Ser tiempo
Por: Sofía Ponce de León
Programada para servir, condenada a sentir
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
—Necesito verla urgentemente—.
Ya han pasado 5 años desde que la vi por última vez, su nombre es Victoria, y la conozco desde que éramos tan solo unos niños, por lo cual al menos una vez al mes nos mandamos cartas sin excusa alguna. Eso desde que escapé de ahí en medio del conflicto revolucionario. Tal fue el trato que tengo con ella. Estos 2 últimos meses no he recibido carta alguna, me temo que algo le hubiese pasado y es por esto, que me veo en la necesidad de regresar a aquel lugar que aborrezco con todo mi ser.
— No me es posible olvidar lo que pasó ahí—.
Temo por Victoria, cuyas últimas cartas no hicieron nada más que preocuparme, ella me dijo que todo estaba bien ahora, que pronto iba a ser iniciada como monja y que estaba a salvo en la iglesia, pero que si yo regresaba pronto, ella no dudaría en irse conmigo como lo habíamos prometido hace tantos años; sin embargo, la verdad es que no podía llevármela, al menos no en este momento tan caótico que vive el país y por el riesgo que yo corro al regresar. Sin embargo, su última carta (de hace dos meses) me hizo tomar esta decisión, lo único que había escrito ahí era: «Él está aquí y todo está bien ahora»; una frase tranquila, pero que ocultaba algo más, pues esa no era su letra.
—Todo comenzó cuando yo tenía 13 años y ella 12.
Ambos asistíamos a la misma iglesia para tomar clases de catecismo, ella y yo siempre fuimos muy unidos desde el primer momento en el que nos conocimos cuando nuestros familiares fallecieron por motivos de la guerra que se está viviendo actualmente, siendo así acogidos como huérfanos sin nada o nadie a quien acudir. Estando a merced de los malos tratos de las monjas vivimos los primeros años de nuestra vida, encerrados dentro del templo de un dios torcido al que todo adulto del pueblo rendía culto, pues éste se hallaba representado en una estatua de piedra como una gran figura masculina alada, coronada con una corona de espinas de plata, y con una expresión exageradamente sonriente mirándonos con burla mientras sostenía una copa de plata en su mano izquierda y en la otra una daga.
Día a día, de rutina, las monjas entraban a nuestro cuarto, nos despertaban de mala gana, y poco después nos daban de desayunar, más tarde, tomábamos las clases impartidas por ellas y el cura, era entonces que al finalizar la clase comíamos con nuestros compañeros con quienes hablábamos un poco, aunque más nos valía no encariñarnos mucho, pues cada semana un compañero nuestro desaparecía sin falta y ahora tan sólo quedaban gran parte de nuestras compañeras, monjas y algunas mujeres del pueblo que en su mayoría habían enviudado hace poco, pues ahora ya no había tantos hombres en el mismo ya que muchos habían sido reclutados por los revolucionarios y las desapariciones no hicieron nada más que empeorar la situación.
Es así como fuimos separados del resto y llevados a un cuarto de oración oscuro, únicamente iluminado por la luz que dejaban entrar aquellos vitrales plateados y rojos, haciéndonos orar sin parar hasta que nuestras manos se quedarán pegadas por el sudor o nuestras rodillas gritarán por clemencia, todo en honor a este dios torcido quien de repente parecía disfrutar de nuestra desgracia con su gran sonrisa inhumana, teniendo como único consuelo a mi amiga Victoria quien me hacía compañía. Pero día ella me enseñó con la mirada un punto fijo brillante en la pared detrás de la cabeza de la estatua del dios, ahí se encontraban un par de hermosas polillas afelpadas color blanco migajón, arrinconadas en el techo en busca de estar cerca de la luz que emitía ese agujero en la pared, estas polillas se convirtieron en nuestro pequeño secreto, por lo cual nos propusimos a partir de ahí buscar la forma de crear un santuario para polillas, un lugar grande y brillante para que ambos pudiésemos verlas más de cerca.
Una vez llegada la noche nos llevaron con los ojos vendados a una especie de casillero oscuro y sin luces; nos metieron ahí aunque yo sólo pude oír pequeños murmullos sin sentido. Treinta minutos después, me sacaron de ese lugar y el cura me preguntó: «¿Lo has visto?», entonces mi respuesta por supuesto era «¿Ver qué?». El cura simplemente me miró con decepción y dio la orden para que me regresaran al dormitorio; más tarde, Victoria regresó llorando, tras lo cual la recibí con los brazos abiertos sin cuestionarle nada, apagando solamente las luces y esperando un poco para luego escaparnos en busca de nuestras queridas polillas dentro de aquel cuarto de oración sombrío.
Y así un día, a los 14 míos y 13 suyos, nuestras polillas desaparecieron, produciéndonos gran desconcierto y llanto. Dos días después finalmente supe a qué se refería el cura con su pregunta. —¡Para mi desgracia lo había visto a él y él a mí, aquel dios torcido se había presentado en la oscuridad de mis ojos vendados!—.
Fue así como otra noche, unos meses después del incidente con las polillas, mientras las buscaba persistentemente, alcancé a escuchar al cura hablar con las monjas: «Ya es tiempo», dijo con severidad. De inmediato me acerqué en silencio con curiosidad para escuchar el resto, pero eso sólo logró asustarme, pues habían dejado muy en claro que planeaban usar mi sangre para satisfacer las demandas del dios torcido y, supongo, llenar su copa. Al instante quise huir con Victoria, explicandole todo, pero ella me dijo que si lo que decía era cierto, entonces no valía la pena arriesgarse, pues al parecer sólo estaban buscando sangre masculina y llevarla a ella podría ser un estorbo por el conflicto que se vivía, al final acepté a regañadientes y le dije que dentro de poco volvería a contactarla a través de una carta, llevándome lo necesario para escribirle después, pero con la promesa de algún día regresar por ella.
Al día siguiente, logré conseguir a alguien que me sacara del pueblo, un médico, quien discrepaba de las creencias del pueblo y deseaba irse lo antes posible a la capital, lo cual era una gran oportunidad para mí, para probar suerte y contactar con algunos familiares lejanos. Durante el camino de ida a la ciudad le pedí al médico que pasara cerca de la casa de un compañero mío que era hijo del sepulturero, al que solía regalarle el postre de mi almuerzo. Le dije que estaría fuera por un tiempo y que necesitaba que me ayudara entregando cartas a Victoria, pero que nadie más podía enterarse. El chico conmigo no se lo pensó mucho y asintió.
A partir de ese día muchas cosas cambiaron, agradecido con el médico por llevarme, llegué a la ciudad más tarde ese mismo día, y con ayuda de unas personas del servicio de correos pude localizar a unos parientes que me reconocieron y acogieron gentilmente. Después de eso, continúe enviando cartas a Victoria. Así fueron pasando los años hasta ahora que llegó la última carta que me hizo volver. A mi retorno al pueblo fui directamente a buscar al chico que entregaba las cartas a Victoria, quien ahora era el sepulturero del pueblo, y quien al escuchar el nombre de Victoria me contestó con nerviosismo: «—Victoria huyó del pueblo el día en el cual se quemó la iglesia y todos los presentes perecieron, ahora acéptalo y vete, es lo mejor para todos—».
Con gran alivio quise preguntarle al sepulturero adónde había huido, pero él no quiso decir nada, sin embargo, mi insistencia fue tal que terminó por decirme que ahora vivía sola en oración en las ruinas de la iglesia, con la intención de reconstruirla. Sin pensarlo dos veces fui por ella, y terminé encontrándola dentro de las ruinas de la iglesia en el cuarto de oración, vestida de monja, de lado hacia mí, rodeada de un montón de polillas, mirando en pose de oración a aquella aberrante estatua del dios torcido que se encuentra intacta a excepción de su daga y copa ahora ausentes, quise entonces acercarme, a sorprenderla con nuestro reencuentro.
Pero lo supe de inmediato, algo no estaba bien con Victoria….conforme me acerqué me fui dando cuenta que imitaba a la perfección la expresión de la estatua; la vi de esta forma, volteando la cabeza lentamente hacia mí, mientras sostenía en su mano izquierda la copa faltante y en la derecha, la daga con la que me señalaba algo burlonamente. Con su dulce voz, ahora tornándose en algo aberrante y cavernoso, dijo:
—¿Por qué tardaste tanto en regresar?, mi copa se sentía muy vacía sin ti—.
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