Leviatán
Por: Verónica Hernández Carapia
Monstruos que matan al “príncipe azul”
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón
20 de agosto de 2011.
El calor seco y desértico de la ciudad en la que vives y amas nunca te ha molestado, mucho menos en un día como ese. Tampoco eres muy consciente de ello, apenas tenías cinco años cuando sucedió. El sol comenzó a bajar para esa hora, el primer tiempo del partido estaba por terminar, el encuentro empatado; te emocionaba ver a tu equipo jugar: comes palomitas, tu papá te acompaña y todo luce perfecto…
En un momento inesperado, se escuchan detonaciones, una tras otra, una balacera se da en el estadio. No entiendes muy bien lo que pasa, aunque los adultos tampoco, sólo recuerdas que todos se agachan y se esconden después de ver cómo los jugadores de ambos equipos corren a ocultarse también.
Después de unos minutos, sabes que la violencia fue afuera del lugar, todos en el interior están “bien”. No hubo ningún muerto, no lo hubo, al menos esa tarde, durante el enfrentamiento entre un grupo delictivo y la policía.
Aquello no te cambió la vida, es apenas un recuerdo borroso, uno de muchos, la mayoría de los otros más preocupantes, aunque igual de distantes. Son apenas memorias de una vida pasada, de una en la que de forma curiosa e irónica eras más feliz. Nunca te gustó escuchar los balazos en los momentos en que te sentías más tranquilo y alegre, tal como cualquier niño amado se sentiría, pero nunca fue un impedimento para amar esas tres ciudades y dos estados. A pesar de no nacer en la Comarca Lagunera, hoy sigues sintiendo que es tu hogar, una parte de tu corazón siempre pertenecerá a ese lugar, con todo y los malos tragos que ninguna persona tendría por qué vivir. Ni siquiera era un país en guerra, ¿por qué habríamos de sentirnos tan inseguros?
La colonia en la que vivías te parece bastante agradable a pesar de todo. La mayoría de tus recuerdos son de ti deslizándote por una resbaladilla o jugando carritos con tus amigos, son momentos bastantes gratos de recordar. Lo son hasta que viene a tu memoria el minuto exacto en que ves a todos tus amigos levantándose a toda velocidad y salir corriendo hacia sus casas en el instante en que, no muchas calles más allá, se oye otra balacera. Aún sin lograr darte cuenta de las prioridades, intentas recoger tus juguetes mientras miras el cielo que se oscurece y, por primera vez en tu vida, sientes miedo al oír los disparos tan cercanos. Ves a tu mamá salir de casa y correr hacia ti para juntos regresar a toda velocidad al interior y resguardarse, agachados y con la cabeza cubierta.
Antes de que te des cuenta, ese tipo de momentos se vuelven incluso constantes, se convierten en algo rutinario: correr a mediana velocidad y ocultarse entre las escaleras, el lugar menos probable en que recibas una bala proveniente del exterior. Con el tiempo, comienzas a verlo como algo normal, el miedo desaparece, lo hace hasta unas noches después.
Duermes tranquilamente, abrazado a una almohada, cobijado por tus padres minutos atrás. Es una noche tranquila, pasaste toda la tarde jugando y viendo televisión con tus amigos, por fin llegó la hora de descansar. Cuando comienzas a conciliar el sueño, un fuerte golpe rompe el silencio de la oscura velada. Es cercano y te preguntas si fue en tu casa, después de escuchar con atención los gritos y la cercanía de los disparos, te das cuenta de que sucedió con los vecinos, mismos a los que saludabas con alegría cada vez que te los encontrabas. No eres muy consciente para saber que fueron asesinados, pero el ambiente en tu vida se vuelve cada vez más tenso.
Pronto, el niño de cinco años que no se preocupaba por esas cosas vuelve a temblar cada vez que recuerda la posibilidad de que algo malo le pase a él o a sus padres, tal vez incluso a su hermana bebé. Tus padres tratan de tranquilizarte, te explican que son enfrentamientos entre grupos de criminales, que no tienen nada en contra tuya ni de las personas normales. Lo entiendes y crees a medias, sirvió para conciliar el sueño durante los siguientes meses aún con todo lo que escuchabas y veías. Lo irónico fue que años después, siendo mayor, te enteras de que tu familia llegó a estar amenazada, la sola idea te perturba pues te recuerdas a ti mismo correr y gritar de alegría todo el rato sin saber que en cualquier momento las cosas podrían tornarse macabras.
Una noche, escuchas a tus padres hablar, lo hacen en voz baja, se suponía tendrías que estar dormido. Te enteras de que otra señora de la colonia fue asesinada, no por estar bajo amenaza ni por estar involucrada con aquellos grupos, sino que se marchó en la tarde a conseguir su despensa, en el acto de caminar, dos grupos se encontraron y enfrentaron, con ella en el medio. Fue una bala perdida lo que le arrebató la vida. Lo que más te perturba la inocente mente fue la conclusión de tus padres: “Cuando te toca, te toca”, y en cierto modo, tenían razón, no por merecerlo, sino que en una ciudad cada vez más hostil era inevitable no tener miedo de que en cualquier momento tú fueras el siguiente en encontrarse en el fuego cruzado.
Fueron dos años de constante miedo al ver que tu madre se marchaba a la tienda, no muy lejos de allí, llevaba de la mano a tu hermana, quien aprendía a caminar. Cada vez que demoran mucho en regresar imaginabas lo peor. A menudo y con constancia, tocabas la puerta de tus vecinos mientras llorabas, creyendo que tal vez no las volverías a ver. En cualquier otra ciudad, aquello luciría como una exageración, pero en “La Ciudad de los Grandes Esfuerzos”, era el pan de cada día.
El 20 de noviembre de 2013, a raíz de la amenaza de la que en ese entonces desconocías, tu familia decide que es suficiente. Sin mirar atrás, tomas tus cosas, ves cómo tu padre junto a otras personas carga todos los muebles de la familia en un camión de mudanza. Es extraño ver tu querida casa vacía, lloras cuando tus amigos se acercan a despedirse y te desean buena suerte. Lloras más por dejar la ciudad que por lo que lloraste de preocupación a lo largo de esos años.
En 2025, recuerdas eso muy lejano, das un suspiro, no por los malos momentos, curiosamente lo haces por los buenos. Torreón es ahora una ciudad más tranquila, Coahuila se volvió un estado mucho más seguro. Sueñas con regresar, lo harás algún día, lo único que esperas es que no sólo en esa ciudad, sino en todo el mundo, ningún niño tenga que volver a vivir nada de aquello, por ninguna razón, en ninguna circunstancia. Suena como una utopía, tal vez lo sea, pero no dejas de pensar que todos merecen vivir en paz, en donde quieran hacerlo, no en donde te ves obligado a ir.
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