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Foto de Mesut Yalçın

Nican mopohua

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

Lo que vi en el cerro no debía verlo nadie

Picture of Diego Alonso Cervantes Cabrera

Diego Alonso Cervantes Cabrera

Facultad de Economía

Yo era ya de la edad de cuarenta y siete años cuando los teules vinieron con sus espadas y con aquellas sierpes de fuego a derribar la gran ciudad de México-Tenochtitlán. Fue en aquel tiempo que tomaron el Huey Teocalli, y nuestro señor Cuauhtemotzin mandó que cesásemos la guerra y dejásemos las armas.

Siempre fui macehual, natural de Cuautitlán; mas lo que agora querría contar y poner por escrito acaeció en diciembre del año de mil quinientos treinta y uno, cuando contaba cincuenta y siete años, y mi cabeza era ya blanca como copo, cual la del gran señor Popocatépetl, que perpetuamente guarda su corona de nieve.

Habían pasado dos años desde que murió mi mujer, a la cual los cristianos llamaron María Lucía, pues así mudaron nuestro nombre al tiempo en que fuimos bautizados. Y, como es costumbre entre los nuestros, teníase por cierto que, cumplidos dos años, el alma del difunto llegaba a la mitad del camino hacia el Mictlan, lugar de los muertos. Movido de memoria y devoción, emprendí, pues, mi jornada hacia el cerro donde mora nuestra madre antigua, Tonantzin Coatlicue. Y así fue que, con el ánimo cargado de memorias y el cuerpo gastado por los años, desperté antes del canto del gallo, cuando aún estaba oscuro el cielo y soplaba recio el viento del norte entre los maizales secos.

Tomé mi manto de algodón rudo, tejido en otro tiempo por mi difunta esposa, y ceñílo a la espalda. Echéme al hombro un pequeño fardo con tortillas frías y un poco de chile seco, y puse en mi morral algunas flores marchitas que guardaba del altar de muertos, porque no era justo subir con las manos vacías. Salí del pueblo por el sendero viejo que sigue el curso del río y que los antiguos sabían conducía hasta el cerro sagrado. Largo era el camino y crujía la tierra bajo mis sandalias; mas no sentía cansancio, porque mi corazón iba ligero, lleno de propósito.

En los campos ya no cantaban los niños ni resonaban los caracoles como en los tiempos antiguos. Todo era silencio, salvo el soplo del viento y el eco de los cantos con que otrora se honraba a Tonantzin, madre de los dioses. Y a medida que me acercaba al Tepeyacac, iba clareando el cielo y el sol, naciendo tras los volcanes, teñía de oro y sangre las lomas. Entonces vi el cerro, tal como en mi niñez lo recordaba: con cumbre suave como lomo de ciervo y falda cubierta de nopales y magueyes. Mas donde nuestros abuelos ofrecían copal y flores, vi agora cruces y un pobre jacal que los frailes decían capilla.

Apenas llegué a la falda del cerro, sentí que el pecho se me estremecía, no por frío ni por fatiga, sino por un llamado secreto, como si voz sin sonido me aguardase desde lo alto.

Subí, pues, paso a paso, como quien se acerca a lo sagrado.

Mas lo que hallé no fue consuelo.

No fue paz.

Fue presencia.

Fue desgarrón.

El cielo claro se abrió cual piel que se rompe desde dentro; el aire se rasgó, no como tela, sino como si el alma del mundo se quebrase. Por aquella hendidura descendió ella, no andando ni flotando, sino irrumpiendo como idea que devora a quien la concibe.

Y todo cuanto es cayó de rodillas.

El viento cesó; las hojas se petrificaron; el sol retrocedió. No hubo sonido, sino llanto.

Y lloré yo.

No como niño. No como hombre. Lloré como llora la tierra cuando se le abre herida profunda. No brotaron lágrimas, sino ríos; mis entrañas se deshicieron y mi cuerpo se hizo pequeño, mínimo, como si el nacer fuese ya pecado.

No podía alzar la vista. No podía hablar. No podía recordar qué nombre me diera Cuautitlán.

Y entonces ella lo pronunció:

«Cuauhtlatoatzin…»

No Juan Diego.

No el nombre nuevo que me impusieron al mojarme la frente con agua robada.

Dijo mi nombre verdadero y, al decirlo, quedé desnudo ante el universo, como si me arrancaran el alma con la palabra.

Lo pronunció con voz que no era voz, con lenguaje anterior al idioma, resonando no en mis oídos, sino en los huesos y en la médula del corazón. Con autoridad lo dijo, como quien estuvo presente cuando fue pronunciado por vez primera en la casa de mis abuelos, al pie de un fogón que ya no existe.

«…ven.»

Y al oírlo, todo lo que fui se estremeció. Nadie me había llamado así desde el bautizo. Yo mismo lo había olvidado. Mas ella no. Ella lo sabía. Y al decirlo reclamaba no sólo mi cuerpo, sino mi linaje, mi lengua, mi sangre, mi sombra.

Y alcé la vista, y la vi.

Vi un manto que era noche, pero noche viva, que respira y piensa; tejido de estrellas extrañas, de constelaciones imposibles. Vi su rostro, hermoso sí, mas hermoso como lo son las máscaras de los dioses, que velan su verdadero semblante para no herirnos.

Y me habló, no con palabras, sino con mandatos cincelados en mi carne:

«Aquí quiero que me levanten casa.

Aquí, donde antes se cantaba a la que llamaban Tonantzin.

Aquí, donde aún llora el recuerdo de las madres antiguas.

Aquí quiero mi templo.

Para mí.

Para lo que hay detrás de mí.

Para lo que toma mis formas.

Para lo que ha llegado.»

Y al decir templo, vi visiones:

Vi la piedra tallada con manos que no eran humanas.

Vi cruces erigirse sobre las tumbas de nuestras palabras.

Vi mi gente de rodillas, no por fe, sino por hambre, por miedo, por olvido.

Vi su imagen multiplicarse hasta cubrir muros de mercado, escudos de guerra, mantos de los nuevos señores.

Vi la misma mirada en los ojos de frailes y de ídolos antiguos:

mirada que no promete, que consume.

Y lloré.

No por devoción.

Lloré porque ignoraba ya si era diosa, demonio o el rostro mismo del fin de nuestro mundo.

Y supe, allí mismo, que el templo sería alzado.

No por mi voluntad,

sino porque la historia había sido tomada por los cabellos.

Bajé.

No sé cómo.

Ni cuánto tiempo pasó desde que miré lo que no debía mirarse. El cielo había perdido color; la tierra ya no sabía a tierra; el cerro, el Tepeyacac, ya no era cerro, sino otro nacimiento en mundo distinto.

Tropezaban mis pies con piedras que parecían respirar; el aire, espeso como atole sin cocer, pesaba sobre mi espalda. Las aves huían; un perro me miró y, gimiendo, huyó; la gente al borde del camino me observaba, y sus rostros se volvieron sombras.

Mis ojos estaban abiertos, mas veía por dentro.

Y aún lloraba.

No por pena.

No por amor.

Lloraba porque algo en mí se había quebrado, cual vasija que no puede ya contener agua.

Lo que vi en el cerro no debía verlo nadie.

Ni un macehual.

Ni un rey.

Ni un sacerdote.

Visión era esa que no se concede a los vivos, sino a los que están ya por morir.

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Nican mopohua

Una respuesta

  1. Excelente relato
    Del hombre que vivió dos culturas,
    Que peleó dos guerras
    Que fue la piedra angular de la fe a la guadalupana
    Que unio dos mundos
    El aguila que cae estaba destinado a
    Grandes cosas

    Felicidades Diego

    Tu prosa en prolifica , aguda
    Y por demás generosa

    Sigue así

    Que orgullo

    Te abrazo!!

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