Entre velos y máscaras
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Facultad de Derecho
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Una mañana, mientras doña Leo limpiaba la habitación 201 del Hotel, Jesús, encargado de limpiar las áreas públicas, pasó por ahí y vio en la bolsa de reciclaje una botella de vino casi llena, decidió llevársela. Conforme pasó el día, Jesús comenzó a sentir un fuerte deseo de tomarse el vino, algo realmente lo atraía. “¿Por qué no puedo dejar de pensar en esa botella?”, se dijo a sí mismo. Dulce, su compañera de trabajo, no lo dejó tomarse el vino y consumar aquel amor, por lo que se vio obligada a tirar el contenido y a dejar la botella en el área de reciclaje del hotel.
Jesús sintió una mezcla de emociones: “Mi corazón se hace pequeño con cada paso que doy para alejarme de mi preciada botella”, pensó, mientras intentaba no llorar, no podía evitar mirar a Dulce con enojo.
Pasó el tiempo pero Jesús nunca superó aquella botella, el recuerdo recurrente lo orilló a buscar beber de otras botellas, para olvidarla; sus relaciones personales se vieron afectadas cada vez más, a pesar de ello, mantuvo un buen trabajo que le daba para beber con la frecuencia que su atormentada alma le demandaba.
Un día Dulce se encontró con Jesús, le contó que nunca tiró la botella y que aún la tenía, eso lo hizo enfurecer y exclamó:
—¡Dulce, voy a recuperar mi botella, sin importar lo que pase!
Dulce intentó evitar que él la encontrara, y en una exhaustiva lucha, la botella apareció ante ellos, emitió una luz muy fuerte y se escuchó una voz femenina:
—Dejen de pelear por tonterías —la botella comenzó a levitar, les estaba hablando—. No arruinen su amistad y sus vidas por mí, solo soy una botella. Les pido que recapaciten y hagan las paces.
Ambos, aún en el suelo, se miraron, se quedaron pensativos por unos momentos y entendieron que tenía razón, así que se disculparon. La botella les pidió que no se olvidaran de las cosas importantes de la vida, la botella explotó en el aire cubriendo el lugar con una luz cálida.
“Di no a los vicios, evita la adicción.”
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