En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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"Aggretsuko" (Fanworks / Sanrio, 2018)

CDMX desde el Edomex

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

En la periferia, no vivimos: sobrevivimos

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Sharon Michell Mora Aguirre

Facultad de Derecho

¿Cómo nos desplazamos desde la periferia a la ciudad todos los días? Muchas de las personas que se trasladan diariamente comienzan su trayecto desde las 4 a. m. para llegar a las 7 a. m. a su destino. Aunque los horarios pueden ser diferentes para cada persona, quienes vivimos en la periferia tenemos algo en común: salimos con más de una hora de anticipación. Pero ¿por qué? ¿Por qué y cómo nos adaptamos al transporte público?

El transporte es ineficiente en las ciudades que conectan a estudiantes y trabajadores de un punto a otro. Hay camiones en malas condiciones y combis que no tienen ni la palanca para abrir, con una ventana cubierta de plástico. Además, los pasajeros llevan el dinero contado y preparado por si se suben a asaltar. No hay ventilación en época de calor y, durante las lluvias, falla el drenaje sobre la calzada Ignacio Zaragoza, la avenida La Concordia permanece cerrada y el trayecto por la México-Puebla puede tardar hasta dos horas, especialmente cuando también se encuentra inundada. Mientras tanto, la gente viaja colgada al estilo «mosca» porque, si no toma ese camión, no llega a su destino. ¿Cómo vivimos eso día con día? No, error: no vivimos, sobrevivimos a un pésimo servicio de transporte y a la deficiente actuación de las autoridades ante avenidas concurridas, llenas de baches y con un drenaje inadecuado. Y, para colmo, llega la cereza del pastel: el aumento del pasaje hacia la CDMX.

Quienes, como yo, nos transportamos diariamente entendemos una cosa: la adaptación es importante. En Pantitlán, cuando el Metro está a reventar y vemos llegar el tren, todos estamos listos, hasta los llamados «pajaritos», que con sus chiflidos alteran a todos hasta que llega. Estamos preparados, con las mochilas al frente para poder entrar. Deseamos ganar un lugar para el resto de nuestro trayecto. Sin saberlo, Pantitlán y otras estaciones del Metro, como Zapata, nos enseñan a bailar ska: aprendemos a empujar y a evitar que nos muevan.

Aprendemos a sobrevivir en la Línea A cuando llueve y escuchamos ese «desalojen el vagón» porque, un año más, falló el sistema eléctrico del Metro en Guelatao y ahora se encuentran inundadas Santa Martha o La Paz. También aprendemos cuando la Línea 3 se queda sin energía momentáneamente por las tardes. Entonces, de forma mágica, aprendemos a estar en el Metro sin movernos… Bueno, no, no es por magia, sino porque hay tanta gente en la Línea 9, en el transbordo hacia Centro Médico, que no hay necesidad de agarrarse de nada. Entre todos nos apretamos tanto que es imposible moverse más de dos centímetros.

Por lo mismo, he aprendido que la ropa que usamos durante nuestros desplazamientos también habla de cómo nos movemos.

En las facultades de Ciudad Universitaria es común pasar por la de Derecho y observar a las compañeras con bonitos tacones, vestidas formalmente. También es común escuchar el «tac, tac» de sus zapatos en los pasillos, con un eco que resuena como la misma canción de cumbia que suena por las mañanas mientras te trasladas en el camión, elegida, claro, por el chófer. ¿Ellas usarían tacones todo el día si vivieran en la periferia?

No, probablemente no. Muchas quizá llevan zapatos para cambiarse mientras avanza su día, porque, claro, el transporte no está habilitado para usar tacones durante todo el trayecto. Además, caminar y pasar más de una hora con tacones puede ser casi un acto suicida. Sería inseguro desplazarse a ese ritmo por el Metro o los camiones. Por eso, muchas personas que viven en la periferia prefieren la comodidad y el soporte de un calzado adecuado para el trayecto, en lugar de complicarlo con tacones o ropa que no sea apta para el movimiento constante de la ciudad.

Lo que usamos durante nuestros trayectos es, en muchas ocasiones, un claro ejemplo de cómo estos también reflejan el sistema de transporte. Usar tacones, por ejemplo, implica saber que no están hechos para largas jornadas ni para trayectos prolongados. Son un claro privilegio que no muchas estudiantes o trabajadoras pueden permitirse en su día a día.

Todos tienen prisa en la CDMX. Por las tardes, quienes vienen del Estado de México caminan rápidamente porque tienen que llegar a su paradero o no llegarán a buena hora a casa. En temporada de lluvias, llegar antes de que comience a llover es una ganancia enorme durante el trayecto. Pero ¿por qué está en tan malas condiciones el transporte público de la periferia? ¿Por qué quienes vivimos en ella tenemos que modificar todo nuestro trayecto, desde la ropa que usamos, para viajar con más comodidad y seguridad?

La respuesta a estos problemas no debería ser «Cámbiate a un trabajo más cercano» o «¿Para qué escoges una universidad tan lejos?». La respuesta debería ser: «Queremos transporte digno y seguro». Y deberían otorgárnoslo.

Las mejores oportunidades laborales y, a veces, escolares se encuentran en la ciudad, lo que provoca una centralización que no beneficia al Estado de México ni a otros estados de la periferia, cuyos habitantes se ven obligados a trasladarse o mudarse. A estos últimos se les conoce como «foráneos». La cantidad de personas que concentra la Ciudad de México es impresionante. Muchos de sus trabajadores y estudiantes son personas con sueños y aspiraciones. El Estado debería velar por ellas, pues sufren las consecuencias de su omisión o, más bien, de su inacción al no dar soporte a la red de transporte.

El Mundial, que se encuentra a la vuelta de la esquina, ha despedazado el sistema de transporte. La Línea 2, que de por sí ya se saturaba, ahora se encuentra irreconocible, llena de polvo y polines. ¿La Línea necesitaba una remodelación? Por supuesto, pero no a este nivel, porque parece que únicamente buscan tener bonitos faroles en Hidalgo y una estética presentable para los turistas, en vez de centrarse realmente en los problemas de fondo, como los vagones viejos y sucios. Es un insulto para la gente que lleva tiempo haciendo denuncias públicas porque el agua se filtraba en las instalaciones. Ahora podemos tener bonitos faroles que no solucionan el problema real.

El transporte marca nuestra rutina diaria: la ropa que usamos, nuestros zapatos, la hora a la que despertamos e incluso cuánto tiempo nos queda del día. Alguien que realiza un trayecto de dos horas seguramente tiene menos tiempo para actividades culturales, recreativas o para algo tan humano como descansar.

El transporte es deficiente porque las autoridades también lo son. Ellas no ven las consecuencias; quienes vivimos en la periferia las sufrimos, las vivimos, nos adaptamos y, principalmente, sobrevivimos.

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