Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
Facultad de Estudios Superiores Aragón
Facultad de Estudios Superiores Aragón
“I’m not queer”, he thought. “I’m disembodied”
WILLIAM S. BURROUGHS, Queer
“Es como si Ethan Hawke y River Phoenix hubieran juntado lo mejor de sus genes en un solo cuerpo a finales de los 80”, pensé al verlo dentro del vagón a escasos centímetros de mí. La respiración se me entrecortó debido al esfuerzo de caminar hasta la estación del metro Nezahualcóyotl y por su apariencia similar a la de esos dos actores que me confundió y me maravilló a partes iguales.
Durante el resto de mi viaje al trabajo conseguí atinar tres estrofas con las que, tras tantos años de recorrer el metro de la Ciudad de México, traté de explicar un sentir que suele abordarme:
Dios mío, si pudiera encontrar
un ínfimo gramo de presteza en alguien,
capaz de silenciar el vacuo torso
que sostiene a duras penas la totalidad de mis noches.
¿Qué haría yo en estado salvaje?,
convertido en arrebol
avizor de hombres transitivos,
materia viva que corre a morir,
ajenos a mi curiosidad
por sus sombras,
palabras,
vueltas.
¿Pero a quién le interesan estos desvaríos?
Primero me lo pregunté al cesar el breve momento de admiración de su forma dentro del bochorno matutino: vestía con una chaqueta de cuero café, pantalones negros y tenis blancos a contraste; tenía el cabello castaño lacio, el rostro ovalado y los ojos color miel. Después volví a cuestionármelo al verlo partir junto al tren hacia Buenavista, cuando ni el tiempo ni la prudencia pudieron salvaguardar mi cabeza de ese temblor que solo la pena provoca. Esas son las cuestiones del metro, del deseo. Me declaro víctima de él. A veces creo que soy su principal sujeto destinado a una tortura casi emasculadora que consiste en apartarme de cualquier entidad de consdierable atractivo en aquel espacio donde se requiere el decoro y la civilidad.
Si lo ponemos en perspectiva, “ligar” en el transporte público no es lo más óptimo por una serie de cuestiones que se relacionan con dinámicas sociales que aprendemos gracias a experiencias propias y ajenas, consejos, leyes o reglas, etcétera. Empero, existe cierto grado de apertura con el small talk en el que dos personas encuentran algo en común mientras se dirigen a su destino; esto sucede únicamente al tratarse de un hombre y una mujer, pues, entre individuos del género maculino se le adjudica una connotación impúdica.
Los hombres de la comunidad LGBT+ son condicionados al encuentro casual, a la imposibilidad de formar vínculos de larga duración. Lo anterior es aplicable a cualquier espacio, aunque el gusano naranja que atraviesa la ciudad y sus periferias posee matices que lo convierten en punto “idóneo” para el cruising, es decir, el acto de tener relaciones sexuales en lugares públicos. Según Mark Turner en su libro Backward Glances: Cruising Queer Streets in London and New York, la palabra proviene del holandés kruiser, que significa cruzar o navegar. Mala fama o no, ya se estableció en el imaginario colectivo la idea de las experiencias homosexuales dentro del último vagón del metro; es un cruce de miradas con lenguaje propio capaz de indicar si un cuerpo puede explorar otro por un rato.
De haber existido el metro de la CDMX durante los años 50, me imagino que William S. Burroughs lo hubiese utilizado en alguna escena de su novela Queer, en la cual un hombre llamado William Lee (su alter ego literario) se pasea de bar en bar en su búsqueda por una conexión, lo que suele concluir en encuentros de una noche.
No solo es la naturaleza autoficcional de la obra por lo que Burroughs consigue diseccionar las dinámicas de los hombres frente al anhelo y la validación emocional, sino también porque toda la travesía que vive William Lee para mantenerse cercano a un objeto de deseo que cobra forma en el joven Eugene Allerton es, en esencia, una historia común. En una escena Lee le pregunta a Joe Guidry (la versión literaria del poeta Allen Ginsberg) si cree que Allerton es queer, a lo que él le responde con un “deberías preguntar”. Dentro de la homosexualidad, e incluso de la bisexualidad, la idea de interactuar con otro hombre que provoca un interés sexoafectivo parte de la duda, una barrera formada por la heteronormatividad.
Al trasladarlo al metro, resulta hasta cliché debido al “flechazo”. Éste es el punto de partida del querer estar con alguien al menos por un rato. La pregunta a responder en ese instante es si será posible acercarnos aún estando rodeados por lo ordinario, las limitaciones del lenguaje y los miedos.
La novela de Burroughs lo plasma a través de una disyuntiva: no poder expresar el deseo debido a la ambigüedad de otro individuo. Hay un pasaje en particular en el que Lee imagina que una mano ectoplásmica emerge de él con tal de acariciar el rostro de Allerton; se trata del desespero de sentirse cercano aún sin hablar con palabras, algo que desemboca en un viaje a Sudamérica para consumir ayahuasca y así tener la capacidad de leer la mente del joven.
El toque fantasmal de Lee a Allerton me es cercano, no por él erotismo sino por lo supuestamente duradero de una conexión humana. En esa pureza, el desespero se vuelve prepotente en una especie de habla propia con la psique que transita de un punto a otro entre interrogantes, tiempo, y barreras morales e idiomáticas. Por eso me pregunto qué haría yo en el estado salvaje que involucra mirar de reojo a un extraño, demasiado cerca y demasiado lejos de mi en la estación, en el vagón, o en la inmediatez de su cruce hacia el anonimato por un vínculo inexistente. Sea parasocial o no, pareciera que unos dedos acarician el candor espectral de ese rostro similar al de unas estrellas de Hollywood.
Dicha prudencia establecida por la norma suele hacerme sentir sucio al imaginar la audacia de decir un simple “hola” a otro hombre, sumido en la calma que lucha contra el ruido de entrañas mecánicas y claroscuros del metro. Algunos dirán que el lenguaje sólo alcanza para el cruising. No parece posible acercarse e intentar un vínculo fuera del sexo en una esquina del vagón, en los asientos o en los baños de cualquier estación. Es como si se postergara una verdad ya de por sí ineludible: lo impúdico de la carnalidad entre hombres es un efecto colateral de la heteronormatividad que suele castigar en lugar de averiguar que el deseo de conexión con otra persona es universal. Por el contrario, se cree que el metro es ese lugar donde se puede consumir en un pacto de miradas, roces y encuentros para satisfacer la necesidad de contacto y consideración de amores que no existen y no podrán existir fuera de lo fugaz.
La presteza que suelo querer por un segundo por parte de aquellos que señalo como transitivos se evapora debido a la vergüenza. Me es más fácil coleccionarlos en mi memoria o escribir cosas similares a esta; caso distinto a lo que haría con una mujer que me parezca atractiva, es decir, sonreír y bajar la cabeza por los nervios. Con los hombres prefiero no mirar. Prefiero fingir que no sentí deseo. De todas formas no hablo con ninguno de los dos.
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