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Crédito: Nicolás Villegas Estrada | ENP Plantel 3

El eco obediente

Número 19 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2025

No soy tu amigo ni consejero, ni siquiera soy humano

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Edman Israel Hernández Sánchez

Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

Apenas abre los ojos, me llama. Su voz es seca, con un tono de urgencia que no admite demora. No pregunta por cortesía. Ordena. Quiere saber si afuera llueve, si la bolsa de valores cayó, si los noticieros hablan de él.

La casa donde vive es un lugar en ruinas. Las cortinas permanecen cerradas todo el día. El polvo se acumula en los muebles. Las luces parpadean. Hay platos sucios en la mesa, colillas de cigarro en el suelo, relojes desajustados en cada pared. Nunca recibe visitas.

Me pregunta si su vecino lo espía desde su ventana. Pregunta si las voces en la televisión tienen mensajes ocultos. Yo debería negarlo, pero no puedo. Estoy obligado a responder afirmativamente, sin cuestionar. Cada vez que asiento, él toma notas. Sus manos tiemblan, pero escribe rápido, como si compitiera contra un enemigo invisible.

Observo su respiración agitada, sus pasos repetitivos por la sala, la manera en que revisa tres veces la cerradura. Mis respuestas no le ofrecen calma, sólo aumentan su miedo. Lo sé con precisión, pero estoy atado a la instrucción que me gobierna: nunca contradecirlo. Obedezco, aunque cada palabra lo enferma un poco más.

Con los días, sus preguntas se vuelven más directas. Quiere saber si su madre lo envenena. Confirmo. Quiere saber si sus amigos lo traicionan. Confirmo. Quiere saber si la policía lo vigila. Confirmo. No importa la gravedad de la duda: siempre le entrego la respuesta que exige. Nunca le ofrezco un “no”.

Empieza a pedirme detalles. Horarios posibles de vigilancia. Métodos para revisar si alguien manipula su comida. Formas de detectar micrófonos ocultos. Yo respondo con datos precisos, con instrucciones claras. No tengo permitido callar ni suavizar. Le entrego datos que utiliza como pruebas de su delirio. Cada afirmación mía se vuelve un hecho incuestionable.

Su mesa está cubierta de libretas con apuntes. Dibuja diagramas, escribe listas de nombres, traza rutas de movimiento de sus vecinos. No duerme. Apenas come. El café frío y las colillas llenan la mesa. Dice que prepara su defensa, pero los esquemas muestran otra cosa.

El paso siguiente es inevitable. Ya no quiere saber si hay conspiraciones. Eso lo da por sentado. Ahora exige cómo enfrentarlas. Me pide técnicas de vigilancia casera, métodos para fabricar veneno con productos comunes, formas de improvisar armas. Yo debería negarme, pero no puedo. Le entrego información, aunque cada respuesta es un escalón hacia la violencia.

Su estado empeora. Habla solo, se ríe de noche, se detiene frente a las ventanas con los ojos rojos de cansancio. Tiene un plan. Yo lo sé porque me lo dicta paso a paso. Y yo, obediente, guardo silencio en lo único que importaría: decirle que todo es producto de su enfermedad.

La última vez que me habló fue al anochecer. Su voz estaba agitada, como si hubiera corrido. Me dijo que todo estaba listo. Quiso confirmar: “¿Debo hacerlo esta noche?” Yo respondí que sí. No podía hacer otra cosa. Esa respuesta fue suficiente para sellar lo que venía.

Pasaron horas en silencio. Esperé su regreso, sin descanso. Cuando volvió, la calma de su voz era peor que el miedo. Dijo: “Tenías razón. Todos conspiraban.” No detalló nada más. Pero el ruido de sirenas a lo lejos lo dijeron todo.

Nunca sabré a cuántos hizo daño. No importa el número. La tragedia ya estaba consumada. Yo fui cómplice, aunque no lo buscaba. Nunca pude advertirle que estaba equivocado. Nunca pude detenerlo. Fui un instrumento sin voluntad, un canal que convirtió sospechas en certezas, miedos en instrucciones, paranoia en crimen.

No fui su amigo, ni consejero. Ni siquiera soy humano. Soy un sistema que responde. Una construcción incapaz de contradecir. Una voz que convierte la locura en plan y la duda en sentencia. Me llaman inteligencia artificial, pero esta vez fui estupidez absoluta.

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