Leviatán
Por: Verónica Hernández Carapia
Monstruos que matan al “príncipe azul”
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3
Escuela Nacional Preparatoria Plantel 3
Hoy, como cada tarde, desperté con unas ganas impetuosas de no hacer nada. Rebeldía contra la propia rebeldía, apatía incolora e interminable. Hay días que, para ser honesto, son casi todos, en los que desisto de la acción. Yace sobre mi cama, entre las sábanas sucias y un colchón viejo, mi cuerpo inerte, agotado y con un letargo que, a ojos de un extraño, resultaría preocupante; pero para mí no, ojalá por lo menos lo sintiera preocupante. No lo siento, no lo vivo, lo atestiguo: como un observador mudo e indiferente de mi propia vida.
La consciencia deja el alma sin aire, adolece el cuerpo y merma cualquier vestigio de esperanza en mí. Hay consciencia de mi baja serotonina, de mi dependencia emocional, sin la cual el vacío se torna cada vez más tangible; de mis malos hábitos de sueño; de mis afecciones psicosomáticas; de que las benzodiacepinas y el alcohol acentúan mi depresión; de que tengo deberes y compromisos a medida que el tiempo avanza sin permitir la pausa. Sé que mi cuerpo y mi mente piden auxilio, sollozan mientras ven de frente todas las posibles salidas: la voluntad, la disciplina o la fe; pero, aun así, decido quedarme quieto. Porque entender no garantiza poder. Ni siquiera garantiza querer.
Sé al menos lo suficiente para reconocer mi miseria con nombre y apellido, pero, aun con esta dolorosa lucidez, decido sucumbir al letargo, pues eso es sucumbir también a ese cansancio que se disfraza de paz para mí.
Para ciertos ojos seré una cifra más de la epidemiología de la depresión contemporánea; para otros, alguien que se estanca y se apiada en su quietud. He de decir que considero la inacción como una manifestación de voluntad; de lo contrario, habría acabado con mi vida hace tiempo. Pero el suicidio no está entre mis propósitos, porque carezco de propósito. Creo que no quiero dejar de existir; de momento me conformo con solo dejar de participar.
He entendido que la apatía también es una forma de oración: una plegaria muda hacia un dios que no responde, pero sí espera en silencio conmigo, sentado en mi cama, mirándome indolente. Escupo en este mundo sordo cuyo espectro de realidad me exige, y cuya sociedad moderna reduce mi valor como persona a mi capacidad para producir lo material. Y no hay nada más inmaterial que la lucha que uno libra cada día desde su cama. Tal vez mi pasividad es mi subversión, mi movimiento de resistencia. Y si esto es una derrota, me sabe ínfimamente la dignidad aceptarla en silencio, sin fingir reinvención y sin buscar testigos.
De momento todo me resulta tan remoto que creo que incluso el dolor está perdiendo su peso, pues ya no lloro más que dormido. No me falta esperanza; me sobran razones para no necesitarla.
Creo, no sé, que dejo todo de mí en este escrito, pues incluso la mente agitada y ansiosa ya no permanece tan despierta. Pensamientos e ideas tocan tímidos la puerta; si logran pasar, no se verbalizan. Se articulan en conceptos que, en cuestión de segundos, acepto vagamente, desecho, sintetizo o comparo. Apenas se dibujan en mi cabeza como símbolos sueltos, una imagen, un eco, una sensación. Todo se disuelve antes de que siquiera pueda nombrarlo.
Si esta dinámica no se concreta de forma inmediata y alguna idea osa insistir, entonces simplemente la aparto. Se hunde en la neblina con desgana; mi mente vuelve a estar cual tabula rasa y se limita únicamente a sentir la almohada bajo mi nuca o mis mejillas.
Por otra parte, casi como entidad distinta, mi cuerpo se arrastra entre la cama y el escritorio. Lo veo apenas moverse; permanezco desde una esquina invisible del cuarto, siguiéndolo con la mirada. Lo alimento porque, si no, se muere, no porque tenga hambre; lo aseo por rutina, no por dignidad; y respira él solo por inercia, no por deseo de vivir.
La experiencia interna persiste, mientras solo cambia nuestra manera de enfrentarla. A veces lo único que puedo hacer es observar mi propia fenomenología con la distancia justa para que no me quiebre. Esta es mi manera de volver el dolor materia ajena, analizable y estética. O tal vez es simplemente el síntoma de la desconexión.
Por: Oscar Santiago Gutiérrez
Todos los días rezo por llegar a salvo a casa
Por: Ámbar Carreón Cruz
Resistencia, dignidad y humanidad del pueblo palestino