En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Foto: TikTok. @‌ln_paty

Jamás seré presidente

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Si pensamos que no podemos hacer nada, nunca cambiará la dinámica del poder

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Ángel Venegas Fabián

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“Pasen al frente y díganle al salón qué es lo que quieren ser cuando sean grandes”, dijo mi profesor en el primer día de clases de secundaria. Uno a uno iban mis compañeros pasando: “doctor”, “futbolista”, “maestro”, dijeron ellos. Eventualmente llegó mi turno y anuncié algo que no pensé que fuera tan escandaloso: “¡Quiero ser presidente!”. A continuación, risas y más risas: “¿Cómo crees?” ,“¿neta quieres ser eso?”, “hasta piensas que lo serás”.  En un inicio no entendí por qué se reían de mí, era un sueño igual de válido que el de ellos, aunque la verdad es que era demasiado ingenuo y no comprendía la realidad del país, creía que iba a una escuela secundaria normal, pero mis compañeros sabían que en la periferia las oportunidades de salir adelante son pocas, el crimen es alto y la pobreza es extrema. 

Suponía que tenía una vida como en las series de Disney, en las que te conviertes en lo que anhelas. Mis compañeros, por su lado, sabían que pasarían el resto de sus vidas de forma miserable, trabajando en condiciones inhumanas y siendo pagados con miserias; a menos, claro, que se unieran al crimen organizado y pusieran su vida en riesgo a cambio de más dinero del que verían toda su vida si trabajaban de forma honesta.

Estos recuerdos me permiten reflexionar sobre lo violento que es el país y la sangre que deja a su paso el crimen. Y aún más en específico, pienso en la baja estima en la que se tiene a la población, lo oprimida y desorganizada que está, y lo fácil que es que se vea como algo “normal” el vivir de esta forma. Cualquier idea o intención de arreglar las cosas es un sueño guajiro e imposible de cumplir, y que en algún momento debemos de soltar para enfocarnos en la pobreza en la que vivimos y ponernos a trabajar para ser “útiles” y no perder dinero. Porque, a fin de cuentas, se debe de comer, y ninguna revolución traerá el pan a la mesa. Así es cómo se le ha enseñado al proletariado a pensar su porvenir.

Residimos en un México en el que las periferias cargan con el estigma de la pobreza, no solo económica, sino también en cuanto a mentalidad. Se les trata como seres infrahumanos, que no tienen el derecho a cosas lindas como parques o infraestructura. Incluso los trabajos de calidad son reservados para las zonas céntricas y se cree que no vale la pena darnos nada porque lo malgastamos o lo maltratamos. El clasismo y el racismo no son nuevos en México, somos en extremo racistas con nuestra propia población; un ejemplo práctico son las telenovelas, donde casi siempre los protagonistas son un hombre y una mujer blancos, de clase media alta, y en dado caso de que no sea así, tanto la pobreza como la riqueza son romantizadas de formas que sólo fortalecen el discurso discriminatorio. 

La pobreza es tratada como originaria de gente “noble” y “humilde”, pero “ingenua” o sin educación, lo que sirve para mostrarles un enorme desprecio, se habla de cómo a pesar de sus horribles condiciones de vida son personas felices que “no buscan mucho”, como si el tener un día de descanso y viajar horas de ida y de vuelta para llegar a tú trabajo fuera a lo que debemos de aspirar, se vende la idea de que no debemos querer algo más. Por el otro lado, a la clase alta, la gente rica, se le presenta de forma que su vida se pone como meta, el objetivo a alcanzar, como el fin último de la existencia del mexicano: trabajar todos los días para conseguir dinero y vivir como ellos. Si, en algún caso, se presenta alguna crítica a esta clase en las telenovelas, suelen ser superficiales, del tipo: “el dinero no te da la felicidad.”

Se refuerza constantemente el rol que nos tocó en la sociedad por medio de productos de entretenimiento que las personas consumen día a día y que generan presión social. Los estereotipos se convierten en parte integral de la cultura mexicana y también los vemos en las políticas públicas, en las acciones gubernamentales, en el control religioso, en los empresarios y sus discursos, y todo sirve para reforzar una narrativa donde, bajita la mano, se oprime a un sector de la población y se le mantiene en la miseria. Además, nosotros mismos acrecentamos esta dinámica al ser inculcados en que no merecemos más, que nuestro estilo de vida no cambiará y que debemos aceptar que la realidad es horrible y que quien tiene el poder nos tratará peor que basura.
México es un país en el que millones de personas son agredidas por múltiples razones, quienes nos violentan nos enseñan que eso es lo correcto, y que si luchamos por una mejor vida, se nos agrede verbal y físicamente: véase el caso de las marchas de la comunidad LGBTTIQ+ y de las colectivas feministas, reciben insultos y agresiones de las personas que más deberían estar ayudándoles.

Los problemas de México no surgen solo del narcotráfico, ya que una vez resuelto eso, no sanaremos como nación. Hay que entender que el mexicano común es maltratado por un gobierno y un sistema que busca que siga en la miseria y no salgan de ahí, el crimen organizado simplemente es una expresión más de la misma estrategia de represión que se ha tenido desde el nacimiento del país. 

Hoy en día es más importante que nunca comprender esta dinámica de poder para generar un cambio real, entender que debemos unirnos como comunidad y que juntos se pueden cambiar las cosas: desde lo más “pequeño” como limpiar las calles, los parques o hacer festejos en comunidad, hasta cuestiones mayores como apoyar las manifestaciones o unirse a ellas para exigirle a quienes nos gobiernan que hagan las cosas bien y por nosotros. Si pensamos que nada cambiará, que los grandes poderes nos detendrán sin dejarnos avanzar, y que no podremos hacer nada, que esta es la vida que merecemos, en efecto, nadie de nosotros jamás será presidente. ¡Yo jamás seré presidente!

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