En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Crédito: Foto de cottonbro studio

¿Quién usa a quién?

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

O la ocupamos para crecer, o dejamos que nos convierta en dependientes pasivos

Picture of María Fernanda Lima López

María Fernanda Lima López

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

Generaciones y usos

La inteligencia artificial (IA) ya no es cosa de ciencia ficción. Su desarrollo comenzó en la

segunda mitad del siglo XX, con programas sencillos que resolvían problemas matemáticos o jugaban ajedrez. En las décadas siguientes, pasó de ser un experimento académico a infiltrarse en ámbitos como la industria, la seguridad y la comunicación digital. Hoy la encontramos en la música que escuchamos, en los motores de búsqueda, en las imágenes que circulan por redes sociales, en tareas académicas e incluso en diagnósticos médicos preliminares.

Lo más interesante es que su uso no pertenece a una sola generación. Jóvenes estudiantes recurren a ella para redactar ensayos completos sin haber leído el contenido, mientras adultos de entre 30 y 65 años la emplean en campos tan diversos como la edición de imágenes, la programación o, en casos más delicados, la autogestión de la salud. Este panorama muestra tanto el alcance de la IA como la falta de educación digital necesaria para usarla con criterio.

 

Comodidad y dependencia

Una de las críticas más comunes hacia la IA es que “piensa por nosotros”. Y aunque esa afirmación suena exagerada, refleja una verdad incómoda: muchas veces la usamos de forma acrítica, como sustituto del esfuerzo intelectual. En lugar de ser un apoyo para pensar, se convierte en atajo para evitarlo.

Sin embargo, la culpa no es de la IA. Vivimos en una sociedad que privilegia la inmediatez: respuestas rápidas, resultados inmediatos, soluciones sin esfuerzo. La cultura de los atajos existía mucho antes de que la IA se popularizara, pero ella encaja perfectamente en ese modelo. El riesgo no está en la herramienta, sino en la disposición humana a delegar incluso la tarea de reflexionar.

 

Un espejo de la sociedad

La IA no es buena ni mala en sí misma: es un espejo de nuestra forma de vivir y aprender. Puede procesar grandes volúmenes de datos, pero no comprender sus implicaciones éticas, puede organizar ideas, pero no darles sentido. En otras palabras, la inteligencia artificial amplifica tanto nuestras virtudes como nuestras carencias.

Si la usamos sin sentido crítico, se convierte en reflejo de nuestra pasividad. Si la empleamos con conciencia, puede ser un aliado para el crecimiento. Al final, la IA nos revela más sobre nuestra propia sociedad que sobre la tecnología en sí.

 

Oportunidad y responsabilidad

Sería injusto negar las posibilidades positivas que ofrece la IA. En el ámbito académico puede democratizar el acceso a la información, en el arte abre nuevas formas de creación y en la investigación acelera procesos que de otra manera tomarían años. Pero estas ventajas solo se materializan si asumimos la responsabilidad de usarla con criterio. La pregunta central, entonces, no es si la IA nos va a reemplazar, sino si estamos dispuestos a dejar que lo haga. El verdadero peligro no es que una máquina nos quite nuestro lugar, sino que renunciemos a lo que nos hace humanos: cuestionar, imaginar, aprender incluso del error. La decisión no está en el algoritmo, sino en nosotros. Y quizá esa sea la verdadera prueba de inteligencia: no la artificial, sino la nuestra.

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