La Universidad en el territorio comunitario
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En un mundo donde el dinero y la avaricia guían el mundo, existen almas que buscan algo más. No todos quieren lo mismo, y no todos están dispuestos a dejar de lado lo que realmente les apasiona. Lo sé por el teatro.
Tan solo llevo un año en la prepa, pero ha sido suficiente para darme cuenta de cómo es este “show”. Es frustrante que lo que quieres estudiar suene para los demás “inútil”, sin campo laboral o hasta “ridículo”. Y si todavía queda duda, estudiar teatro es un sueño difícil: desde que sólo ingresan 16 alumnos por año (en la UNAM), hasta la opinión popular que carga esta carrera.
Muchos dicen que los tiempos cambian y que las mentalidades evolucionan, pero la realidad no siempre es así. Todavía hay gente que, cuando te pregunta “¿Y tú qué vas a estudiar?” y respondes “teatro”, te ponen esa cara de “Ay, ternurita”. Y sí, claro que pienso cómo voy a sobrevivir, porque sin dinero no se puede hacer nada pero entonces me vuelve la pregunta de, ¿en serio vale la pena abandonar lo que tanto amo?
Este año, en la Preparatoria 6 “Antonio Caso”, significó un gran crecimiento para mí. Me di cuenta de que no somos pocas las personas que sentimos esto, que en realidad somos muchos, aunque a veces no se note. Y aunque no fui la más activa dentro de la comunidad teatrera, como lo era antes de formar parte de ella, supe que decidir meterme de lleno a lo que me emocionaba fue una de las mejores decisiones.
Cerrar el año representando una obra de Molière fue algo más que actuar. No fue solo aprender diálogos, fue entender su contexto, su crítica y la forma en la que señalaba problemas sociales. En El médico a palos, por ejemplo, muestra lo absurdo: cómo un charlatán puede hacerse pasar por médico y engañar a cualquiera aprovechándose de la ignorancia. Y eso, aunque parezca lejano, sigue pasando.
Todo el proceso —los ensayos, la convivencia, el montaje— fue una experiencia increíble. Pero también hubo algo que dolió: ver a tan poca gente interesada en verla. Aun así, me dejó una enseñanza muy clara: el arte no se mide por cuántas personas lo ven, sino por lo que provoca en quienes sí lo viven.
El teatro no es solo actuar. Es observar, cuestionar y entender la realidad desde otras perspectivas. Tal vez no todos voltean a verlo, pero eso no le quita valor.
Al final, me quedo con la satisfacción de haber sido parte de algo que me hizo crecer, que me retó y que me recordó por qué vale la pena seguir intentando, incluso cuando parece que pocos están mirando. Vivo y quiero vivir para el teatro, aunque la vida ponga trabas.
Carpe diem.
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