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CRÉDITO: Andrik Maya | Facultad Ciencias Políticas y Sociales

La violencia que anida en tus ojos

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Si te asaltan, no mires los ojos del ladrón

Picture of Ulises Flores Hernández

Ulises Flores Hernández

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

No duraron los ladrones ni dos horas de balazos

Con tamaños pistolones les ganaron los muchachos

Tom Mix, Buck Jones, Bill Boyd, Tim McCoy…

Dos horas de balazos 

Chava Flores 

Encontré los ojos de la violencia al ir por un capuchino. Al tomar asiento, el local infundió el espanto con chocolate caliente y azúcar. El griterío no era una promoción. Todos se congelaron. Algunos con medio rol de canela en la boca.

“Ya se los cargó la chingada. ¡Órale, quédense donde están!”, saludó el primer individuo. De baja estatura, calvo y vestido con ropa deportiva, desenfundó un arma. Se acercó al mostrador.

El cajero, un adolescente con acné, lo atendió. El asaltante no pidió comida, sino el contenido de la caja registradora. La barista, al costado, levantó las manos. La producción de expressos debía esperar.

El asaltante calvo iba con un cómplice. Más bajo que el primero, protegía su identidad con un pasamontañas torcido. Se frotaba con la manga cada cierto tiempo para evitar la comezón de las pelusas. Desde la entrada, comenzó a recorrer las mesas como quien busca algo que, al verlo, reconocerá.

—Usted, señora, deme todo lo que traiga —el enmascarado detuvo su búsqueda. Una navaja de treinta centímetros se posó frente a su víctima.

—Sólo traigo monedas —intentó decir una anciana con un chal.

—No me voy hasta que me diga cuánto trae. ¡Rápido! —el cómplice agitó la navaja. El movimiento hizo que el filo se contrajera en el mango. El arma se volvió un simple peine. 

Advertí que los asaltantes eran el peor intento de Raskolnikov. El sujeto calvo, tras saciar su avaricia, pidió un latte descafeinado con leche deslactosada. La joven barista no tuvo más remedio que atender al “cliente”.

No soy experto en robos. Fracasé en mi juventud. Así que me limité a recordar las palabras de mi padre al graduarme de sexto de primaria: “Si viajas al pasado, procura no alterar nada; si te asaltan, no mires los ojos del ladrón”. Con la esperanza de usar el primer consejo, puse en práctica el segundo.

El asaltante calvo recibe su bebida, se aleja de la barra, inspecciona la cafetería y sorbe su latte. Somos cinco clientes. A excepción mía, son ancianos. Intento pasar desapercibido. Demasiado tarde. Me apunta con el arma y camina hacia mí. De fondo oigo la voz estridente del sujeto con pasamontañas pidiendo más monedas. No codicia lo que está en mis bolsillos.

La boca del arma toca mi frente. La sensación es similar a la presión de una espátula de cocina en mi cabello. A un costado de mis alimentos está mi carpeta de trabajo, motivo por el cual entré a la cafetería. Contiene una libreta con la carátula de Batman.

Mi situación pudo ser una coincidencia. Aunque no creo en eso, sino en la cadena de hechos violentos que se vuelven largas y frágiles. Cuando la mala suerte aparece, rompe la cadena, produciendo una reacción en cadena. La mía se había roto esa mañana, pero comenzó a forjarse hace quince años. En compañía de aquella libreta.

Era la última semana en la Preparatoria 7 “Ezequiel A. Chávez”. Los ánimos en sexto grado se bifurcaban entre la ilusión universitaria y el miedo a repetir el año. La solución: aprobar los exámenes finales. Yo pertenecía a la segunda categoría.

El atardecer dio paso al anochecer. No había clases. Acompañé a mis amigos, Antonomasio y Asdrubal, a jugar videojuegos. Al entrar al local, una epifanía me alcanzó. Era la incipiente idea de una historia. Una idea para guion de cine. Me lo confirmó mi tripa. Si osaba escribirla llegando a casa, perdería el llamado a la aventura.

Haciendo espacio en una mesa que la dueña usaba para vender frituras, saqué de mi mochila mi libreta personal con la carátula de Batman. Acerqué un banquillo. Y me dispuse a escribir. Primero la escaleta. Después la estructura en tres actos. Y unas cuantas páginas en formato de guion. Mis amigos jugaron cerca de tres horas. Pude desarrollar en paz la historia de Miedo al crimen: una oficinista que impide un robo vestida como El Zorro.

Cuando puse punto final, mis amigos terminaron de jugar. Salimos exuberantes de habernos divertido. Yo estaba extasiado por mis dos docenas de hojas escritas a mano. Ambos manteníamos una sonrisa. El frío invernal nos recordó que ya era de noche.

Caminamos al Metro Fray Servando, quince minutos entre calles silenciosas. Mi amigo Antonomasio dijo que aquel ex fraile dominico falleció un 3 de diciembre. El día de mi cumpleaños, pensé. Aunque callados, nadie temía la ruta que habíamos recorrido por más de cuatro años. Sentíamos nostalgia. En menos de una semana no volveríamos a tomar esa ruta. Y si no nos había ocurrido nada en tanto tiempo, menos esa noche.

Para romper el hielo, capté la atención de mis amigos con una suma y resta: en mi mano izquierda contaba las materias aprobadas y, en la otra, las que debía aprobar en examen extraordinario. Como la balanza se inclinaba más a la derecha, la risa de mis amigos se valía de mi desesperación. Mi realidad no admitía espacio para el error. Como ya había repetido cuarto grado, debía pasar todas las materias o reprobaba la preparatoria. Mi futuro era indefinido.

Pasamos de largo un callejón lateral. Con el rabillo del ojo advertí a dos hombres y tres mujeres, ocultos en la oscuridad. Mi mala visión no me permitió ver las figuras. Y seguí riendo, sin advertir que la cadena de violencia estaba comenzando. Pase al comedor, le dijo la araña a la mosca. La cena está servida.

Varias manos me sujetaron. Antonomasio y Asdrubal corrieron con la misma suerte. Nos condujeron al callejón. Una voz susurraba detrás de mi oreja: “Dame el celular, no mires atrás.” Me preocupó dejar mi iPhone 4 en manos extrañas. Supe que no volvería a oír mi música ni leer las notas de mis cuentos. Como negué tener un celular, me sujetaron de la mochila. Ahí reposaba mi cuaderno.  El filo de una navaja surcó mi cuello.

Mis amigos no la pasaban mejor. A Antonomasio las mujeres lo sujetaban del cabello, esculcando sus bolsillos. A Asdrubal el sujeto gordo le exigía la cartera. Como no entregó nada a la primera, lo arrojó contra la pared. La navaja se hundió más en mi carne.

Sobrevivir es aprender a soltar, o el daño será irreparable. Di el señuelo: un reloj descompuesto. El engaño desvió la atención de mi mochila, pero la navaja estaba hambrienta. Reclamó algo más. El ardor en mi cuello aumentó. Pensé en mis ficciones. Yo no iba vestido de El Zorro, ni tenía un alter ego llamado Miedo al Crimen. El Batman de mi libreta solo acudiría a mi auxilio si volvía a escribir en ella. Entregué el celular.

Me soltaron. A mis amigos igual. Estábamos vivos, pero el balance no era alentador: Asdrubal ya no tenía mochila por no dar su cartera. A Antonomasio le arrancaron un trozo de cabello. Los asaltantes se resguardaron en la oscuridad; nosotros, hacia el resplandor de un farol. En el Metro, un policía me enrolló un vendaje en el cuello. La textura blanca dibujó una línea roja. Otro elemento nos ofreció el consuelo de la denuncia. Elegimos llegar a casa.

Ahora, sentado en una cafetería, recordaba que la violencia cotidiana puede normalizarse. La sensación de tener una espátula, presionando mi frente, me lo recordó. 

Yo no soy El Zorro, ni poseo un alter ego capaz de salvar a todos. En aquel asalto solo portaba el personaje de un joven escritor. El sujeto alejó el arma de mi cabeza. Miró de reojo mi libreta. Leyó el título de mi historia. Como si desempeñáramos el papel de nuestras vidas, me dijo algo propio de un villano de James Bond:

—Volveré por ti y me llevaré tus ojos.

Dio una señal a su cómplice. Ambos abandonaron el local y partieron en una moto.

Las culpas, reclamos y llamadas se conglomeraron en la cafetería. No me habían robado nada, más que mi tranquilidad. Y ya había sido advertido de un futuro asalto. Salí del local. Parado en la acera, vino a mi mente un poema de Cesare Pavese; sigo esperando que la muerte venga y tenga mis ojos. Quizá suceda cuando termine de escribir esa historia que anida en mi libreta. 

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