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Crédito: Jose Manuel Guerrero Martínez| FES Aragón

Secuencias de voces: auxilio

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Escribo esto porque presiento que pronto me convertiré en cero

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María Esther González Paredes

Facultad de Ciencias Políticas y sociales

Olvidé mi lugar de nacimiento. De alguna forma, he estado mis últimos años aquí, en 21200. Es el año Trígono y estoy segura de que pronto recordaré. No soy de aquí; lo sé porque ahí donde ellos ven cifras, yo pienso con series de letras. Porque en este lugar se habla con números, pero mis palabras se sienten reales; ellas son el único espacio donde veo lo que siento, donde puedo nombrar el mundo que no entiendo. Los códigos no podrían, nunca, expresarlo. Ellos no conocen cómo las cadenas de voces pueden computar un sentimiento.

Escribo esto porque presiento que pronto me convertiré en cero. Ojalá que, cuando pase, alguien pueda descifrar dónde estoy y de dónde vengo. Soy de donde este idioma es. 

Ahora mismo habito dentro del óvalo tridimensional, donde duermo sobre la piedra blanca. Los otros suelen ponerse su vestido de dos piezas y conectar los pequeños cuadrados que tenemos a ambos lados de la cabeza, a la batería base. Yo prefiero cerrar los ojos. 

Además, existe una tabla de piedra gris que sale de los bordes de este lugar cada que necesito comer, y una apertura rectangular desde donde puedo ver hacia afuera, la cual cambia de horizontal a vertical cuando debo salir. 

Afuera todo es azul software: la roca reluciente que forma el camino hacia el centro de 21200, el pasto inmóvil alrededor del camino, los círculos flotantes que aparecen para mostrar las claves importantes del día, las figuras con aspecto de árboles geométricamente perfectos, la luz y la media esfera que encierra todo este lugar, a la que nunca le he encontrado fin. Yo paso la mayor parte del tiempo en los edificios junto con los otros, digitando los móviles infinitos. 

Ellos se parecen a mí pero dudo que sean como yo, dado que no he logrado percibir señales de palabras en sus cuerpos. También tienen cuatro extremidades y un rostro humano pero todos son pálidos. Encima, los pocos números que hablan, los dicen siempre sin mover la cara, luego me miran y se van. 

Eso es todo lo que puedo decir, paso las horas entre el óvalo y los edificios. Hago cálculos. Cuando no hago números en el edificio, intento la única cuenta que tiene sentido para mí. Entonces encuentro agobiante no hallar solución a mi origen ni a sus rostros inexpresivos, fijos como todo aquí. 

Me llaman para el cálculo, debo terminar esta secuencia de auxilio. 

Si aún existo cuando se descifre este registro, ruego que me digan dónde he estado desde que nací. 

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