Entre la línea 3 y el placer
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Facultad de Arte y DIseño
Facultad de Arte y DIseño
Como una persona de la periferia, específicamente del municipio Chimalhuacán en el Estado de México, he vivido muchas experiencias y emociones en el transporte público; especialmente en el metro de la CDMX. Es triste para mí pensar que gran parte de mis días los he pasado ahí. A veces imagino todo lo que podría hacer con ese tiempo “perdido”: practicar algún deporte, tomar un curso o simplemente dedicarme a algo que disfruto. En cambio, mis horas transcurren intentando llegar a casa.
Una vez leí un pequeño fanzine que encontré en la Fiesta del Libro y la Rosa que tenía la siguiente frase: “tener que desplazarnos nos suele hacer pensar que las cosas buenas están lejos de nuestra realidad. Y, agotados y violentados, sorteamos nuestras vidas en el camino”.
En el Metro de la Ciudad de México es donde se viven las experiencias más humanas. Ahí se hace notar el cansancio y la necesidad del mexicano de trasladarse para llegar a su trabajo, escuela o casa, intentando sostener su vida diaria. Además, ocurren encuentros, despedidas y se construyen vínculos afectivos reales en medio de los trayectos. Y al pensar en cómo aprendí a usar el transporte me di cuenta que fue gracias a un ser amado; algunas partes de mi vida amorosa viven encapsuladas en los pasillos, andenes y paradas del transporte colectivo. Acompañar a la parada del trolebús, esperar a que llegue el metro, besarse en los vagones o incluso viajar juntos hasta que nuestros caminos tengan que dividirse son actos de amor puros y profundamente realistas en nuestro país.
Antes odiaba ir sola en el transporte público. Me agobiaba hacer a solas dos horas y media de camino al regresar a casa, así que aprendí a observar a cada una de las personas que me rodean: en el camión, en la combi, en el metro, metrobús y/o trolebús… Aprendí a concientizar que individualmente se vive, piensa y cargan cosas diferentes: nos chingamos de maneras distintas pero en el metro o en la combi compartimos la misma necesidad de trasladarnos.
Vivo en el Estado de México. Todo me queda lejos. Aún con ello agradezco que el transporte público me ayude a llegar a las personas que quiero y me quieren. A veces, el agotamiento mental que puede provocar mi traslado desaparece cuando llego a mi destino y veo a quienes amo. Verlos, escucharlos y poder compartir con ellos hace que todo el recorrido tome otro sentido. No siempre es fácil coincidir con los míos viviendo y resistiendo en la periferia y los trayectos largos, pero llegar a ellos me hace sentir viva. El transporte público es parte de nuestras vidas y su entorno nos ayuda a generar experiencias, vivencias, aprendizajes y emociones dignas de un ser humano sensible.
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