Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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Foto de Tracey Shaw de Pexels

Reyes de papel.

Número 17 / ABRIL - JUNIO 2025

Quería que volviera a mirarla, no desde los márgenes de su reino, sino desde la cercanía de un cálido abrazo

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Gabriela Nogal Guerrero

Facultad de Filosofía y Letras

Las buenas historias suelen iniciar con la vista desenfocada, inmersas en su paraíso, en su propio cuento suave y dócil. Ensimismado en el atardecer, el lector se pierde entre la espuma de las letras que van disolviéndose en el espacio idílico, y con él desaparece la noción del tiempo. Reconoce entre la risa el trino de aquel pajarito, componiéndole la escena y un estribillo nuevo. Posa sus delgados dedos en la rama más alta, a contra luz del tímido sol ebrio ya de su propio fulgor. Humedece las hojas, que se empapan con el difuminado horizonte aún cálido, antes de ceder el paso al lila y a las estrellas. La luna es modesta y celosa. Ilumina únicamente a aquellos hechos del material más frágil, que al roce de una lágrima es capaz de deshacerse; a aquellos astutos, que con su lánguido y paliducho aspecto, son capaces de abandonarse y doblegarse ante la necesidad de fortaleza; a aquellos capaces de quemarse y ser combustible de su propia pasión. Se miran caprichosos, vanos, pero la luna sabe. Alumbra la sensibilidad de aquellos que son capaces de amar, y los pinta de plata. 

Así el cutter rodó lentamente hacia la orilla del escritorio y rompió el silencio apacible con un estruendo metálico y agudo. No llegaba ni siquiera a la mitad de la altura del cutter, que ya para ese momento estaba bajo la cama, no muy lejos de ahí, pero para el pequeño hombre blanco se trataba de un abismo imposible, enterrado en penumbras. La luz no alcanzaba a cubrir más que a él, un par de folios y algunos retazos rojos escondidos entre las sombras. Había nacido cobarde, solo y frágil. Apenas sus dobleces lo hacían ponerse de pie y ser capaz de caminar sin curvarse, como cuando era una llana hoja de papel. No tardó mucho en darse cuenta.

La dilatación del tiempo lo había abandonado ya, no podría decir hace cuánto, tampoco era importante. La luna seguía ahí, blanca, inmóvil, sola. Podría ser su reflejo, pero no, ella era redonda, él se componía de esquinas puntiagudas; ella era grande, él no sabía cuánto, ni lo imaginaba. ¿Qué podría saber un insignificante hombrecillo de papel en medio de la noche sobre las dimensiones absurdas de dicho satélite? Pero era brillante, de alguna forma él también lo era. Llegó a una conclusión sensata: la luna lo había creado. Eran parecidos, pero no era una ilusión o simple coincidencia. Probablemente, la luna, al encontrarse sola, siendo ella tan brillante y hermosa, habría deseado compañía. De ahí que él estuviese ahí, de lo contrario no entendía la razón de su existencia. La miraba buscando el consuelo que solamente una madre es capaz de dar, pero pensar en lo diferente que eran lo aterraba aún más. No quería vivir. 

Encontró cierto aspecto que lo ponía por sobre la luna: él podía moverse. Lejos de motivarlo o siquiera hacer que su ego como individuo comenzara a aflorar, volvió a llenarse de miedo. No quería explorar más allá de lo que la luz de la luna era capaz de mostrarle. Estaría solo en un lugar más grande del que ya estaba, de alguna manera eso haría su soledad más dolorosa. Así que esperó. Pensó que tal vez, así como la luna le había dado la vida, sería ella quien debía de quitársela y al ver que su plan padecía de inmensos errores, no tardaría en dejarlo de nuevo en inconsciencia. Sin embargo, ignoraba tantas cosas, que ni siquiera él sabría si lo hubieran vuelto más feliz o más desdichado. Era ignorante de lo que significaban él, su tamaño y el de la luna, de qué estaba hecho, el espacio donde habitaba, las cortinas que se mecían suavemente hacia adentro de la habitación y las sombras tenues de las ramas. Para él solamente existía la superficie de las hojas que la luna cubría y eso era suficiente para hacerlo sentir terriblemente abandonado y, para sus ya numerosas desgracias, tampoco era consciente de su inmortalidad y de las mil noches que le tomarían poder desgastarse o siquiera comenzar a desdoblarse para volver a su despersonalización. Estaría envuelto en llanto, eso incluso podría haber sido una solución, sus lágrimas terminarían por desbaratar su inútil cuerpo y quien sabe, podría dejar de sentirse solo. Dejaría de sentir. Pero sería una verdadera lástima, pues no dejaría solamente a la luna. 

Su desespero, envuelto entre las sombras y el silencio sofocante, se vio frustrado. Esta vez no por el metal de un afilado y preciso objeto, sino por el insospechado movimiento de quien creía su creadora. La luna desafió sus pocos conocimientos, se movió de manera casi imperceptible, y con ella, había dispersado su luz hacia los retazos de hojas rojas que no terminaban de distinguirse. Aun entre la niebla de la noche espesa se irguió una figura, que al igual que el pajarito que había abandonado aquella rama desde hacía ya varias horas, se volvía indistinguible a contraluz. Algo era innegable, se veía muchísimo más oscura aquella silueta. No brillaba de blanco ni pretendía simular a la luna, sino a él. La figura no era más alta, tenía un par de detalles que la hacían distinta, pero sus bordes finamente doblados, la superficie lisa que conformaba sus cuerpos contrastantes y la coordinación confusa que parecían tener en su andar robótico y almidonado. Era él, pero no tardó mucho en desechar tal pensamiento. Poco a poco su color rojizo fue delatando su verdadera naturaleza. No era más que una mujer. La única diferencia entre ambos era precisamente eso, su color. 

La mujer rojiza lo miró por largo rato, después volteó a su alrededor y comenzó a caminar hasta los últimos rincones del escritorio que la luna iluminaba. Exploró el espacio, mientras que el hombrecillo, perdido aún en su estupor e incredulidad, se limitó a admirarla. Mirarla lo hacía notar que venían de la misma naturaleza y eso lo hacía abrasarse desde lo más profundo de su pecho. Calidez, eso era lo que sentía. Intentó acercarse un poco a ella, casi al límite de los rayos de luz de la ventana. La tomó del brazo suavemente, sintió un escalofrío fugaz que fue cortado bruscamente al ser derribado por ella. Se asustó, pero no era igual que cuando se imaginaba perdido entre la inmensidad de la noche. La brasa cálida pasó a volverse una llamarada intensa dentro de su pálido y diminuto cuerpo. Quería volver a experimentarlo. Se acercó aún más y en respuesta, recibió otro empujón, esta vez, llevándolo a una zona del escritorio que ya no tenía hojas blancas como tapiz. Se quedaron quietos. Ella fue la primera que reaccionó luego del tiempo congelado en el que ambos se quedaron completamente pasmados. Comenzó a mover las hojas del escritorio, dividiéndolas en dos mitades, una de ellas cubierta por el blanco brillante reflejo de la luna y la otra la dejó al ras del escritorio y los pocos retazos rojos de papel iluminados por la luna. Ahora esa mitad le pertenecía. 

Declaró de esta forma su reino. Solitario, brillante, pulcro, inmenso e inhóspito. De alguna forma el piso blanco, conformado por los folios, lo hacían verse más extenso y estéril. El hombrecillo no tuvo más opción que aceptar esta nueva división, sumiso y doblegado a quien creía lo hacía más fuerte, pues ya no estaba solo. En realidad no le importaba el espacio, ni la luz, ni que ella se mostrara tan hostil y agresiva con él. Lo único que deseaba era poder mirarla de vez en cuando y sentirla ahí, aun si no pudiera tocarla. Ya no pensaba en morir, ya ni siquiera pensaba o volteaba a ver a la luna. Se había olvidado por completo de ella. 

El tiempo, así como la posición de la luna, fue avanzando. La mujer rojiza contemplaba este detalle y no había tardado en notar cómo es que el espacio que tenía disponible se iba modificando según la hora y el tiempo transcurrido. Es por ello que cuidaba tanto que, lo que consideraba como su pequeño reino, fuera haciéndose cada vez más grande, aun si esto se traducía en dejar al hombrecillo sin espacio por donde moverse. Ese de igual forma fue un aspecto que la desesperaba. Mientras ella se movía frenéticamente para huir, él se quedaba inerte. Le molestaba. Su objetivo era dejarlo fuera de lo que la luz podía alcanzar. Imaginó que, así como la luz de la luna le había dado vida hasta que cubrió su cuerpo completamente, tendría que ser de la misma manera para que esta vida se perdiera entre las sombras. 

El hombrecillo, compañero indeseado, fue degradándose entre las sombras que intercambiaron su lugar y forma al paso de la luna en el cielo. Su reino se extendió a tal grado, gracias a la luna, que el hombrecillo se resignó en algún punto a morir al darse cuenta de lo que tenía planeado su compañera. Tal y como había deseado en un principio, la única diferencia era que ya no estaba solo. No era que no le importara morir, sabía que dejaría de tener conciencia, pero no le molestaba en lo absoluto, tampoco estaba asustado. Moriría, sí, pero lo habría hecho con la dicha de estar acompañado, de abrasarse entre un fuego violento, tan violento como quien se lo había provocado: ella. Era cuestión de minutos, lo que para ellos podrían ser eternos. Para él, cada segundo se había vuelto tan ligero y dócil, como degradante y agresivo para ella. 

Finalmente, casi como si de caer en un sueño profundo se tratara, el hombrecillo fue perdiendo poco a poco la conciencia de haber sido. No podría afirmar en qué momento se había quedado dormido, de igual manera ya no despertaría jamás. La mujer se dio cuenta cómo es que el cuerpo del hombrecillo había perdido vitalidad y la rigidez había pasado a habitarlo. Momentáneamente, se sintió aliviada y por fin, después de haber estado toda esa noche sin dejar de moverse, se sentó a descansar. La soledad la invadió poco tiempo después, de pronto, el ambiente se había puesto un poco más fresco de lo que estaba. La calidez que él destilaba se había extinguido por completo. Fue a sentarse a su lado. Lo miró un rato, lo tomó del brazo y automáticamente la llenó un escalofrío. Esta vez ninguna sensación de fuego intenso llegó para amortiguar la melancolía. 

Conoció ahí la lástima. Vio su cuerpo inerte e inútil, envuelto en la oscuridad. Comenzó a arrastrarlo hasta el centro de su reino con la esperanza de que recobrara la conciencia y que volviera a mirarla, esta vez no desde los márgenes de su reino, sino desde la cercanía de un cálido abrazo. Misma calidez que le había causado tanto terror desde el primer momento en el que la tomó del brazo y ella, huyendo del fuego ficticio que emanaba el hombrecillo, se aisló en busca de una soledad inducida y pragmática. Pero ya era tarde, o mejor dicho, demasiado temprano. Un trino agudo se escuchó desde la ventana, que dejó de filtrar la luz de plata de la luna y los transformó en rayos rojizos y naranjas, en trazos tenues de violeta y rosado en el cielo. La silueta de un pajarito compuso nuevamente un estribillo desde la rama en la que había dormido toda la noche.

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