Doctor en Estudios Humanísticos por el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, Campus Ciudad de México. Investigador de Tlatelolco Lab, laboratorio digital para la democracia del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), México. Profesor de pensamiento político, economía y marxismos en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (FCPyS) de la UNAM.
El filósofo croata Srećko Horvat (Osijek, 1983) no es solamente un pensador fresco y arriesgado; también es un teórico reciente que problematiza conceptos como “política” o “democracia” con profundidad, en aras de destacar que, más allá de ser categorías históricas o tradicionales, deben ser estrategias de organización y acción colectiva relacionadas con la ética, la subjetividad y la vida en común. Este interesante personaje, que puede ser considerado como un activista rockstar por su cercanía con todo un star system mundial de músicos, cineastas, artistas y académicos, y que ha sido clave en movimientos europeos tan relevantes como DiEM 25 o la Internacional Progresista, plantea que lo político debe ser una “poética” —es decir, una forma de existencia, afectividad, relación con las y los demás, y cotidianidad— para transmutar valores neoliberales como el individualismo, el egoísmo o la competitividad, en el colectivismo, la comunalidad y el diálogo. Así, propone que debe crearse una idea de utopía o futuro basada en el transnacionalismo, la participación ciudadana, la apertura de espacios públicos y digitales colectivos, la solidaridad y el amor mutuo, como alternativas a la desinformación e imposturas discursivas (estetizaciones) de la globalización, el realismo capitalista y las extremas derechas antisistema de la actualidad.
democracia, poética, afecto, progresismo, transnacionalismo.
Srećko Horvat (Osijek, 1983) is not only a fresh and risky Croatian philosopher; he is also a recent theorist who problematizes concepts as “politics” or “democracy”, to highlight that, beyond historical or traditional categories, these are strategies of social organization and collective action, related to ethics, subjectivity and life in common. Horvat, as an interesting public figure, can be considered as an activist rockstar, due to his closeness to an entire world star system of musicians, filmmakers, artists and academics, and has also been a key participant in relevant European movements as DiEM 25 or Progressist International. He suggests that the political must be considered as a “poetics”: a form of existence, affection, relationship with others and everyday life, in order to transmute neoliberal values, such as individualism, selfishness or competitiveness, into collectivism, communality and dialogue. Thus, he proposes that, to restore an idea of utopia or future, societies should be based on transnationalism, citizen participation, open collective, public and digital spaces, solidarity and mutual love, in opposition to disinformation and discursive impostures (aesthetizations). These seems crucial to resist globalization, capitalist realism and today’s anti-system extreme right.
democracy, poetics, affection, progressivism, transnacionalism.
Smrt fašizmu, sloboda narodu!
(¡Muerte al fascismo, libertad al pueblo!)
Lema partisano
Siempre es una tarea difícil escribir sobre el proyecto filosófico de una o un intelectual vivo y relativamente joven. Como su obra se encuentra en ciernes, sus inquietudes pueden ir modificándose, según los retos e intereses que vaya adquiriendo su trayectoria, de forma que toda intención de retrato se convierte en apenas un esbozo o aproximación; un “corte de caja” de problemas e ideas que algún día integrarán una propuesta completa. Sin embargo, es importante recuperar y visibilizar autoras y autores contemporáneos; sobre todo, si se trata de pensadores arriesgados e inconformes que problematizan los convulsos años de las últimas décadas, llenos de crisis económicas y ambientales, violencias, megacorporaciones que superan en riqueza a muchos países, vigilancia y extractivismo digital, desinformación, populismos de extrema derecha y una pandemia global. En este sentido, conviene acercarse a los trabajos del croata (o, como él mismo se hace llamar, “posyugoslavo”) Srećko Horvat, como un catálogo de observaciones lúcidas e incisivas sobre nuestro tiempo, pero también, como una hoja de ruta para salvar —o restaurar— la dignidad, la comunalidad y el empoderamiento ciudadano en contextos donde los abusos y debacles convocan a las izquierdas progresistas a emitir un llamado de emergencia.
La presente investigación consta de una revisión crítica de algunos de los ejes temáticos transversales más relevantes en los últimos libros de Horvat, considerando fundamentalmente Bienvenidos al desierto del post-socialismo, coeditado con Igor Štiks (2015), La radicalidad del amor (2016a), El discurso del terrorismo (2017a), Poesía del futuro (2020) y Después del Apocalipsis (2021a), así como sus conversaciones con el crítico cultural lacaniano Slavoj Žižek, El Sur pide la palabra: El futuro de una Europa en crisis (2013), con el economista político y culturalista Alfie Bown, Subversión (2016b), y con Renata Ávila, ¡Todo debe cambiar! (2021), abogada del equipo de defensores de Julian Assange y luchadora global por los derechos humanos.
Asimismo, este artículo contrasta varias entrevistas, conferencias, participaciones televisivas, clips y podcasts de Internet, y artículos periodísticos del filósofo, publicados entre 2015 y 2024. Sin embargo, no se trata de un trabajo monográfico, sino de un análisis que tiene por objeto explicar: 1) ¿en qué acciones públicas y movilizaciones sociales ha participado el filósofo croata, y cómo estas han contribuido a sus aportes?; 2) ¿en qué consiste la idea de “democracia” o, más bien, “subjetividad democrática” que promueve?, y 3) ¿cuáles son las principales categorías teóricas de su pensamiento político y cómo se definen? Para ello, antes de entrar por completo a la obra de Horvat, es necesario detenernos en tres aspectos clave: su carácter de activista en la Europa posterior a los conflictos de los noventa en los Balcanes; el por qué se le puede considerar una especie de rockstar posmarxista, y qué hace que su propuesta política sea más cercana a una “poética” que a un aparato filosófico o modelo sistemático.
Srećko Horvat nació en 1983, en Osijek, una de las mayores ciudades de la región de Eslavonia, en la antigua Yugoslavia: un corredor fronterizo al este de Croacia y al sur de Hungría, caracterizado por sus carreteras, vías ferroviarias y aeropuerto, igual que por su esplendor agrícola e industrial y su multiculturalidad, al contar con comunidades turcas, húngaras, alemanas, serbias y croatas. No obstante, a los seis meses de edad, Horvat fue trasladado a Alemania, puesto que su padre —que había protestado contra el unipartidismo y centralismo de los regímenes socialistas yugoslavos, representados en la región por la imposición del presidente croata Mika Špiljak, de la Liga de Comunistas de la República Federativa Socialista de Yugoslavia (RFSY)— se convirtió en perseguido y preso político, hasta que consiguió el asilo del gobierno germano. Ocho años después, toda la familia volvió a su patria; empero, esto les llevaría a sufrir los estragos de la Guerra de Independencia de Croacia, que estalló en 1991.
En palabras de Horvat, no existían muchas opciones en aquel ambiente: “era, o el extinto comunismo, o el nacionalismo, con su sueño de Fin de la Historia, pensando que el capitalismo resolvería todos los problemas, y que finalmente se tendrían todos los bienes y libertades que hacían falta” (Horvat, como se cita en Anthony, 2019). Por ello, el Srećko adolescente optaría por el anarquismo y el punk hardcore, como muchos jóvenes de su generación, tocando el bajo en bandas locales, “traduciendo a Kropotkin a los 16 y escuchando a Syd Vicious” (Nikacevic, 2016). Según ha comentado, en aquella época él “admiraba más al Che Guevara que a Lenin” (Horvat, como se cita en Valdez, 2021), por haber muerto el primero como mártir e idealista, y no como funcionario anquilosado; también, se encontraba muy descontento por el oportunismo de las potencias capitalistas en su país, que se aprovecharon de las luchas legítimas contra el autoritarismo, financiando grupos nacionalistas y extremistas para devastar una nación que bien podría haberse reformado. Así, Yugoslavia entró en una paradoja: tras haber sido uno de los Estados que luchó contra el Eje Fascista en la Segunda Guerra Mundial, y contar con una sólida tradición de repudio a las monarquías y de resistencia a los gobiernos autocráticos, terminó por intercambiar el socialismo por capitalismos protofascistas (Traverso, 2019). Ello se menciona en una conversación entre Horvat y el podcaster Jeremy Schahill (2019):
JS: Yugoslavia fue aplastada después de 1990, gracias a una guerra civil brutal y sanguinaria donde los nacionalismos de extrema, con la bandera del revisionismo histórico, promovieron el etnocentrismo en las altas esferas del poder. Tanto el líder serbio Slobodan Miloševic como el croata Franjo Tuđman llevaron a cabo una limpieza étnica, a base de campañas de genocidio y desplazamientos forzados. Mucho de esto se llevó a cabo en repúblicas multiétnicas, como Serbia y Croacia, sin contar el gran número de musulmanes que, entonces, también tenía Yugoslavia. [...]
SH: Así fue. En Croacia, desgraciadamente, operó la estrategia del olvido. Retiraron de las escuelas todos los textos vinculados a Marx o a Engels, pero también a Dostoyevski o Tolstoi. Muchos libros de mi biblioteca personal de aquellos años (con los que aprendí ruso) acabaron en los mercados negros, donde los fui a comprar años después. Lo peor, que yo llamaría traumático, fue la destrucción de monumentos antifascistas. [...] Fue un intento deliberado por borrar la historia de la lucha de los partisanos con un falso discurso de modernización. (Horvat y Schahill, p. 12)
Por este trasfondo, Srećko Horvat afirma que nunca creyó en los “vientos de cambio” que, según se presumía en noticieros occidentales, traería la caída del Muro de Berlín a los pueblos eslavos. Por el contrario, se declaraba tan escéptico de los autoritarismos posteriores al “Informbiro balcánico”, con sus políticas de acecho, adoctrinamiento y expansionismo militar, como profundamente anticapitalista, ya que “las guerras de Yugoslavia, como el punk, fomentaron una subjetivación política que no se acoplaba con las alternativas presentes” (Horvat, como se cita en Valkengoed, 2019). Y es que, mientras se erigía el neoliberalismo en toda Europa, con sus programas de ajuste estructural, recortes al empleo y privatizaciones, por otro lado era inminente el desgaste del bloque socialista, gracias a sus continuas crisis, tanto económicas como de gobernabilidad. Esto ocasionaría que, según Horvat y Štiks (2015), las y los adolescentes europeos del Este, que durante los años noventa representaron un quiebre generacional, fueran “hijos de un paisaje de ruinas históricas, porque no tenían elementos para organizar sus vidas democráticamente” (p. 133). Asimismo, según establecen estos autores, las sociedades postcomunistas de los Balcanes eran equiparables a un “desierto de la realidad” similar al de la saga fílmica de ciencia ficción Matrix (1999-2021), ya que la guerra, con su tráfico de armas y personas, el contrabando o la piratería de productos occidentales, los caminos interceptados y las industrias, supermercados y escuelas en paro, se había convertido en un triste estilo de vida (Glenny, 2006).
Las instituciones militares y partidos centrales del Pacto de Varsovia y los No Alineados se habían derrumbado, por lo que la respuesta no estaba en un resurgimiento del pasado; pese a ello, no había tiempo para crear y fortalecer nuevas alternativas de izquierda, ya que los organismos y empresas internacionales, junto con los emisarios estadounidenses y la OTAN, se encargaron de sumir a las antiguas repúblicas socialistas de los Balcanes en el saqueo, los conflictos entre facciones locales, el hambre y las protestas civiles por violencia y pobreza (Therborn, 2006; Fagan y Circar, 2018), generando una “transición contenciosa” que, en términos de Horvat y Štiks (2015), fue un proyecto deliberado para que el Occidente capitalista, ahora devenido en Imperio, colocara Estados títeres y no tuviera rival político. Además, los medios de información globales, de la mano de internacionalistas y asesores del gobierno de Estados Unidos, como Robert Kaplan (2005), posicionaron el discurso hegemónico de que la caída de Yugoslavia era inminente, debido a que era una región de nacionalismos exacerbados, crimen organizado, conflictos históricos no resueltos y extremismos. No obstante, para Horvat (2023a, 2023b), esto se alejaba de la realidad.
Si bien, antes de las Guerras Yugoslava, la RFSY no garantizaba una entera libertad de expresión y enfrentaba problemas como la corrupción o el militarismo, era líder en minería, industria, arquitectura, comercio naval y deporte; destacaba por su alto nivel educativo, su infraestructura para el turismo (playas, trenes y hotelería), su oferta artística y sus amplios proyectos de vivienda social. Además de lo anterior, y por encima de todo, era un país pluricultural y multilingüe con respeto por la diversidad. Por eso, desde muy joven, Horvat se involucró en la organización de eventos a favor de visibilizar la multiculturalidad balcánica, así como valorar la herencia de los movimientos estudiantiles de 1968 en París y Praga, al considerarlos ejemplos de socialismos no autoritarios y autonomistas, lejanos a las imposturas de los regímenes de antaño.
Fue así que, tras estudiar Filosofía en la Facultad de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Zagreb, participó en la logística del 40º Homenaje al 68 (2008), un coloquio dedicado a la proyección y discusión de cine documental y contestatario, en memoria de Chris Marker y Jean-Luc Godard, y con Slavoj Žižek, Ernesto Laclau y Chantal Mouffe como conferencistas. Más tarde, este evento se realizaría anualmente con el nombre de Festival Subversivo (2009-2016) y abordaría temáticas como la conmemoración de la Revolución China, la descolonización, los límites del liberalismo, las micropolíticas identitarias, la subalternidad, el altermundismo y la amistad entre comunidades europeas (Vogel, 2013). De forma semejante, en sus últimas emisiones, dicho Festival se acompañaría del Subversive Forum, un ciclo de charlas con participantes críticos del prestigio de Stéphane Hessel, Michael Hardt, Tariq Ali, David Harvey, Oliver Stone, Terry Eagleton, Stipe Mesić, Saskia Sassen, Samir Amin, Ignacio Ramonet, Costas Douzinas y Antonio Negri, coordinado por Žižek, el político griego Alexis Tsipras y el propio Srećko Horvat (CADTM, 2015).
En 2014, Horvat se deslindó de la iniciativa Subversive, declarando que, si bien esta había aportado a la formación política del filósofo, y él celebraba cómo había adquirido gran notoriedad mediática, sumando el apoyo del Foro Social Mundial, el Foro Alternativas, Attac y las Fundaciones Rosa Luxemburgo y Heinrich Böll, ya no se sentía afín a grupos o eventos que buscaban institucionalizarse, con grandes patrocinios y redes de financiamiento. En su lugar, reforzó lazos con excompañeros que había conocido en una movilización de sus años universitarios, la llamada Blokada de 2009: un conjunto de protestas que iban, desde la toma de facultades en Zagreb, hasta marchas y paros en colegios y plazas de ciudades como Split, Pula, Osijek o Rijeka, en pos de eliminar cuotas educativas y formar asociaciones de estudiantes (Rajcic, 2009). Luego, durante el periodo que va de 2013 a 2016, Horvat se reúne con comités de izquierda en instituciones educativas y con organismos verdes, LGBTIQ+, feministas, agrupaciones de trabajadores precarizados o sin contrato, y en defensa de las identidades y lenguas balcánicas, para conversar sobre lo que él consideraba “agendas urgentes”: la crisis de los refugiados, la inmigración europea, el cambio climático, la privacidad digital después de lo sucedido con Cambridge Analytica, el derecho a la ciudad, los comunes, la igualdad entre géneros, y una mayor y mejor participación de la ciudadanía (Horvat, 2024a).
En estos mismos años, gracias a sus primeros libros cortos como la antología Pažnja! (¡Atención!, 2011), con textos de Amos Oz, Gianni Vattimo, Zygmunt Bauman o Gayatri Spivak, o El Sur pide la palabra: El futuro de una Europa en crisis (Što Europa želi?, con Slavoj Žižek, 2013), Horvat comienza a ganar notoriedad entre editoriales y medios de su país. De tal forma, logra conducir un programa en televisión pública, Zdravo Društvo (Sana Sociedad, 2013), donde invita a intelectuales posyugoslavos como él, entre los que se hallan la socióloga eslovena Renata Salecl, el músico croata Rade Šerbedžija, el parlamentario montenegrino Andrej Nikolaidis o el periodista bosnio Viktor Ivančić, a conversar sobre problemáticas regionales. En ese espacio, la búsqueda de Horvat era promover la idea de que los Balcanes eran un área rica en cultura, diversidad e intercambio; no obstante, varios de los invitados se pronunciaron en contra de las medidas conservadoras de sus gobiernos, lo cual generó que, para acabar con polémicas, las autoridades croatas rechazaran la transmisión. Por ello, en 2014 Sana Sociedad salió del aire.
Según el periodista Miljenko Jergović (2014), la “gota que derramaría el vaso” sería un artículo que Horvat envió al diario británico The Guardian mientras era presentador televisivo, donde denunciaba que las derechas europeas estaban tornándose protofascismos, con expresiones que iban desde gritos antisemitas en partidos de futbol alemanes, hasta políticas públicas de discriminación en Polonia, Bulgaria, Hungría, Rumania y la propia Croacia —por ejemplo, el señalamiento y hostigamiento de migrantes y minorías étnicas, la cancelación legal del matrimonio igualitario o la prohibición de costumbres islámicas en espacios públicos (Horvat, 2014a). En ese sentido, Jergović (2014) lamentaba la censura del “único programa constructivo y espontáneo de la televisión croata, [...] donde no se difundía que “el cirílico es una simbología genocida”, ni se decía que “los veteranos [de la Segunda Guerra Mundial] tienen derecho a hacer el saludo fascista, Ustasha!”. Además, Jergović (2014) acusaba a Goran Radman, director de Radio y Televisión Croatas, de represión, pues, mientras le había dicho a Horvat que el retiro del programa se debía a falta de fondos y baja audiencia, el verdadero motivo era “el cinismo de la derecha, de sus movimientos, de sus quejas y de sus enojos”.
Pese a los eventos anteriores, Horvat siguió adelante con estoicismo. Meses más tarde, integró el proyecto Teatro Filosófico (Filozofski Teatar, 2014) en la sede del Teatro Nacional Croata (HNK), y con apoyo del Ayuntamiento de Zagreb. Dicho esfuerzo consistió en una serie de pláticas sobre actualidad política, economía y resistencia, con académicos como Julia Kristeva, Eva Ilouz, Thomas Piketty e Hito Steyerl, pero también artistas como el documentalista Adam Curtis, los actores Vanessa Redgrave o Gael García Bernal, la escritora Herta Müller o la rapera M.I.A. (Horvat, 2022a). Con estos encuentros, el pensador croata fue delineando lo que en su carrera ha sido una constante: la mezcla de la “alta filosofía” con sentido del humor, cultura pop, artes y referencias cinematográficas, para promover que, si hay que democratizar la reflexión política, conviene empezar por desacralizarla y ponerla en términos simples, hablando de temas, problemas y códigos que involucren a todas y todos, mediante publicaciones y foros gratuitos y multitudinarios: “dejar atrás la era de los mítines para buscar nuevas formas de organización, lejos de lo convencional; porque son malos tiempos para la crítica cultural, pero buenos para la sátira” (Horvat, como se cita en Pujol, 2017).
Muy influido por la cercanía con Žižek, que defiende que la labor del filósofo es irrumpir en medios, foros y debates abiertos con temas actuales (Viramontes, 2019), Horvat se ha planteado ser un intelectual público, alejado de la academia. Le han ofrecido cátedras y clases en más de diez ocasiones, pero las ha rechazado. Prefiere viajar por los países europeos, ofreciendo conferencias y cursos, sin domicilio fijo, tejiendo redes de amistad y colaboración. Por eso, desde 2015 ha visitado 21 países apoyando movilizaciones como los contingentes del 15M en España, los asalariados descontentos del Nuit Debut parisino y las actividades de Occupy Wall Street en Zuccotti Park (Nueva York), acercándose ahí a Noam Chomsky (2016), quien ha señalado que, con las ideas de Horvat, “ve alternativas de movilización constructiva”. Asimismo, junto con el exministro de economía griego, Yanis Varoufakis, conformó el Democracy in Europe Movement 2025 o DiEM 25, cuyo manifiesto constitutivo contó con la firma de Julian Assange, Saskia Sassen, el antes referido Žižek, el músico británico Brian Eno, la exalcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el exparlamentario laborista Stuart Holland.
Además de que DiEM pretende ser un juego de letras con el carpe diem romano (“aprovecha el día”), se trata de un movimiento surgido tras una protesta afuera del Teatro Volksbühne de Berlín en 2016, donde se denunciaban, entre otros aspectos el alza de deudas externas de países en crisis —como sucedió en Grecia, con la Troika de la Unión Europea (UE)—; el creciente desempleo y desigualdad salarial en Europa; las consecuencias de la burbuja inmobiliaria y los desalojos; el crecimiento de la intolerancia, a través de grupos protofascistas o de nacionalismo extremo; la pérdida de soberanía económica de los países europeos frente al euro y, en síntesis, el desgaste mundial del neoliberalismo (Varoufakis, 2016).
De acuerdo con Horvat (2016c, 2019a), o con el DiEM 25 (2019), ya no es posible ocultar que el Banco Central Europeo o el Fondo Monetario Internacional (FMI) han dejado de funcionar, ni que se requiere de una nueva “democratización global”, basada en la solidaridad y el apoyo mutuo entre poblaciones. Para ello, urge tomar las instituciones, demandando menos burocratización y mejores respuestas; recuperar espacios públicos, por y para la gente o el pueblo; el multiculturalismo genuino y transnacional, encima de las fachadas liberales y los organismos que sirven a las hegemonías, y el “paneuropeísmo”, que se entiende como “el sueño de una Europa diferente; unida, pero no por el gobierno de la ue en Bruselas, sino por la imaginación y planes de varias comunidades autónomas, dentro de sus países, que definan su propio futuro, partiendo de sus particularidades políticas y culturales” (Horvat, 2023c). Es decir que, en sentido figurado, “los que antes eran niños, se conviertan en los adultos de la sala. [...] que se escuche a los más jóvenes y lo que tienen que exigir acerca de replantear el progreso, la modernidad o el capitalismo, y que se conforme una Europa que desafíe y deconstruya las nociones tradicionales sobre las que fue fundada” (Horvat, 2019b). No obstante, Horvat (2017b) también advierte que estos no son ni serán procesos fáciles porque, “con el fin de evitar la verdadera democracia, se avecina una tecnoguerra de parte de los poderosos, que aumentarán su vigilancia, privatización de espacios, dispositivos de control y políticas de enajenación, para descartar la organización de la ciudadanía”. Aun así, el fundamento de DiEM 25 es recuperar la idea de “futuro” para las y los europeos, atreviéndose a regenerar utopías y optimismos donde primen las lógicas comunales, las ideas revolucionarias y el aprovechamiento de oportunidades y recursos a favor de las mayorías (Horvat, 2017c; Petrović, 2024). Por lo tanto, es necesario que las personas “de a pie”, las y los propios ciudadanos, se percaten de que los poderosos no pueden sobrevivir solos, sin sus privilegios, y que requieren de obreros, cognitariado, soldados, arrendatarios, contribuyentes o funcionarios para que su influencia continúe. En palabras de Horvat y Varoufakis (2016): “hacer ver que, si los políticos piden algo, ya no habrá súbditos que obedezcan”.
Gracias al enojo que provocó DiEM 25 entre las derechas, que llegaron a denostar la iniciativa como “una Pequeña Internacional (Kleine Internationale) que haría trizas a Europa, en lugar de sanarla” (Dams, 2016), la figura de Horvat comenzó a dividir opiniones. Los populistas del nacionalismo extremo, liberales en pro de la Troika, conservadores católicos y otros tantos que se presumían “de centro” declararon que las ideas del DiEM 25 podían conducir a la inestabilidad política o a las revueltas sin rumbo, que el movimiento no respetaba procedimientos ni instituciones y que, “presumiéndose antiestablishment, estaba conformado por el establishment de izquierda” (Muradyan, 2024). Incluso, llegaron respuestas de la propia izquierda marxista —sobre todo, los grupos sindicalistas y más longevos— temiendo que DiEM 25 fuera demasiado utópico o pidiendo que, en lugar de pensar en “una democracia supranacional e impracticable”, se comenzara con el fortalecimiento y la refundación de los partidos de izquierda de cada país (Fazi, 2016). Sin embargo, ante las críticas, Horvat tomó un papel de rockstar demócrata, en el mejor de los sentidos: aumentó su visibilidad pública, dándose a conocer y pronunciándose sobre distintas causas, con declaraciones y acciones, tanto carismáticas como controversiales.
Comenzó a enviar textos a cuantos medios le fue posible, colaborando para Jacobin, The Monthly Review, The New York Times, Al Jazeera, Ethic, The Guardian y El País, y asistió como ponente a eventos como People's Forum, Below The Radar (de la Island School of Social Autonomy), Impakt Festival, Talk Real, Elevate Festival, Project Brussels 2030 y los encuentros culturales del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). Además, fue speaker en múltiples espacios a favor de la liberación de Julian Assange (DiEM 25, 2024), y en encuentros zapatistas, antiextractivistas y anticorporaciones (Horvat, 2021b, 2021c); también, protestó en varias televisoras y blogs sobre la necesidad de apoyar a los refugiados sirios, pero no solamente con el humanitarismo no-lucrativo y la buena fe, sino con planes de trabajo, educación y crédito a largo plazo, afirmando igualmente que lo más urgente era poner fin al flujo comercial de armas en Medio Oriente: “Europa exporta guerras e importa refugiados, cuando, originalmente, sus hogares son devastados por las bombas e invasiones de tropas europeas” (Horvat, 2018a).
Asimismo, Horvat se opuso a la idea de Elon Musk de “colonizar el espacio”, o a las inversiones millonarias en tecnologías caras, sin fines sociales (Horvat, 2022b), y participó en un rally ambientalista en 2018 llamado Forum Stadtpark, junto a la actriz Pamela Anderson, para hacer un llamado urgente por un New Deal Verde que una a gobiernos y asociaciones por la limpieza planetaria y la regulación de emisiones contaminantes (Horvat, 2018b). Por último, en 2020, Horvat fue invitado por Varoufakis y Bernie Sanders a formar parte de la Internacional Progresista (IP), un organismo que busca extender los ideales del DiEM 25 fuera de Europa, a través de comités en Estados Unidos, India, Islandia, Ecuador, Argentina, Croacia y Senegal, con la colaboración de Naomi Klein, Cornel West, Andrés Arauz, Renata Ávila, René Ramírez Gallegos, Katrín Jakobsdóttir, Aruna Roy, Carola Rackete y Fernando Haddad, por citar algunas figuras. De acuerdo con sus principios, esta organización busca la hibridación de lo público (gobiernos), la sociedad civil, el altruismo y la academia a nivel global —y sin fronteras entre etnias o religiones—, en pos de la democratización radical del mundo, entendiendo por “progresismo” la conjunción de valores como la descolonización, la igualdad, la justicia, la equidad, la libertad, el compañerismo, la ecología, la sostenibilidad, la paz y el pluralismo, en una lógica anticapitalista (Internacional Progresista, 2023).
En suma, Srećko Horvat es un pensador prolífico y polémico. Su compromiso personal está más cerca de la gente y de las calles que de la erudición exquisita. Sus obras constan de discursos afines a la oralidad, donde se refiere a noticias actuales y personajes que igual pueden provenir de la política que de los deportes o el rock, sin descuidar a los clásicos de la filosofía, yendo de Sartre y Heidegger a Deleuze y Guattari. Además, Horvat (2016b) no oculta, sino que celebra y agradece su amistad con artistas como la cantautora Patti Smith, el guitarrista James Kennedy, el cineasta Alfonso Cuarón o Bobby Gillespie, vocalista de Primal Scream y The Jesus and Mary Chain, lo que dota a sus reflexiones de irreverencia, consignas claras y cierto lirismo (Horvat, 2016b, 2024b). Uno de sus principios es que el pensamiento político no queda (ni debe quedar) contenido en el libro académico, sino que requiere de la música, el cine, el grafiti, el performance o el teatro, y que no hay mayor valor social en los filósofos, científicos ni activistas, que en los perfiles creativos. Más bien, una revolución contemporánea necesita de todo y de todos: comunidades unidas que experimenten y discutan sobre múltiples temas, mostrándose más comprometidas con el presente que con ideologías previamente definidas. Así, Horvat ha dejado el anarco-punk de sus años juveniles para una búsqueda más afín al posmarxismo, motivado por la interpretación que Mouffe y Laclau (1987) hacen de Gramsci, o por las ideas de Hardt y Negri (2000).
Nada de todo esto significa que a Horvat le gusten las etiquetas. Se asume como alguien “de izquierdas y ya”, y en todo caso, como un crítico de las extremas derechas o un demócrata radical y progresista (Horvat, 2021d) —aunque, según veremos, bien podría calificarse también como humanista, por su amplia preocupación por el bienestar social, los afectos, los vínculos interpersonales fuertes y la paz—. Opta por una renovación total de la izquierda, donde la libertad y los cuidados mutuos adquieran más importancia que el nacionalismo o los partidismos, ya que “si no podemos luchar por nuestros países, sí podemos hacerlo por nuestras emociones” (Horvat, 2018c). En ese sentido, y haciendo honor a un pasado balcánico con notables artistas antibelicistas y antifascistas, como Vladan Desnica, Geo Milev o Daša Drndić, Horvat es más cercano a un poeta que a un analista de gabinete.
En Poesía del futuro, Srećko Horvat (2020) relata cómo la isla de Vis, en la Croacia adriática, que alguna vez fuera recordada por sus batallas e importantes victorias antifascistas a manos de los partisanos de la Segunda Guerra, hoy se ha convertido en “ese lugar donde se filmó el musical Mamma Mía (2008) (Horvat, 2020, p. 3)”; o bien, cómo algunos grupos de ultraderecha en Grecia, Hungría o Serbia lucen máscaras de gas o de clown, bates de beisbol y playeras estampadas con street art, tal como los personajes antisistema de la serie de películas The Purge (2013-2021) o de la novela de Don DeLillo (2012) Cosmópolis. Esto evidencia que, para entender el capitalismo o la política de nuestro siglo, no basta con estudiar sus ideas, sino también sus símbolos, puesto que tanto la globalización mercantil como los nacionalismos extremos, aun siendo caras contrapuestas de una misma moneda antiprogresista, se parecen en algo: el uso de la estetización como estrategia de reescritura histórica, seducción de masas o imposición de consumos y sentidos. Según otro de sus textos, El discurso del terrorismo (2017a), que retoma la obra de Frantz Fanon o Jean Baudrillard, hay una “estética” (modos de expresión visual, sonora, corporal, espacial, etcétera) en toda acción gubernamental, partidista o colectiva, e inclusive en los contingentes revolucionarios; por ende, la estetización implica la creación de estilos y narrativas a modo, con el propósito de impulsar determinadas agendas. Por otro lado, aquellas y aquellos sujetos que detentan, imponen o resisten el poder, también realizan cierta poesía; es decir, ocultan sutilmente la estetización a través de íconos, metáforas, frases repetitivas (anáforas) o neologismos, con fines persuasivos. De esta forma, Horvat (2017a) considera que las personas no solemos apoyar o someternos a ciertas causas sin que estas sublimen, de algún modo poético, nuestras propias aspiraciones, identidades o criterios morales, llevándolos al punto de la caricatura o la exageración.
El mejor ejemplo de ello serían los discursos del gobierno de Estados Unidos en sus múltiples versiones. Estos han buscado convencer a las y los estadounidenses de que, tras el 9-11 (2001), hay una amenaza criminal planetaria; de que se debe “Hacer a América grandiosa de nuevo”; o de que el desarme mundial no es posible. Para ello, recurren a mitologías como la del “terrorismo”, que banaliza contextos históricos, redes clandestinas y tráficos de armas muy complejos, bajo la figura de una conflagración de enemigos de la libertad. Y, también, utilizan refuerzos semióticos: colores, slogans, prendas de vestir, pancartas y retratos imaginados (como los “innovative and resourceful enemies” de W. Bush o los “bad hombres” de Trump) para caracterizar conceptos tan amplios como “peligro”, “guerra”, “bienestar” o “derechos humanos”, bajo lógicas maniqueístas que, por años, ya se han visto en el cine de Hollywood o en los video-spots electorales.
Llevemos, ahora, esta lógica de la estetización y la poesía-política de Horvat (2017a, 2020) un paso más allá. Si en todas las luchas por el poder hay poesía, entonces, cada lucha tiene una poética. En la antigüedad clásica, es decir, para pensadores como Aristóteles u Horacio, la poética (Ποιητικῆς) o Ars Poetica era una combinación de la poesía con la ética: una idea de lo que se debía hacer con la lírica, en términos de los valores que debía transmitir o defender, los temas relevantes a tratar, la labor del poeta, y la interpretación de lo bello y lo horrible, o de lo bueno y lo malo, desde cierta forma de crear y cantar. Así, la poética puede definirse, tanto como un conjunto de creencias y motivos, como una visión de la realidad, un manifiesto o un programa ideológico, hasta como un “credo de la estética”, según Bachelard (2013, p. 47). Retomando a Horvat (2020), las derechas actuales tienen una poética muy definida: en su variante nacionalista, extrema y populista (léase, algunos protofascismos como el Rassemblement National francés o los grupos white pride norteamericanos), o en la libertariana (como el régimen de Milei en Argentina), todas sus simbologías se orientan hacia una fetichización catastrófica; o sea, a afirmar que, tras la decadencia del liberalismo clásico, el mundo entero enfrenta vacíos de poder, por lo que debe optar por los autoritarismos, la reducción máxima del Estado, los ejércitos fuertes, la expulsión o aniquilación de etnias no dominantes, y el refuerzo de las tradiciones. Asimismo, la derecha liberal, que promueve la desregulación comercial y la defensa del capitalismo, tiene la poética de la fetichización negacionista: defiende que el liberalismo o la modernidad no están en crisis, que todo populismo, de izquierda o de derecha, es enemigo de la democracia, y que los líderes procapitalistas o neoliberales son moderados, altruistas e, incluso, ecologistas.
Para ello, según Horvat (2020), se hace énfasis en conceptos como “libertad” y “transparencia”, lo cual es engañoso, puesto que las libertades se someten al mercado (dependen de los privilegios), y la transparencia favorece a posiciones de poder político o corporativo que son las únicas con acceso a la información y decisiones que no se comunican en reportes, policy briefs ni eventos. Sin embargo, el capitalismo neoliberal pretende una depredación de “cara agradable”, a través de foros como el G20 o las plenarias de la ue. Mientras tanto, las grandes potencias mundiales, como Alemania, Francia, Reino Unido o los Estados Unidos se reparten patentes de innovación, recursos naturales, territorios, influencias neocoloniales y respaldos militares (en la ocupación israelí de Palestina, por ejemplo), pero lo ocultan con sus estetizaciones: “saludos de mano”, firmas de tratados, sonrisas y speeches motivacionales, buscando “enmascarar discursos en decadencia, que ya son poco creíbles para las mayorías” (Horvat, 2021, pp. 20-53).
En todo caso, hay rasgos que resaltan en todas las poéticas de derecha, como: a) el temor a la heterogeneidad, pues hay terror ante las sociedades diversas, incluyentes y pluriculturales (Horvat, 2017a, 2020); b) el rechazo a la heterotopía, que es la cerrazón a espacios, discursos o modos de actuar, desconocidos, experimentales y ajenos a alguna tradición (Horvat, 2020); c) el miedo al futuro, por la incapacidad de imaginar una sociedad nueva, que no sea liberal ni nacionalista, y que se sostenga en valores no occidentales o decoloniales (Horvat, 2016a); y d) la negación de una lógica transnacional, puesto que, mientras los populistas de extrema derecha abanderan el suprematismo, y los liberales, el federalismo, existen otras formas de hacer comunidades y relaciones internacionales, basadas en los intercambios entre viajeros, el asambleísmo o las plataformas digitales libres y colaborativas, con infraestructuras, programadores y bases de datos comunes, en varios lugares (Horvat, 2016b; Horvat y Ávila, 2021). Si los cuatro puntos anteriores se leen a la inversa; es decir, si rescatamos la heterogeneidad; la multiplicidad de espacios, discursos y culturas; la apuesta por distintos futuros, y el transnacionalismo antihegemónico, se podrá figurar lo que, en toda la obra de Horvat, es una poética progresista y democrática. No obstante, el filósofo croata advierte que es necesario ir más lejos de lo que hasta ahora hemos entendido por izquierda o democracia, pues son conceptos que se han corrompido.
Algo que explica Horvat (2016b) en su libro Subversión es que, por desgracia, la izquierda —entendida como la ideología de los últimos socialismos realmente existentes o los recientes partidos políticos no conservadores— ha caído en vicios similares a los de las derechas. Tal como sus antagonistas, aplica la estetización como modo de convencimiento; apela a la política de masas; tiende al dogmatismo y no a la flexibilidad; promueve los partidismos y líderes carismáticos, y sobre todo, replica los nacionalismos porque formula el discurso de que hay que “rescatar un país” o “superar a un viejo régimen”, utilizando banderas o consignas que romantizan pasados gloriosos, y sin analizar las nuevas problemáticas desde la complejidad, ni discutir futuros posibles. En ese sentido, se requieren izquierdas más arriesgadas, que, por un lado, apliquen medidas para restaurar el Estado de bienestar a través de políticas institucionales, pero que, por otro lado, promuevan una genuina articulación y participación ciudadana.
Si bien los socialismos del siglo XX buscaban acceder y tomar los medios de producción económica, o persuadir a adoptar ideas contrahegemónicas, Horvat (2016b) insiste en que aún falta un poco más. No es que la revolución, en el sentido marxista, deje de procurarse, pues el autor celebra la labor de sindicatos, luchadores por el territorio, movimientos sociales o autonomismos, que persiguen causas como la redistribución de la riqueza, el fin de la precariedad, la seguridad social, las jornadas justas, la conformación de cooperativas o la dignificación del trabajo; sin embargo, hay que comprender que nuestras sociedades actuales, a diferencia del pasado, son más pluriculturales, interconectadas, multigeneracionales, interseccionales y diversas en puntos de vista y estilos de vida. Por ello, Horvat (2016b) no desaprueba que las movilizaciones se conviertan en partidos políticos, como es el caso de Unidas Podemos (UP) en España, mientras no dejen de ser “partidos-movimiento”, es decir, proyectos con liderazgos distribuidos, derecho al disenso y espacios permanentes para la discusión. Asimismo, el croata afirma que, garantizando contingentes ciudadanos fuertes y muy activos se podrían revitalizar partidos de izquierda que se creían caducos o derrotados; por ello, celebra el papel del británico Jeremy Corbin en la reforma del Partido Laborista, o de Jean-Luc Melenchon en la integración de las y los comunistas de diversos partidos a Francia Insumisa. De este modo, se pueden renovar estructuras históricas de izquierda que, por errores o corrupción, perdieron confianza, pero con nuevas miradas dinámicas, dialógicas e incluyentes han revivido. Finalmente, Horvat (2016a) recomienda no caer en la creencia de que basta el triunfo de un partido de izquierda a nivel local o nacional para ya declarar un “fin de la Historia” izquierdista, sino que debe procurarse el transnacionalismo y las alianzas de varios proyectos afines, en toda una región o subcontinente. Esto es lo que, según Horvat y Varoufakis (2016) le faltó a la coalición griega Syriza, la cual, a pesar de tener amplio apoyo de la ciudadanía, fue desgastada y aplastada por las imposiciones financieras de la Troika europea.
Por otro lado, aunque Horvat (2016b) se autodeclara anticapitalista, está consciente de que, tal como señala el teórico neomaterialista Mark Fisher (2009), las sociedades posneoliberales se encuentran en una fase de “realismo capitalista” o “capitaloceno”; esto es, una etapa civilizacional donde el capitalismo, devenido en Imperio, está tan globalizado, empoderado e inserto en las subjetividades que parece “no existir nada fuera” (Horvat, 2016b, p. 39). En consecuencia, combatirlo no es solamente resistirse a un solo Estado o fábrica, sino crear redes de cientos de movilizaciones que hallen fracturas o intersticios en los que la maquinaria capitalista no pueda intervenir, inaugurando economías y microestructuras alternativas, comunales, marginales y solidarias: “ligas de islas o archipiélagos donde no consiga entrar el capitalismo, aunque estas tengan que flotar en el mar del mercado” (Horvat, 2020, p. 110).
Para Horvat (2016b), irónicamente, “el capitalismo está haciendo realidad los sueños del 68” (p. 30) porque está creando un ensamblaje desterritorializado y siempre cambiante de grupos humanos; flujos de dinero, comercio, trabajo y valor, y cadenas de información, sentidos, corporalidades, emociones y modos de existencia. ¿Qué queda, entonces, por hacer? Darle batalla con lógicas similares: cambiar los G20 por foros internacionales entre Norte y Sur, al estilo de la Conferencia de Bandung (1955); habilitar plataformas digitales hacker y no lucrativas; exigir que, en lugar de centros comerciales u oficinas, se abran escuelas, espacios comunitarios o clínicas gratuitas, y defender las conversaciones plurales, por encima de los proyectos nacionalistas o los membretes. Al conjunto de estas iniciativas, Horvat (2016b) le denominará “subversión” a “una oleada de personas, ideas y colectividades que, para organizarse y planificar los pasos futuros, prioricen el descontento y el debate. Siempre en conjunto y en pleno” (p. 39). No obstante, conviene entender que, para que esta subversión suceda, no basta con acciones o estrategias, sino que se necesitan cambios en la subjetivación o nuevas subjetividades; formas alternativas de vivir, sentir y relacionarse, lejos de lo impuesto por el neoliberalismo. Por ejemplo, es urgente cambiar el individualismo por lo común, la propiedad privada por la compartida, la competitividad por el reconocimiento mutuo, y el egoísmo por la amistad. En palabras de Horvat (2016b): “un trabajo colectivo lleno de paciencia y esfuerzo donde los participantes [...] hagan frente a los problemas que existen con propuestas conocidas, pero también con nuevos programas” (pp. 39-40).
En consonancia con los planteamientos de los apartados anteriores, Horvat (2016b) no solo comprenderá el concepto de “democracia directa” como una forma de organización social o una serie de estrategias políticas, sino como una poética y un modo de subjetivación. Esto significa que para lograr una democracia plena hay que volverla cotidiana: habitarla, discutirla, practicarla y hacerla presente en los intercambios y los afectos, más allá de la forma de gobierno o régimen. A veces, si los temas y discusiones corresponden al Estado, convendrán las asambleas, las consultas para iniciativas de Ley o los plebiscitos; pero también habrá que dividir estos plenos en distintos comités que se organicen por barrio o sector, donde se escuche la voz de distintos perfiles nacionales, sexuales o gremiales, trasfondos étnico-históricos o agendas, en la búsqueda de que se protejan los derechos civiles y se garantice la atención de diversas necesidades coyunturales. Así, Horvat (2016b, 2020) habla de que, si bien él considera que el liberalismo o la representatividad tradicional (o sea, institucional, parlamentaria y partidista) están en crisis, se requiere de nuevas verticalidades-horizontales. Suena contradictorio; sin embargo, esto se refiere a liderazgos morales, agrupaciones con portavoces que sinteticen ideas colectivas y activistas que no teman acceder a puestos políticos —es decir, figuras y cargos “verticales”—, que, a su vez, no dejen de acuerparse por contingentes ciudadanos o foros públicos —léase, “horizontales”—, encargados de exigir, complementar y corresponder cada acción política. Por ende, la verticalidad sería meramente técnica u operativa; un mecanismo para opinar y deliberar, y jamás una forma de desigualdad o abuso.
Así, el concepto de comité que pretende Horvat (2016b) no es un soviet o una asociación afiliada a algún partido político o institución formal porque esto fomentaría el llamado corporativismo, tan común en socialismos como el soviético, chino o yugoslavo. Por el contrario, el autor habla de grupos de trabajo: colectivos que surjan desde y para la ciudadanía, pero no bajo una lógica violenta, catastrófica ni excluyente, como la de las extremas derechas europeas o la alt-right estadounidense, sino basada en el reconocimiento de las y los otros, la libertad, el antifascismo y la búsqueda de bienestares comunes. Estos valores y actitudes serían, según destaca el filósofo, la base de una subjetividad democrática renovada: “pasar de la crítica sin esperanza al optimismo participativo, demandante y descontento, pero con organización, inteligencia y responsabilidad” (Horvat, 2020, p. 124). Como menciona Horvat, en conversación con la politóloga albanesa Lea Ypi (2024):
Es un gran reto; no solo es volver al feudalismo campesino, sino articular comunidades urbanas y campesinas; no basta eliminar o fiscalizar los liderazgos, sino hacerlos afines a cada comunidad; no es únicamente convertir causas comunes en demagogia, sino documentar luchas históricas y darles continuidad, ahora como proyectos abiertos. (pp. 50-44)
Acercándonos al cierre, conviene recalcar que Horvat (2016b), analizando la situación contemporánea de Europa, no se asume ni como euroescéptico, ni como un entusiasta de la Unión Europea, tal y como ahora la conocemos. Más bien, el croata explica que las y los europeos enfrentan aquello que Gramsci denominaba “tiempos mórbidos”: una época de decadencias y redefiniciones políticas en que “lo viejo no ha terminado de morir y lo nuevo no se ha materializado del todo; [...] un momento de batallas que supone combatir las hegemonías gubernamentales, tecnológicas y corporativas en todos los ámbitos, incluso los íntimos y personales” (Horvat, 2016b, p. 118). Los populismos de derecha consideran que debe disolverse cualquier intento de federación, argumentando que los nacionalismos, con sus conservadurismos y segregaciones, salvarán a Europa de la debacle; no obstante, además de que estos enfoques son protofascistas, pueden representar un atraso, pues llevan a lo que Agamben (en Horvat, 2016b) definía como stasis: un panorama paralizado por grupúsculos sin idearios y en tensión permanente que carecen de un proyecto político progresista.
Según Horvat (2014b), “las socialdemocracias, el giro democratizador de los noventa, y la larga marcha por reforzar instituciones paneuropeas” fueron los primeros pasos hacia Estados del bienestar; el problema fue que, al querer confiar en la representación indirecta, las iniciativas democráticas no lograron “comprometer ni involucrar a activistas, intelectuales, artistas, ni ciudadanías; no se ensuciaron las manos”. Aun así, Horvat e Ypi (2024) llaman a los miembros de la Unión Europea a no perder sus ideales originarios, como la libertad, el libre tránsito o el fortalecimiento económico a nivel regional. La respuesta no está en los Brexits, sino en un proyecto fraternal, anticapitalista y multiorganizaciones que ya no esté controlado por una Troika ni haga tratados o leyes a conveniencia de los poderosos, sino que garantice límites para las cúpulas. No basta con bancas centrales ni programas para la rendición de cuentas; tienen que organizarse marchas, boicots, partidos, denuncias y acciones de desobediencia civil que desmantelen mafias, fortunas y privilegios. Crear una Nueva Internacional, cien por ciento ciudadana, que elija el rumbo de los gobiernos y distribuya los recursos es una opción para concretarlo. Como dice el Manifiesto DiEM 25 (2019):
Los oligarcas están gobernando Europa. Son dueños de los pisos en que vivimos, de los bancos en los que depositamos nuestro dinero, de las vacunas que salvan nuestras vidas, de las aplicaciones que necesitamos para trabajar, de los datos que generamos, del petróleo y gas que calientan nuestro planeta, y lo más importante: son amos de los políticos que supuestamente deberían defendernos de ellos. Son el resultado de un sistema terrible en el que los ricos tienen derecho a hacer todo lo que les venga en gana. [...] ¡Solo existe una manera de acabar con esta situación: la revolución democrática! Somos capaces de vencerlos. No pararemos hasta que nuestra visión de la democracia tome las estructuras, el sistema empresarial, la economía, nuestros ayuntamientos, nuestros parlamentos; todas nuestras instituciones.
Como complemento de sus ideas políticas, Horvat (2021a) ha discutido sobre temas actuales; por ejemplo, el papel de las grandes empresas de tecnología digital, haciendo hincapié en el extractivismo de datos, la vigilancia permanente y la imposición de estéticas, prácticas o sentidos, a través de modas como las selfies; cómo fue que la pandemia global por COVID-19 agravó las desigualdades urbanas en materia de transporte, acceso a Internet, alimentación o condiciones laborales; o cómo las industrias más grandes, que consumen energía 24 horas al día sin pagar por suministros como la luz o el agua (a cambio de tratos preferenciales con gobiernos), son las mismas que promueven el ecologismo individual y los empaques biodegradables, en lugar de frenar su emisión de gases contaminantes o la evasión de inspecciones e impuestos. En estos trabajos, como Después del Apocalipsis (2021a) o ¡Todo debe cambiar! (2021), Horvat señala que algunas pesadillas distópicas, provenientes de películas de ciencia ficción como Blade Runner (1982), 12 Monos (1996) o Los hijos del hombre (2006), parecen haberse materializado; empero, y a diferencia de estos filmes, las sociedades no parecen alarmarse ni entrar en el caos, pues mientras el cine presenta ciudades decadentes y oscuras, la globalización fuera de la pantalla pretende que se pueden “reparar” las crisis de salud pública, burbujas inmobiliarias o desastres ambientales tan solo con marketing y buenas intenciones. Así, Horvat problematiza si la llamada “nueva normalidad” del mundo luego del COVID no es, en realidad, una “peor normalidad”, con sus teleconferencias, jornadas interminables de home office, nuevas cepas virales o tasas de créditos al alza, y concluye que, a pesar de los esfuerzos por minimizar los costos sociales y económicos de la pandemia o del cambio climático, no habrá verdaderas soluciones mientras no se pongan límites graduales al capitalismo. En todo caso, Horvat (2021a) comenta, con un dejo de ironía, que “¡Otro fin del mundo es posible!”, y que “no se trata de cambios ligeros, [sino de] una reinvención radical de cómo entendemos la realidad” (p. 58). Por ende, sus conceptos de paneuropeísmo, progresismo, democracia y transnacionalismo, junto con su denuncia a la estetización y falsas poéticas del Imperio mercantil, o de los nacionalismos protofascistas, comprenden una excelente forma de problematizar los eventos actuales, esbozando a la vez los activismos, demandas y subjetividades que requiere el siglo XXI.
Srećko Horvat es un polemista. Sus críticos lo ubican del lado de la “postpolítica”, junto a autores como Žižek, Mouffe o Varoufakis, considerando utópico e irresponsable que se desee hacer cambios desde la acción ciudadana o la cotidianidad sin optar por los rumbos formales o jurídicos, o alejándose de la conquista del poder y la revolución armada; también, se le puede acusar de “blando” e impráctico por querer apelar a lo transnacional o a la solidaridad entre comunidades, en un mundo donde el capitalismo mundial integrado subsume cada proceso vital y relacional, o donde las extremas derechas son cada vez más agresivas (Eror, 2020). Igualmente, es común que Horvat se asocie con denostativos como el típico “posmoderno” o con el adjetivo “posestructuralista” por no plantear que todo se reduce a la lucha por los medios de producción. Sin embargo, y pese a su juventud, el filósofo croata no es baladí, pues, lejos de caer en la cursilería o la superficialidad, ha planteado toda una alternativa rigurosa de redefinición de los modos en que hacemos política, en un mundo donde el antagonismo clásico izquierda-derecha parece agotarse.
La experiencia de los posyugoslavos como Horvat es de enorme valor, ya que han vivido de cerca los estragos de los autoritarismos y propagandismo del socialismo realmente existente y, a la par, de los intervencionismos crueles del Imperio; por eso, rechazan los nacionalismos y protofascismos de las derechas de hoy día, pero también las imposturas de la Troika, la OTAN, los organismos globales y el hegemón estadounidense. ¿Qué queda? No solamente resistir a la opresión en las tribunas, casillas electorales y calles, o continuar denunciando la estetización de discursos engañosos y adoctrinadores, sino, también, operar un cambio radical en los afectos. Esta será la base de toda la filosofía de Horvat (2022f): hacer de la confianza mutua, el cariño, la amistad, la pasión y el compromiso colectivo algo muy serio, al punto de que la democracia no sea un mero concepto, sino una poética: un modo de coexistir cuidando de las y los otros para librar la extinción. No se trata, justamente, de retomar el amor como como una “buena onda” que nos lleve a tolerarnos, pues, como señala el autor en La radicalidad del amor (2016a), ese es el camino que conduce a la indiferencia, al consumo de cuerpos e ideas, a las relaciones distantes, a la depresión pospandémica, a la enajenación digital y a la falta de empatía de nuestro siglo; en su lugar, se tiene que tener un amor profundo y ardiente por la vida en común, la colectividad, la igualdad y la política, pero no por apego al poder ni por egoísmo, sino como una forma sincera de revalorar y amar al prójimo y a la humanidad, en el impulso de rehabilitar y habitar futuros posibles.
En cada libro de Srećko Horvat, el autor cierra con una playlist de canciones que le inspiraron en la poética de ese trabajo. Esta es la mía, motivada por las luchas e ideas del pensador croata:
Bonus Track: The Times Are A-Changin - Nitty Gritty Dirt Band feat. Roseanne Cash, Steve Earle, Jason Isbell and The War and The Treaty (Long Beach, 2019)
Aguirre, X. (1996). Yugoslavia y los ejércitos. La legitimidad militar en tiempos de genocidio. Catarata.
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