El sabor a café
Por: Melani Naomi López Juárez
Compartir una bebida caliente como acto de amor
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Dicen que se fue con el aire,
casi que flotando,
muy por encimita de todo,
como si el cielo supiera esconder cuerpos.
Las palabras coaguladas,
la lengua extorsionada y temerosa;
mi voz es un camino de crucifixiones,
un hilo de sangre que nadie quiere seguir.
Preguntamos y
dicen que las mariposas lo vieron,
que cruzaba el claro del bosque
como una sombra que aprende a desaparecer,
pero nadie sabe hablar con ellas
ni traducir su vuelo.
La palabra amenazada, sitiada,
es un alfiler que prende silencios;
es mi casa,
mi casa tomada,
la puerta entreabierta por donde entra el miedo.
Dicen que el oyamel carga un silencio
desde entonces, una mudez religiosa,
rezando muy por adentro,
como si en su corteza se guardaran nombres
que ya no se pueden pronunciar.
Mi dedo y mi boca enlodada
apuntan y dicen
palabras que se escurren,
como agua sucia entre los dedos
cuando uno intenta limpiar la memoria.
Este bosque se pobló de fronteras,
se llenó de gritos de coyotes,
de botas que pisan la hojarasca
como si aplastaran preguntas.
—¡Vámonos!—
que la noche se hace de metal,
que la noche aprende a disparar,
que la noche tiene dientes.
No son coyotes, pero yo les digo así,
porque su nombre como que se me olvida,
porque si lo digo completo
se me rompe la boca.
Y entonces me lleno de miedo
y mis palabras se hacen chiquitas,
se esconden bajo la lengua,
tiemblan.
Como si también ellas
supieran
que en este bosque
hablar
puede costar la vida.
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