Fuego nuevo
Por: Alonso Cabrera
Un cuento del renacer en el mundo
Facultad de Ciencias
Facultad de Ciencias
Para un viejo hermano de tiempos peores:
¿Recuerdas la ciudad de lucha en la que nos conocimos?
En este tiempo, logré escapar a donde siempre pertenecí. Mi casa es rústica, pero tiene todo lo necesario; un patio donde hay un pirul con el cual construí un columpio, donde siempre platicamos mi nieta y yo, a la que he hecho bien maleducada al volverla lo más preguntona posible. Ojalá vieras cómo satura a su madre con cuestiones que parecen distantes una de otra: de pronto pregunta por el color de los árboles y después sobre la forma de los edificios acá en Italia. Esa niña tiene la conciencia de una científica y una letrada; cada que va a mi casa terminamos sentados durante horas hablando de cosas muy interesantes, rozando lo casi existencial. Es justo por una de esas pláticas por lo que decidí escribirte. Había evitado hasta entonces el denso tema del “narco”. Mi nieta se había mantenido sin conocer esa etapa incómoda de la historia en nuestro país, hasta que el término apareció de la boca de su maestro.
¡Vaya a saber cómo fue mi reacción al escuchar esa palabra salir de su boca, con todo y su inocencia curiosa! Se entremezcló un sentimiento que sólo soy capaz de describir al negar lo que fue: no miedo, tampoco nostalgia; simplemente fue extraño. Pero oír a mi nieta me volvió a dejar en claro cómo habían cambiado las cosas. Me llenó de una satisfacción que hoy muero de ganas por compartir. Según recuerdo, la plática tal como la dije y la escuché empezó así:
—Ay, hijita. Me gustaría empezar contándote algo agradable, y aunque no quisiera, esta historia no comienza feliz. Los narcos eran gente que hacía cosas malas para…
Aun sin tomar en cuenta la seriedad, continuó pidiendo que balanceara más el columpio. Lo más fuerte que pudiese. E indisimuladamente me preguntó a pleno vuelo:
—¿Qué hacían, abuelo?
—Pues cosas malas.
—¡Eso ya lo sé! —exclamaba mientras se tambaleaba en el aire y me jaloneaba para agarrar equilibrio—. Mi maestro siempre me repite eso, pero nunca me responde cuando le pregunto qué hacían esos malos.
—En realidad no eran malos —reí mientras la cargaba para bajarla al suelo—, o por lo menos no todos. Había mucha gente muy distinta. Algunos se hicieron criminales porque querían, pero también había otros que estaban ahí a la fuerza, e incluso hubo niños como de tu edad que también eran “narcos”. Como te digo, no eran buenos o malos: solo no conocían de verdad los daños.
—¡Y qué hacían! —Ante la euforia de apenas haberse bajado del columpio, debió contrastar con el ritmo contemplativo de la charla. Quizá la desesperé al no llegar a una respuesta inmediata.
—Hacían mucho, ¡tanto que se me acabaría la vida queriéndote contar todo! Bueno, tal vez te pueda dar una idea con lo que me hicieron a mí cuando estaba como de tu misma edad. ¿Sí?
—Está bien.
—Mira, como ahora, en esos tiempos yo vivía en el campo. Estaba en mi casa cuando alguien tocó la puerta. Al instante en que mi padre se acercó para poner el ojo en la mirilla, me susurró que me escondiera. Así hice y subí las escaleras para ir a mi cuarto. Solo escuché cómo un señor le gritaba algo a tu bisabuelito y después salió con un ruidoso portazo. Creo que esa fue la primera vez que vi llorar a mi papá. Me trató de explicar que ahora todo el rancho debía no sé qué, que a partir de ese momento debíamos cuidar más la cantidad de lo que comíamos y debía no hablar con los extraños que llegaran. ¿Sabes qué pasó?
—¿Qué? —En ese momento me percaté de que ya andaba sentada en el suelo, intrigada.
—El señor, en realidad, era un “narco”. Ahora ellos y sus amigos eran dueños de mi casa y de sus terrenos. Pero no solo de nosotros: con el tiempo, el pueblo entero también les perteneció. ¿Te imaginas, hijita? Todavía más tierra que esta, al dominio de unas pocas personas.
Incrédula, mi nieta se puso de pie y miró a los lados. Observó cada uno de los arados y trató de ponerse de puntitas para ver más allá de nuestro terreno. Sorprendida, se volvió a sentar y dijo con toda seriedad:
—¿Tanto?
—Así es.
—¿Tanto? ¿Tantísimo?
—Tantísimo.
—¡Guau! —dijo, aún no convencida—. Debieron de haber sembrado mucho para ser malos.
Sin querer, solté una risita.
—¡No, hija! —no dejaba de darme gracia la imagen—. Un hombre bien armado cosechando la tierra con su barato chaleco de marca… Creo que estás entendiendo mal. Eran épocas distintas. Y la mayoría de la gente que era dueña de la tierra no la trabajaba. Tu bisabuelo era una excepción. Es más, a veces los dueños “narcos” vivían muy lejos de ahí.
—No tiene sentido —se colocó su pequeña mano en la barbilla, cual filósofa—. ¿Entonces ellos qué hacían?
—Se aseguraban de que otros trabajaran por ellos. Para muchos, esa era la idea de alguien “exitoso”. Mi padre era quien trabajaba en su lugar.
—¡Eres muy tonto, abuelo! —me imagino que la muy sádica trató de devolverme la burla de hace rato—. ¡Solo había que no dárselo!
—Hubiera sido una idea. Pero muchas veces ellos prometían hacernos cosas malas. Eran tan malas que ni las mencionaban en voz alta para que les tuviéramos miedo a las cosas que podían hacer con sus armas.
Exaltada, me volteó a ver con su cara de ojos como los de un animalito preocupado:
—¿Y por qué no pedían ayuda?
—Porque nadie la daba. No sé si por miedo. ¿Pero te cuento algo gracioso? Había gente que se dedicaba a eso: se suponía que existían quienes evitaban que ellos hicieran cosas malas, pero nunca en mi vida vi a uno defender a alguien. Los “Ayudadores” nunca ayudaron, y hasta ocurrieron varias veces en que se descubrió que los que mandaban a los “Ayudadores” eran buenos amigos del “narco”. Quizá por eso todavía haya tantos que piensan que quienes mandaban algo tenían que ver con esos criminales. No sabíamos, y también dudo que algún día sepamos cómo funcionaba antes.
—Aún no entiendo. ¿Por qué hacían cosas tan malas? ¡Nadie los debía de querer!
—Es verdad, nadie los quería. Pero no importaba en aquel entonces. ¿Recuerdas qué es el dinero, hijita?
—¿El papel que la gente guardaba porque tenía un lindo dibujo de un ajolote? —me causó gracia cómo contestó con tanta formalidad.
—Sí, por supuesto, ese. Aunque te sorprendería saber que lo más importante no era el dibujo, sino que todos se ponían de acuerdo para cambiar eso por cosas o acciones. Todo se podía cambiar por dinero. Y por eso el dinero era la cosa más importante en el mundo. Todos aspiraban a tener cosas, como un bolso que valía como mil kilos de maíz y un vehículo rojo muy caro que llamaban “convertible”. “El narco” solo era gente que estaba dispuesta a mucho a cambio de dinero, y por alguna razón lo que más dinero daba era hacer actos terribles a otros iguales. Por dinero, tuvieron mucho tiempo a mi papá trabajando para ellos, mientras nosotros pasábamos hambre. Hasta que un día se cansó y me llevó con un familiar suyo a la ciudad. Pero él se quedó. No supe nada de mi padre hasta pasados los años. ¡Ay, cuando me enteré! Mi padre, tratando de defender el rancho, lo…
Apenas volteé a ver a mi nieta con la expresión atónita. Cómo parpadeaba tratando de retener el llanto me partió el corazón. Si supieras cómo es ella, tan repleta de expresión en cada parte de su cara y tan empática en todo. Recuerdo que lloró desconsoladamente cuando vio el cadáver de un ave. ¡Qué insensible fui al ser tan crudo! Casi estaba a punto de llorar yo cuando mi amada nieta me dio un abrazo. La senté en mis piernas y, con una voz temblorosa, me reclamó:
—¡Para, abuelo!
—Hija —le contesté acariciándole la nuca—, “los narcos” ya no existen. Estoy muy contento de contarte esto porque ya no pueden hacernos daño. Escucha: te aseguro que la historia de cómo acabó es muy linda, porque nadie la esperaba. Todos pensaban en una guerra terrible para que se acabaran, pero no hizo falta. Bastó con dejar de valorar el dinero por sobre la vida humana…
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Una respuesta
Wow! Que buena narrativa! Que gran reflexión!
Gracias!!!