Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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Dylan Chan

Joaquincito

Número 6 / AGOSTO - OCTUBRE 2022

A todos los mexicanos víctimas de desaparición forzada y no localizados. Sin ustedes nada somos.

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Roberto Téllez Cruz

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Hace muchos años ocurrió el peor infortunio de mi existencia. Sufrí tanto que estuvieron a punto de asfixiarme mis sollozos y mis gritos; aunque yo sí quería morir, un poco más que ahora, sin embargo la vida es inclemente y debido a eso aquí estoy. Quizá no es ella la culpable, quizá el culpable soy yo por permitirme seguir con este dolor que diario me revuelve el pecho. No sé cuántos años han transcurrido, tampoco sé en qué época habito. Al principio lo sabía, con obsesión me dedicaba a medir el tiempo a partir de aquel suceso, después decidí parar de contar para intentar que me lastimara menos. ¿Es posible vivir sin estar enterado de las horas, los meses, los años y los días? ¡Por supuesto! La tristeza facilita todo lo que aproxima a la muerte, lamentablemente no siempre mata y a veces nomás nos arrastra como debe ser arrastrado un barquito sin rumbo en la inmensidad del mar. No sabes qué me ocurrió, así que te lo relataré:

Un día de hace imprecisable cantidad de decenios, alargados como siglos por mi sufrimiento atroz, salí de casa. En las ocasiones que paseaba o que acudía a mi lugar de trabajo mi mamá cuidaba a mi hijo. Era así porque normalmente no podía llevarlo al total de sitios que visitaba. Ese día desgraciado me despedí y me fui como en cualquier otro. No sabemos cuándo el destino nos sorprenderá con desdicha o con bondad. Durante el viaje de regreso pasé por un parque ligeramente cercano a mi hogar, ahí me crucé con una señora que en sus brazos transportaba a un perro idéntico a mi hijo. De inmediato pensé: “Es asombroso que un perro se asemeje demasiado a otro únicamente por ser del mismo tipo. Éste bien podría ser mi hijo”. Olvidé el encuentro y continué caminando hacia mi residencia. No, no, no, no —profirió el viejito mientras oprimía su rostro con las manos y movía la cabeza en señal de “no”—. Me acuerdo y vuelvo a desear la muerte, como cada vez que despierto… Llegué a casa y mi pobre madre estaba llorando. Me vio y noté que su cara estaba retorcida por el desconsuelo, me espanté tanto que con esfuerzo y con los pulmones casi vacíos apenas pude enunciar: “Mamá, ¿qué sucede?” Con una voz destrozada respondió: “Joaquincito se me escapó a la calle. Acumulo horas sin hallarlo”. Un mareo terrible me invadió. Lágrimas gigantescas comenzaron a apretarme los ojos, con un peso desmesurado, propio de su horrorosa causa, luego se esparcieron sin compasión en mi faz. Enseguida comprendí que el perro que llevaba la señora del parque era mi hijo. Recordé entonces que él me había mirado, que mientras estábamos de frente no dejaba de mirarme; no atendí eso porque solamente bajo mi paranoia más severa hubiera deducido que era él. Su dulce carita irradiaba tristeza; seguro estoy de que con esos ojitos hermosos me estaba suplicando que lo rescatara —el viejito empezó a plañir con vehemencia—. Tal vez por el miedo que padecía no fue capaz de ladrar ni de alborotarse como yo hubiera querido.

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