En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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La izquierda diario

¡Bajan!

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Un extraño y cotidiano ecosistema llamado transporte público

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Luis Santiago Yáñez Salvador

Facultad de Estudios Superiores FES Iztacala

Según Google, el transporte público debería tener las siguientes características: tarifa y acceso universal, rutas y horarios fijos, alta capacidad, regulación, sostenibilidad y economía. Sin embargo, en muchas ocasiones esto no es más que un simple mito por todas las vivencias que la gente experimenta desde las 6 de la mañana, que es el horario donde la ciudad y los estados aledaños ya están listos para recibir un nuevo día. Se pone a prueba la resistencia y resiliencia del usuario promedio y su capacidad de manejar los escenarios más fantasiosos e irreales que una mente que no sea la de H. P. Lovecraft o André Breton pudiese concebir. Es una batalla constante entre el caballero galante (que en este caso serían los usuarios arreglados para su trabajo) y ese monstruoso dragón (el medio de movilidad), puesto que el transporte público no te lleva a tu destino; te pone a prueba para ver si realmente mereces llegar. 

Con sueño, hambre, cansancio y una extraña amalgama de aromas que van desde el sudor, las lágrimas y el perfume de vainilla de una señora es la manera en cómo nos recibe la sociedad día a día. El empujón, codazo y apretón es la manera en que el otro nos da los buenos días, y da igual el medio por el cual uno llegue a su destino, ya sea metro, metrobús, trolebús, microbús, cablebús, pesero, tren ligero, suburbano, ecobici, RTP, camión, combi o bicitaxi; en todos está presente ese miedo de llegar tarde y la angustia de la pérdida del yo, ya que todos nos unimos en una mente colmena movidos por el grito insistente y constante de un policía, camionero o despachador que lo único que alcanza a vocalizar son las mismas frases: “avance, avance, no se detenga”, “antes de entrar permita salir, «háganse para atrás, hagan espacio”, “la salida es por atrás” y “ahí no hago parada”. 

Pero no se limita únicamente al Caronte de la edad moderna; no, sino que también las pobres almas perdidas que son parte de ese coro y sinfonía lúgubre, representados por distintos y distintivos cánticos que solo refuerzan la idea de que no saben a dónde van: “¿baja en la que sigue?”, “¿podría pasar mi pasaje?”, “¿cuántas estaciones faltan para…?”, “permiso”. Esto hace que permee la idea de que ellos son quienes nos dirigen, como una horda de zombis sin voluntad ni fuerza, donde se comen al turista o al perdido, aquellos que solo van detrás de quien es el más consciente, el más lúcido o, ya malamente, el que reconoció cuál es su paradero. 

Solo basta un momento de individualismo y recuperar esa esencia que nos hace ser nosotros mismos, únicos, para darnos cuenta de que la batalla no solo está en el plano terrenal, sino que inclusive escala a las leyes fundamentales del universo. Hay una propiedad dentro de la física, planteada por Sir Isaac Newton, llamada propiedad de la impenetrabilidad, que en resumen nos dice que es la resistencia que opone un cuerpo a que otro ocupe su lugar en el espacio: ningún cuerpo puede ocupar al mismo tiempo el lugar de otro. Y sin embargo, todas las mañanas, aparte de atentar contra las leyes de Dios y la naturaleza, también atentamos contra las leyes de la física, ya que por más ideas, postulados y leyes que nos quieran dar los científicos de antaño y actuales, de una u otra forma un estudiante que va tarde

para su clase de las 7, una anciana que va por su mandado, la madre que va a dejar a sus hijos a la escuela y el señor que va estresado porque se acabó el domingo y debe regresar a su mísera realidad, poco le van a importar los miles y miles de años que como “supuesta” humanidad nos ha tomado llegar a este conocimiento y raciocinio; no, ellos entran porque entran. Y digo supuesta humanidad porque, como selva regida por el animal más fuerte, emergen nuestros instintos más primitivos que se encuentran ocultos en nuestra psique, y en el transporte público uno se encuentra regido por las mismas reglas: aquel que sea más rápido alcanza un lugar, aquel que sea más fuerte podrá abrirse camino entre la multitud, aquel que sea más astuto podrá acortar su camino y aquel que sea más ágil podrá esquivar a las personas. En su momento hubiese incluido que aquel que sea más viejo podrá gozar de ciertos privilegios, como en otras especies de animales donde se les ve como sabios o líderes de su manada. Algunos de sus privilegios podrían haber sido que se les cediera el asiento o que tuvieran prioridad en el uso de los elevadores, pero no; aquí la única valía que tiene frente a la sociedad es su credencial del INAPAM. 

Y no solo nos desquitamos con los débiles, esto incluye al mobiliario que, sin la menor pizca de conciencia, es la mayor víctima de este cuento de horror, ya que al tener el apellido de “público” la gente cree que es merecedor de nuestras conductas más bajas y viles, que al no tener boca no va a poder gritar y reclamar el trato digno que se merece. No me quiero imaginar si fuese un ser vivo y diera testimonio de todo lo que ha visto en su larga y extenuante trayectoria; estoy seguro de que se vería en su rostro el mismo trauma que un veterano de guerra después de estar encerrado como preso político de Corea del Norte y haber sido sometido a diferentes métodos de tortura. Diría que su nombre ha sido utilizado como sinónimo de “basurero”, “baño”, “comedero” y, en algunos casos, “hotel” por los seres “disque” evolucionados de los monos, que la diferencia entre estos y nosotros es que ellos tienen pelo por todo el cuerpo. Pero aparte de la evolución y nuestras conductas retrógradas, hay algo más que nos une con estos animalitos, y es que nosotros de igual forma damos un espectáculo. Aparte de los usos ya mencionados previamente para los distintos medios que hay, se encuentra uno que reluce por su singularidad: también es un circo, uno macabro, pero circo al final de cuentas. 

Dado que aquí hay vasta variedad de personalidades, es casi un hecho que el transporte público jamás será aburrido, con el simple hecho de tener que sobrevivir cada día y cuidarnos de que nos bolseen. Pero como explorador y biólogo en búsqueda de nuevas especies, con el tiempo uno distingue y halla esas criaturas en su hábitat natural, como si fuesen Pokémon; entre las más distintivas están las siguientes. 

Dormiens pendularis (El durmiente): Posee la extraordinaria capacidad de entrar en un sueño profundo y de poder mantenerse en pie por pura fuerza de voluntad. 

Audiophonum liberatus (El que escucha música o videos sin audífonos): Especie territorial que utiliza sonidos de alta intensidad para marcar su presencia. Sus videos

y ruidos suelen consistir en memes, corridos o audios familiares. Se cree que desconoce por completo la existencia de los audífonos. 

Mercator ambulantis (El comerciante ambulante): Especie representativa del transporte que recorre grandes distancias ofreciendo productos de origen misterioso. Puede hacerse paso por espacios completamente saturados sin reducir su velocidad. Algunos ejemplares son capaces de recitar anuncios comerciales durante varios minutos sin necesidad de respirar. 

Gymnasticus tubularis (El que hace ejercicio en las barras del metro): Se le puede encontrar principalmente en horarios de baja afluencia, donde usa las barras de seguridad dentro del transporte para hacer gala de sus habilidades físicas e intentar impresionar a sus congéneres. 

Praedicator apocalypticus (El predicador): Posee la capacidad de transmitir mensajes apocalípticos y de salvación a pasajeros que se encuentran a largas distancias. 

Vitreus sacrificialis (El señor que se acuesta sobre vidrios por monedas): Especie rara que cuenta con una extrema resistencia al dolor y que hace uso de vidrios para obtener recursos económicos. Los científicos aún investigan si cuenta con terminaciones nerviosas. 

Caecus itinerans (El ciego): Ejemplar tranquilo que se desplaza mediante avanzadas habilidades de orientación; su aparición suele activar temporalmente el instinto de cooperación de otras especies, fenómeno extremadamente raro dentro del ecosistema del transporte público. 

Vagus subterraneus (El vagabundo habitual del transporte): Habitante ancestral de estaciones, andenes y túneles. Se cree que conoce rutas secretas y horarios olvidados por la administración. Puede permanecer inmóvil durante horas observando el flujo migratorio de pasajeros. 

Pero ese frágil ecosistema se ha visto invadido y violentado por el Masiosare, el extraño enemigo disfrazado del Mundial, solapado por un gobierno mediocre y corrupto que, como fiel reflejo de su mentalidad agachona y complaciente, vulneró a toda una cultura y sociedad con el fin de darle una comodidad pasajera a aquellos que simplemente van de paso, como un cruel e irónico chiste de cómo nosotros hacemos uso de estos distintos medios. Pero como individuos hemos encontrado la forma de defender y hacer valer eso que nosotros maltratamos a diario, pero que es nuestro; y como niño emberrinchado, nadie puede darle ese trato más que nosotros, y lo haremos. 

Y entre esos ires y venires, las quejas, los retrasos, bloqueos y remodelaciones, hay algo que no se puede negar: hay algo muy lindo en todo eso. Es la esencia, lo primordial y lo sencillo de cada uno de nosotros. No hay nada que ocultar, no hay máscaras ni disfraces. El transporte público está lleno de emociones: felicidad, tristeza, enojo, amor, angustia, estrés, calma; una extraña forma de yin y yang, el caos y la paz, que deslumbra a todo aquel que pase por sus calles, avenidas, andenes y pistas. Y no hay que negarlo, es casi seguro que el camino al infierno es en transporte público, donde hay que hacer correspondencia en Pantitlán, tomar un pesero a Indios Verdes y rogar para que el camión al que nos subimos haga parada en Metro Toreo. 

Ya sea de día, tarde o noche, se halla en el ambiente esa unión, algo que nos da ese sentido de pertenencia con los demás. Tal vez en un futuro se compre un coche y ahora sea presa del pánico del tráfico, pero por ahora detengámonos y apreciemos, en un segundo de melancolía burda y barata, ese momento lleno de personas, o tal vez no. Vea la ciudad, los edificios, los puestos de comida, los autos y tal vez otros medios de transporte; instantes llenos de confusión y de personas aferradas a llegar al lugar donde deben estar, instantes que no se repetirán porque nosotros ya no estamos ahí. Y es ahí donde dejas de lado ese letargo, vuelves a la triste y gris realidad, te preguntas dónde vas y, al caer en cuenta de que ya te pasaste de tu parada, ya solo queda gritar: 

¡BAJAN!

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