Sistema de Experiencias Colectivas
Por: Laura Jaramillo Rios
La necesidad de apropiarnos del metro como un lugar nuestro y habitable
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Peseros, tostones, micros, coquitos, urbans y panteoneras
Cualquier coincidencia con un problema real no es semejanza, es un problema nacional. Una pipa de crack tintinea, bajas y la ves. No sé bien lo que es hasta que pasas de solo observar a entender. No sabes diferenciar entre crack, cristal y piedra. Sí habías visto a gente fumar en bongs, en cigarros forjados y en muy rara ocasión en pipas de vidrio. Sí has escuchado que una persona murió o acabó en la indigencia por consumir, lo suficientemente lejana y poco relacionada a tu persona, para que su muerte no te importe. Todavía crees que las drogas están a leguas de ti, cuando en realidad están más cercanas de lo que parece: mírate, estás a punto de envenenarte.
Puedes saber qué tanto la clase política odia a sus gobernados de acuerdo con la calidad de su transporte público
Lo veo, le recorren pequeños seres que se apoderan de su cuerpo. Pienso en estos seres fantásticos que pocos conocen, las ratas no cuestionan el paradigma de realidad de este monstruo metropolitano. Así que ahora vuelves a la narración: los ves, lo recorren ratas y ratones. No sabes lo qué habrá consumido y ves que alucina. Volteas a todos lados para saber si alguien más en el camión se ha percatado de su estado alterado de la consciencia. Estás enfrente de él, sufre, se rasca y quiere flagelarse con sus uñas. Quieres ayudar pero no sabes cómo: ¿Denunciar, reportar o ayudar? ¿A qué autoridad? ¿Y por qué a la autoridad? Cómo auxiliar a alguien que siente que sus vísceras salen de su abdomen, que su propia psiquis le es molesta, que un amigo o familiar de la infancia le llama y que el pasado le persigue con un hedor a sufrimiento.
Recuerdo la plática en la “H”(horripilante y asqueante) Cámara de Diputados a la que asistí: “No hay que criminalizar al usuario de drogas. No se es adicto, se tiene consumo problemático o se es dependiente de una sustancia”. Este manual de corrección política lo escuché de una mujer blanca, educada en una universidad privada, que quizá nunca tuvo un “escuadrón de la muerte” en su colonia.
¿Quieres saber qué tan eficiente es un transporte público? Si los pobres usan coches tienes un pésimo sistema de transporte, si los ricos usan el transporte público entonces tienes uno bueno
El transporte es una de las varias barreras de clase. Olvida turista y primera clase, nunca has tomado un avión (ni lo harás). Mejor recuerda esa primera vez en la que, cuando hiciste base en la central de abastos de Oaxaca, observaste a un joven lastimado por la heroína, con aspecto más viejo por el consumo y derrotado por la adicción. La bolsa con el polvo, que luego se diluye con agua y se calienta en una cuchara, la guardaba dentro de su gorra que tenía las siglas JGL. Con 17 años la única relación o interacción que habías tenido con la heroína había sido Trainspotting.
Elegir una vida no es sencillo cuando el transporte te la quita, optar por estudiar una carrera es difícil cuando la universidad te queda a una o dos horas de casa, escoger una familia es complicado cuando no tienes padre, madre ni gobierno. En cambio, tendrás que optar por un trabajo que no te quite tanta vida, elegir la ruta más barata de regreso a casa y no necesariamente la más rápida, decidirás si vale la pena ser expectante del desastre de la movilidad, no subirte a ningún transporte y ver cómo se derrumba todo esto que observas.
Ahora que lo pienso quizá la pipa de crack o de cristal era de aquel chofer que conducía ese autobús en el que me bajé, puede que haya empezado su consumo desde una juventud caracterizada por el éxtasis
Nunca falta que en la gran ciudad y en la insignificante periferia se suba un chico al transporte público con los ojos irritados y olor a “café”. Cree que nadie se da cuenta de ello, todos nos percatamos y compartimos el verbo del silencio. El consumo evita el dolor de estar hacinado, acalorado y consumido por la jornada. El señor de regreso de la obra o del taller mecánico o de la maquila también se camuflajea con su mochila. Esconde una cerveza, “un six” que se diluye por su garganta sedienta de justicia social, o a lo que él mismo le llama “que por favor dejen de estar jorobando”, por no decir que dejen de estar jodiendo o chingando.
En el taller de creaciones fantásticas inviables, mejor conocido como seminario de titulación, sale a conversación el tema de las drogas. Nos encontramos ante un exrevolucionario que vio lo que solo en la revolución acaece, habla de que fue un joven rebelde que junto con otros fumaban marihuana, hasta que alguien expresó lo contrarrevolucionario que significa la pasividad de la persona alterada de su consciencia.
A raíz de esa experiencia, y de estas palabras en búsqueda de la interlocución, un par de alumnos fueron a fumar marihuana a las “islas”, enfrente de la torre de rectoría, porque Lomelí al parecer, según para este par de muchachos (nada) revolucionarios, es igual o peor que Somoza o Leónidas Trujillo. Después de este viaje por la anacronía histórica, partieron en Pumabus, en el que el apretujón, y esa imperativa cercanía, socializa el sabor y olor de la marihuana. El ir y venir, o el vaivén provocado por la imprudencia del chofer, junto con el efecto del “café”, provoca una somnolencia inevitable. La siesta empieza.
¿A qué le tiramos cuando soñamos? A dejar de ser explotados por el jefe que vive a quince minutos de la oficina —en coche—-. A que nos devuelvan el tesoro de todos los retardos que nos han descontado de nuestras nóminas por culpa del transporte, a dejar de ser un asalariado para pasar a ser un burgués explotador, gandalla y avivado.
¿A qué le tiramos nosotros los soñadores y los desvelados trasnochados que dormimos en el transporte? Quizá a un día ya no serlo más, a que las condiciones objetivas y subjetivas hagan fusión. Todos esperamos que pase (o quizá no, me han dicho que vivir una revolución no es tan “bonito” como creen algunos).
Hago recuento en que la frustración y las drogas (dignas de la clase más pisoteada en este territorio mexicano) se han materializado en violencias aplicadas hacia nosotrxs mismos. Los de arriba nos provocan cansancio, mal humor y las ganas de destruirnos. Una de las miles de razones de nuestro desgaste mental y físico es el transporte público. El metro que acalora, esperando que avance porque no funciona la ventilación; el trolebús que frena violentamente porque atropelló a alguien en contra flujo; el metrobús retrasado por horas. El metro ya no es tan grandote, ni rapidote, ni tan limpiote.
Antes el mulo y la bicla eran del pobre. Ahora ya nos conformamos ahí nada más con lo que sobre. Aquí se acaba señorxs, esta historia sencilla de lo que va pasando con el metro y la prole.
A la hora de cerrar este texto, bajando del ascensor, saliendo del edificio Tlatelolco y cerrando el ciclo de la ida y la vuelta, me encuentro con alguien más. Otro chico, que asumiré que no es indigente, pero que camina de manera encorvada. Llega al andamiaje metálico que rodea el edificio que alberga al equipo editorial de esta revista. Vencido se aproxima a la estructura y empieza a limpiar su pipa de impurezas, de cristales filosos. Parece ser que se le ha caído y busca, en los tubos de andamio, limpiarla, impacta el cariño con el que se cuida la posesión más preciada: su pipa. Veo, pienso, lo recuerdo a la hora de escribir(lo), acabo, reviro y me subo en la estación del trolebús “Flores Magón”, he terminado.
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Excelente texto