Lo que ya fue
Por: Leonardo Reynoso Cisneros
Recordar no es más que adolecer
No le hacemos falta a nadie
No le hacemos falta a nadie
Para MTS, gracias por todo, nos vemos en la otra vida…
Contemplé cada uno de los objetos que me regalaste a lo largo de nueve años. Nada tenía sentido ahora que lo pienso. Para ti eran desechos de tu casa porque eran cosas de las que te querías deshacer, me las dabas y yo las recibía con amor. Siempre pensé: Cuando nos juntemos todas estas cosas van a regresar a ti. Pero no, veo que eso nunca va a suceder. Eso me da muchísima nostalgia. Aquellas chácharas tenían la ilusión de volverte a ver. Se quedarán conmigo por siempre; aunque no por siempre porque, ahora que lo pienso, me debo deshacer de ellas. Cada vez que veo a aquel hombre de nieve sin nariz y que en algún tiempo sirvió como adorno navideño, lo miro triste: su cara guarda rencor, pero también lo observo nostálgico. Pienso que se dio cuenta de que no tendrá retorno.
La botella de vidrio que guarda un barco que dice Veracruz ahora navega sin rumbo. El navío sabe que lo dejamos atracado sin un destino final. No me preguntes cómo lo sabe, pero todas las chácharas que me has regalado guardan cierta tristeza. Lo noto porque han perdido color, han perdido esa alegría y mi cuarto se ha convertido en un cementerio de objetos que fueron comprados y regalados con amor, pero que ahora representan tristeza y melancolía.
La rosa amarilla artificial que me regalaste en mi examen profesional se ha marchitado. No me preguntes cómo, pero ahora se ve enferma. El recuerdo de ese momento la mantenía viva, pero al saber que ya no estaremos juntos se enfermó y no he podido reanimarla. Los peluches que me regalaste me reprochan con la mirada que ya no te aparezcas por aquí, siento que su desprecio se convierte en depresión y de vez en cuando se caen de su lugar: los levanto y suspiro. Pensé en una sola cosa antes de dormir: Tendré que guardar todas estas chácharas en una caja. Tarde o temprano se tienen que acostumbrar a esa ausencia.
Cuando desperté, cada uno de los objetos que me regalaste estaban rotos. La botella con el barco estaba quebrada, el hombre de nieve estaba despedazado y los peluches yacían sin relleno debajo de mi cama.
Me sentí mejor porque ahora ya no estaba tan triste por ellos. Ya no sufrirían de aquella espera, ya no estarían sin retorno. Las chácharas ya no tenían futuro y tampoco yo. Estaba dispuesto a tomar la misma ruta que ellas. No era del todo descabellado. Tomé un pedacito del vidrio roto y fui cortando poco a poco mis muñecas. Se sentía bien. Ahora sí ya tenía un rumbo. Total, no le hacemos falta a nadie.
Por: Marisol León Díaz
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