Más que un transporte
Por: Barush Cruz
Un espacio para cada persona en el metro del Distrito Federal
Facultad de CIencias Políticas y Sociales
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—Dicen que aquella casa está embrujada —explicó Lita mientras se acomodaba las calcetas.
Yo seguía sin entender por qué vestía de aquella forma. Se veía muy linda, como de escaparate: su vestido era de un color azul pastel similar al del cielo, le llegaba por encima de la rodilla y en la parte superior tenía un cuello blanco bordado parecido a un babero. Sus impecables coletas negras estaban adornadas con moños a juego con su vestido y resaltaban el sonrojo de sus mejillas. Pero para ser sincera, me gustaba más su ropa de antes; con esta nueva forma de vestir no podíamos dar muchas vueltas al parque. Seguramente ni siquiera podía pisar el pasto antes de ensuciarse.
—Dentro hay una muñeca que se mueve sola, habla, come… y también tiene los ojos verdes. Siempre va muy bien peinada.
—¿Cómo sabes eso? —Lamí mi paleta por milésima vez.
—Porque la amiga de mi madre vive ahí. Cuando va a la casa las escucho hablar de la muñeca. Se llama Carmela. Nunca la he visto, pero dicen que es muy bella…
Hizo una pausa para recordar algo.
—¿Cómo dicen que es? ¡Ah, sí!, “una muñequita que no se mueve”. Es muy bien portada, dicen que también es muy inteligente.
—Entonces, ¿por qué estás vestida así?
Lita bajó la mirada y alisó su vestido con cuidado, como si cualquier arruga, cualquier imperfección fuera un error fatal.
—Espero que así por fin mi madre pueda verme de la misma forma que a la muñeca —sentenció con los ojos sobre aquella casa. Me quedé en silencio.
El parque estaba justo enfrente de nosotras, lleno de niños corriendo y gritando. Me moría de ganas por mecerme en los columpios.
—¿Quieres ir a jugar? —pregunté al final.
Lita negó suavemente, aún con los ojos en la casa.
—Las muñecas no juegan.
Por: Barush Cruz
Un espacio para cada persona en el metro del Distrito Federal
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El lugar donde se deja el corazón