¿Realmente estamos listos para un Mundial?
Por: Erick Naim Castillo
La calidad del transporte para los locales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
El Metro va tarde. No es una sospecha inmediata, pero se siente en la estática del aire. Todo parece normal en dirección Universidad; del otro lado, el vacío. Ni un solo tren hacia Indios Verdes. El túnel es una boca oscura que no anuncia el alivio de la llegada. La gente se inquieta en un código de gestos mudos: cambian el peso de un pie al otro, se estiran para buscar el horizonte del riel o golpean el suelo con la punta del zapato en un compás nervioso. Una mujer se abanica con un folder doblado y agita un aire que ya empieza a espesarse.
Nada llega. Voy a llegar tarde y no hay nada que pueda hacer.
Centro Médico, 5:40. El transbordo con la Línea 9 es una marea de direcciones opuestas. La multitud se cruza y se esquiva tarde; los hombros rozan, las mochilas golpean los brazos sin pedir permiso. Nadie se detiene, pero nadie avanza realmente. Llevo esperando desde las 5:27.
El calor no golpea, se infiltra. Sube por la espalda y pega la ropa a la piel; trepa por el cuello y se instala en la cara. Yo era la tercera en la fila, pero ahora la fila es más un mito. Detrás de mí ya no hay personas, hay cuerpos que se asemejan a un muégano. La formación se deshace. Alguien pasa su brazo sobre mi hombro para asomarse al túnel.
Entonces, el estruendo.
El tren entra con un rugido metálico. Las puertas se abren y el pacto social se rompe. Los de adentro salen embistiendo, los de afuera entran empujando. No hay espacio, pero entro. El aire aquí es de segunda mano: caliente, usado, con un rastro de sudor y plástico quemado. No alcanzo ningún tubo, quedo atrapada en el centro, sostenida por la presión de los demás. Un codo se clava en mi costado. El cabello de un extraño se me pega a la boca. Las puertas amenazan con cerrarse, pero siempre aparece un cuerpo más para forzar el límite.
Se cierran. Avanzamos. Nos detenemos.
Ni siquiera hemos salido de la estación. Nadie habla, solo se escucha el zumbido eléctrico y las respiraciones pesadas. Alguien suelta un “ya vámonos” que se ahoga en el encierro. Cuando volvemos a avanzar, lo hacemos a paso de ciego. El sudor ya no es una sensación, es un fluido que corre por mi sien. Mis manos están húmedas, pero mis brazos son prisioneros del tumulto. Si intento limpiarme, golpeo a alguien.
Hidalgo.
La puerta se abre y el aire se siente ligero en comparación con el vagón. Me dejo llevar por la inercia de la masa. Subo escaleras, giro a la izquierda, bajo, vuelvo a subir. Aquí la estación está desnuda. Las paredes muestran sus entrañas: concreto abierto, manchas de humedad y pelusa gris acumulada en esquinas que nadie limpia. Las escaleras son ásperas, sin el azulejo que las maquille, con bordes que parecen morder.
Bajo al andén de la Línea 2. El espacio es menos denso, pero la tensión persiste. El siguiente tren llega rápido. Logro quedarme junto a la puerta y recupero el control de mis brazos. El tren corre.
Revolución.
Salgo casi en un arranque. Subo las escaleras de dos en dos y, al cruzar el umbral de la estación, el aire me parece más fresco aunque huele a llanta quemada. La avenida es un río de cuatro carriles con el Metrobús en el centro.
Me detengo ante el semáforo en verde. A mi derecha, una mujer sostiene un cartel de cartón. Leo el impacto de dos palabras: violencia doméstica. Levanto la vista y me encuentro con su ojo, una mancha morada, inflamada, que cuenta lo que el cartel no alcanza a decir.
Busco en mi bolsa. Solo encuentro diez pesos. Se los doy. Ella me ofrece dulces a cambio, pero niego con la cabeza. Saco el jugo de naranja que me sobró del desayuno y se lo entrego. Lo toma con una delicadeza que yo jamás voy a poseer.
El semáforo cambia. Cruzo la avenida con la urgencia todavía en los pies, pero con la cabeza en otro lado. Camino rápido, esquivo peatones y busco entre la multitud frente a la fachada.
Ahí está ella. Mi mamá.
La película empieza a las 6:15 en el Museo Universitario del Chopo. Bajamos hacia la sala en silencio.
Sí llegué a tiempo.
Por: Erick Naim Castillo
La calidad del transporte para los locales
Por: Vanesa Romero Cruz
La pregunta que el gobierno debió de habernos hecho
Por: Natalia Hernández Santelmo
¿Cómo usamos el tiempo que pasamos en el metro?