CDMX desde el Edomex
Por: Sharon Michell Mora Aguirre
En la periferia, no vivimos: sobrevivimos
Facultad de Ciencias Políticas Y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas Y Sociales
Siempre a las seis de la mañana como cualquier otro día, debo utilizar la línea 3 del metro, todo muy rutinario: la gente esperando un tren lleno, y el calor de la estación hacían que fuese otro día más rumbo a la universidad. Enjambre y Caifanes sonaban entre mis audífonos al subir al tren, y de Guerrero a Juárez todo era tranquilidad sin saber lo que en Balderas me iba a esperar.
El metro avanzaba y la gente se preparaba para bajar de él, en ese momento es cuando una señora le pide permiso a otro chico y a mí para que la dejáramos pasar, el primero la ignoró y yo si la dejé pasar. Es cuando me percato que el pasillo central del vagón queda vacío y le pido permiso a esta persona:
–¿Si me das chance de pasar?–
Me ignoró, por lo cual dentro de mí pensé que tal vez no me había escuchado, ya que también traía puestos sus audífonos. Así que, por segunda vez, le pedí permiso, y le toqué el hombro para ver si volteaba, pero nuevamente me ignoró. Para este punto, mi enojo empezó a aparecer lentamente y procedí a no decirle nada. A mi cabeza se le ocurrió un plan que no tenía porqué fallar, solo era esperar que la misma gente que se subiera en Balderas, me iba a empujar, y por ende, yo lo podría empujar. El metro llegó y la hora de ejecutar el plan se acercaba, todos comenzaban a subir, así que para esto tal cual solo procedí a soltar el cuerpo y a cargar mi peso en contra de él.
Fue lo suficiente para que se me quedara viendo, entonces se quitó sus audífonos y sin más empezó a reclamarme:
–¡¿Por qué me empujas?!–
Le contesté bastante enojado:
–Porque no te mueves, desde hace rato te estoy pidiendo permiso y me ignoras–
Sin pensar lo que iba a pasar después, me contesta:
–Es que no me tienes que empujar–
Mientras me decía esto me empuja con sus manos, y es ahí donde mi cabeza se desconectó. Ambos comenzamos a reclamar e insultar. Yo le argumenté que si tenía algún problema, podría bajar la palanca de emergencia, o que nos bajáramos del vagón. Era tal mi enojo, que no me daba miedo que llegara la policía y terminara en el Ministerio Público.
Al final, el metro cerró sus puertas y comenzó a avanzar. El ambiente se quedó en silencio y la gente solo murmuraba. Después de los reclamos, no nos dijimos nada, solo nos ignoramos aunque la tensión seguía. Las personas que subieron en Niños Heroes no sabían que una estación antes, dos sujetos totalmente desconocidos, se pelearon por un empujón. Con el pasar de las estaciones, lo tenso iba disminuyendo, pero mis ganas de pelear no pararon ahí y la supuesta “tranquilidad” que había durado entre Balderas y Coyoacán acabó con una sola mirada.
Antes de bajar, sentí un gran escalofrío recorrerme. Así que decidí voltear para atrás, y es cuando esta persona tenía la mirada más fija y seria posible puesta en mí. Inevitablemente perdí el control y mis ganas de seguir reclamando volvieron a llegar, por lo que estando bastante enojado le dije:
–¿Que te me quedas viendo?–
Y ya cuando llegamos a Coyoacán por último le dije a esta persona:
–Espero que esto te sirva de experiencia y aprendas a utilizar el metro–
Me bajé del metro y salí de la estación para esperar a mi amigo. Cinco minutos después, pasó por mi y mi día siguió con tranquilidad.
Semanas después de esto, platicando con mi hermana le conté la situación y llegué a la conclusión de lo que es lógico para mi, tal vez para él no lo era, tal vez era su primer dia en el metro, o tal vez yo era el que venía estresado y solo quería algo insignificante para estallar, incluso solo era un mal día para él y para mi. Pero soy consciente de que no existe un manual para saber como ocupar el metro a las seis de la mañana y seamos realistas, todos alguna vez nos ha tocado presenciar una pelea o un desfiguro en el metro de nuestra querida Ciudad de México o en algunos casos, nosotros somos protagonistas de un evento así, que con el pasar de los años se ha vuelto algo cotidiano. Lo más estresante es que ocurren estos eventos en las llamadas “horas pico” trayendo como consecuencias el retraso en el servicio y el no poder llegar a tiempo a nuestro destino.
Ahí es donde se hace el escenario perfecto para un conflicto, donde la prisa se acumula y la paciencia se desgasta, basta con un roce malinterpretado o “una mirada de más” para que la tensión estalle. Lo que parecía un trayecto ordinario se transformara en segundos en un espacio cargado de enojo, frustración y cansancio. Es ahí, entre el ruido del tren y la gente apretada, donde las historias dejan de ser ajenas y comienzan a hacerse personales. Justo en un momento, fue donde me tocó ser parte de un evento que no es fácil de olvidar y que a la vez me sirve de experiencia para no volver a repetirlo, ya que no valía la pena reclamar y enojarme con un desconocido, también que no era consciente en ese momento hasta donde podía escalar esta situación, ya que el enojo te nubla el panorama de la realidad en esos momentos.
Además este tipo de situaciones no solamente se quedan en el metro; el metrobús, el tren suburbano, el trolebús, el mexibús o hasta en las combis llegan a ser testigos y protagonistas de este tipo de situaciones, en las cuales se pueden comparar con una batalla que miles de capitalinos y mexiquenses vivimos a diario, donde tenemos que sobrevivir, enfrentarnos a la multitud, donde el andén no solo es concreto si no una trinchera, donde cada empujón es un ataque y no sabremos quién será nuestro siguiente enemigo, ya que cada vez que las puertas se abren inicia el combate donde la victoria es conseguir un asiento, recordándonos que uno mismo tiene que ver por sí mismo y donde uno caiga a la más mínima provocación se condena a sí mismo, porque no sabemos cómo puedan reaccionar las demás personas, porque en esta ciudad, subir al transporte público no es rutina: es entrar en un campo minado, un mal paso y ahí acaba todo.
En lo personal esta es una crónica de lo que me tocó enfrentar durante una guerra con un desconocido, en la cual no hubo un ganador, ni un perdedor, pero lo que sí hubo fue un momento que el destino nos entregó y que lo convertimos en más que un desentendido que por poco pudo ser terminal.
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