dichas se hacen nudos en mi garganta. Ojalá esos nudos me ahogaran. El paisaje dejó de ser coral y se convirtió en un mar de erizos que me empujaban y me arrastraban. Llegué al abismo, todo era penumbra, no veía absolutamente nada, solo resonaban los hubieras, distorsionados. Y entre susurros, las palabras cambiaron: ¿Y si también me voy? Ya no quiero estar aquí. ¿Dolerá la muerte?
Entonces una pequeña luz bioluminiscente apareció, apenas perceptible en la oscuridad, distante, titilante. Me acerqué, y mientras lo hacía, comenzaron a surgir más luminiscencias, dibujando un sendero, me indicaron el camino de regreso. Pero yo aún no sabía si quería regresar. ¿Qué pasaría si muero?, pensé. Nada me garantiza que en la muerte pueda recordarte a ti, o a cualquier otra persona. Por lo menos aquí puedo pensarte. Por impulso, comencé a seguir las luces, subí hasta llegar a la superficie. Te hiciste luna, y yo, me hice mar. Al ver tu reflejo comprendí que dejaste de vivir conmigo para vivir en mí. En las noches, entre sueños, a veces me visitas. Mis olas ya no me hunden, aún duelen, pero es un dolor que tolero, ahora se mecen en tu recuerdo, no en fantasías, no en un hubiera que contaminan mi pensamiento, sino en lo que realmente son, recuerdos.
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