Originario de la comunidad de Majosik, Tenejapa, Chiapas. Licenciado en Educación Indígena por la Universidad Pedagógica Nacional.
Miembro fundador de la Asociación Civil Hijos del Maíz: Base-tierra de acción y creación. Organización de promoción de los DDHH de los pueblos y comunidades indígenas.
Ha sido profesor, tallerista; traductor- intérprete de la lengua tzeltal en diversas instituciones tanto públicas como privadas.
Protagonista de diversos programas de televisión en materia de cultura indígena como: La raíz doble: Sabores Periféricos de canal 22; Lenguas en resistencia – Tzeltal, la lengua verdadera canal 11; y Discurso en el Congreso Local y en la máxima tribuna de la Cámara de Diputados LXV Legislatura, sobre los derechos e injusticias que viven las comunidades indígenas.
Actualmente es promotor cultural en la Dirección General de Culturas Populares Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Federal.
Mi madre me contó que hubo una mujer a quien se le murió su esposo, justo cuando nació su hijo.
El niño creció sin la guía de su padre y la mujer no dejó que otras personas guiaran su corazón y pensamiento hacia un buen camino como trabajar la tierra y escuchar consejos y razones. Cuando los abuelitos querían llevar al niño a la milpa, la madre contestaba “¿para qué lo quieren? Sino es su hijo, lo va a quemar el sol” decía la madre.
Así creció el niño, rebelde y sin oficio.
La madre se hizo anciana y entonces harta de su rebeldía y mal comportamiento, quiso educar a su hijo, guiarle por el buen camino, pero ya era tarde. El hijo le contestó:
- ¿ves ese árbol que está ahí? Le dijo, señalando un árbol con el tronco torcido
- Sí. – Contestó la madre –
- A partir de mañana temprano, quiero que empieces a enderezarlo. Y si lo logras enderezar, platicamos.
A la mañana siguiente la madre quiso enderezar el árbol, le puso cuñas, lo amarró a otro árbol, sin lograrlo. Lo único que consiguió fue lastimarse las manos. Triste regresó a su casa. El muchacho dijo:
- ¡Madre!, si lo hubieras enderezado desde que era tierno, no estaría, así. Ahora que quieres corregirlo no se va a poder, porque ya está maduro. Ese árbol es como yo, si hubieras permitido que mis tíos y mis abuelos me educaran de niño, no sería así como soy ahora. Así que madre, como no pudiste con el árbol, tu tiempo de corregirme se ha acabado.
Y así fue que la anciana, vivió el resto de su vida avergonzada y triste por no haber guiado a su hijo por el buen camino desde pequeño.