En ausencia de…
Por Alexis Boleaga
¿Qué vida puede vivirse así?
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Desabrida, descolorida, extinta. Tendida boca arriba en el cajón, tan indecoroso color moho. Carbonizada por el sol que se ha fatigado de verla y con un algo que alguna vez fueron llamadas manos que ciñen el crucifijo de artificio argentado que nos exigió sobre su pecho. En sepultura descompuesta, de larvas infecundas y con llagas de estrujamiento contra el pestilente y desvencijado féretro. Tejido, más muerto no puede: ha muerto como ella para no curarse jamás.
Sus mejillas enjutas son ahora puro hedor. Olor a tragedia que inquieta a las ratas, cuyo repiqueteo se escucha constante en la tierra, abriéndose paso entre los hervideros de gusanos y con los hocicos repletos de pellejo, residuos de tripas y mejillas zampadas hasta la náusea. Ya vomitan empalagadas, ya han terminado de engullir a los muertos, ahora vienen por ella. Han empezado a comer la córnea que me miraba y que se alzaba con orgullo como el único espacio donde la muerte aún no empañaba. De poco en poco se destiñó, se le borró la mirada y vio más que una rata comiendo el surco de unos ojos condenados a convertirla en cadáver.
Yo sé cómo brillaban esos ojos aferrados a la vida. Los miraba con la sutileza necesaria para jamás olvidarlos; fue como si mi madre hubiera regresado. Sabía que faltaba poco para que su corazón tembloroso cesará su andar. Sujetaba sus manos esqueléticas, de huesos salidos y nudillos de sobresalto, y las acariciaba como nunca. Y sólo entonces, cuando un apretón deformó mi mano, llegó —por fin— la muerte que tanto deseé.
Desde entonces, traigo el congojo aguantado de días, la fatiga que se ha dejado caer sobre mí, y lloro como se lloran a los muertos. Traigo apetito de consuelo maternal que se anda sin remedio.
He repasado ese día una y mil veces. No era uno normal. Las plantas de mis pies apenas tocaban el roce entre la sombra y mi cuerpo: se perseguían sin alcanzarse, mientras el murmullo de las sedas daba forma al alba en la ciudad de los palacios. Algo iba a pasar. Lo sentía.
Cuando se pierde la calma y el sol asoma; cuando los pájaros cesan el canto y la gente las calles toma. Vestía lo que desde hace unos años me gustaba llamar “ropas fragantes”: calzada de raso, botas de insulto al buen gusto, hebillas de vaquero, sombreado en los ojos y una camisa vulgar para ojos ajenos. Pero ese día no se trataba de la fragancia. Ese día, llevaba la horquilla. Una horquilla de danzas ámbar y caoba, casi miel oscura, salpicada con manchas de marrón rojizo y la sensación de naranja quemado. Era el contraste perfecto con el desastre de mis crespos templados. Crespos cobrizos de intensidad volcánica.
Por fin mis rizos habían rebasado los hombros y podría sujetarlos. No fue más de un instante cuando se torció mi paso, el aire me sostuvo apenas medio segundo y la horquilla cayó. Mi madre —desde que la conozco— me había repetido que apenas se me cae algo al suelo, tengo que levantarlo de inmediato, sea lo que sea. Porque si no lo hago, ocurriría una desgracia. No a mí, sino a alguien a quien amo. Y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído.
Llegué a casa con ánimos de olvidarla. Las cosas están tal y como las dejó. Volví a tropezar, esta vez con las cosas que me miraban con sus ojos. Los animales de peluche, los angelitos de plástico, los pastorcitos de cerámica. La mesa pulida con el San José que tejía en silencio: cruzando el hilo despacio uno a uno, como si en ello contara los días que faltaban para su deceso. El jarrón con begonias y jazmines, las dos muertas. Y la ventana donde se sentaba para mirar a las palomas romper el aire y emprender vuelo por el alto cielo, ahí empezó todo.
Empezó a conversar, como si estuviera en la iglesia. Recitaba susurros de templo dirigidos a mí. Al verme entrar bajaba la cabeza, como si temiera que lo notara. Pero lo hice. Desde ese día, mi presencia fue una falta. Sus ojos ya no podían verme sin escarbarme con su podredumbre. Me miraban, pero no para reconocerme: me miraban como quien ha visto a la muerte. Se reía de mi desvarío inventado.
Dijo que algo vivía en mí. Que no sabía cómo había llegado, pero que estaba ahí. Que si hacía falta, me sacaría los ojos con sus largas y desgastadas uñas para que el mundo pudiera ver el fango que llevaban dentro. “Entre la córnea y el iris”, dijo, “está escondido el mal”. “Desgracia, penuria, desdicha”. Y rezaba. Rezaba, mirándome fijo, sin parpadear. Con ojos que parecían evaporarse. Yo, al fin, bajé la mirada y, para cuando la alcé, tenía el cuerpo de una mujer que ya no debía estar viva, piel ajada y cansada. Con un rastro de boca que ahora era una grieta en desuso, una línea desértica y torcida por donde escapaba aliento a fatalidad. Salí corriendo de casa. Cuando se pierde la calma y el sol asoma; cuando los pájaros cesan el canto y la gente las calles toma.
Sigo sin saber si no levantarla fue un error o una salvación. La condené a la horca, aunque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma. Ahora estoy lejos del perdón infinito del misericordioso. Lejos de su divina providencia. Con el congojo aguantado de días y la fatiga que se ha dejado caer sobre mí. Habían sido los Hilos con que tejía. Hostias de los días de rezo. Hojas que hacían compañía en su florero y Harapos con los que vestía en sus últimos días. Ese día, que he repasado hasta el cansancio, decidí no correr a levantar la horquilla y condené a mi madre a la muerte.
Ese día maté a mi madre. Pero, la duda me mató a mí.
Por la noche volvió a llover. Se oyó el borbotar del agua en el prado verde. Cuando tomé conciencia sólo escuché una llovizna callada con gotas que resbalaban en hilos gruesos como de lágrimas y que salpicaba gota por gota en mi caja. Fui capaz de ver el surco profundo que hicieron para la sepultura. Escuché palabras; abundan palabras. La disposición de mis oídos se limitó a escuchar: “El perdón de los pecados y la resurrección de la carne. Amén.” Un grito desesperado de salvación, de darme un cachito en el alto cielo.
Aquí descansa Herlinda: “En el cielo, como en la tierra, siempre madre”. Su recuerdo vivirá por siempre en nuestros corazones. Y debajo decía: “Querida hija: El tiempo nos la prestó por un instante; el amor la conserva para siempre”. Cuando debía de decir: “Muerta de tedio. Muerta de preguntas y muerta de duda.”
Ahora la tierra ríe de mí, ríe de que ahora yo ocupo este lugar junto a ella. Las ratas han oído el rumor, rumor de mí. Ya huele a tragedia y ya vienen por mí. Escuché sus dientes devorando y escupiendo la tierra para hacerse paso y empezar a comer de mí. Ya me siento ausente de mí: desabrida, descolorida, extinta.
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