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La Hinchada / Wikipedia

El Aguante

Número 18 / JULIO - SEPTIEMBRE 2025

El hincha, el de verdad, apoya a su equipo sin importar glorias o derrotas

Picture of Javier Duarte Arcos

Javier Duarte Arcos

Facultad de Filosofía y Letras

“Esta es la banda que te sigue a todos lados,
la que en momentos malos nunca te ha dejado,
la que por ti, viaja por el mundo entero…”

Mi historia entre tus dedos – Canto de “La Rebel”

 

Desde hace algunos años, en el debate del fútbol, ese que se da en canales deportivos y sobre todo en redes sociales, se viene gestando una obsesión por medir la grandeza de los clubes. Que si ésta se mide por la cantidad de títulos, que si es la tradición popular la que la sostiene, que si son los jugadores legendarios que el club ha dado; en fin, un debate absurdo en el que el hincha, terco y decidido a defender sus colores, se enoja y malabarea por sostener, con base en opiniones y uno que otro dato, la grandeza de su equipo. Una discusión sin fin, completamente subjetiva, y en la que cada participante se empecina por sostener su idea.

En medio de esta lidia entre hinchas, una cualidad resalta entre las otras, bastante mencionada cuando de la grandeza de un club se trata: su afición. Y es que buena parte de los seguidores coincide en que la afición también hace al equipo. Esa, la afición que religiosamente va a donde el equipo llegue, juegue en casa o vaya de visita, es la que sostiene el mito del equipo, la que lo dota de buena parte de su grandeza –sin ser lo único–, la que hace de un juego absurdo, un completo sinsentido, algo importante como para entregarse totalmente, por mero gusto, al aliento de los 11 sujetos en turno que defienden su escudo en el campo.

Y si la afición toma relevancia en el discurso de la grandeza, no es en balde. Las formas y compostura de ésta importan, bastante, pues hasta en el mundillo del hincha existen códigos. Si algo valioso puede tener una barra es su lealtad, su respaldo, su aliento y su canto, aún cuando el equipo esté en un bache, aunque esté siendo goleado o en el borde de la desaparición. “Aguante” le llaman los argentinos. El respeto que impone una barra frente a otras, se lo gana con esa característica. Una barra sin “aguante” es una barra sin fuerza, sin identidad, no tiene alma, convierte al equipo en un mito sin sustento. El extremo contrario del “aguante” es la desgana, el desinterés, el silencio, “Fríos” literalmente les dicen, un calificativo que causa vergüenza hasta para el club mismo.

Y es que, en la tribuna como en el turbulento camino de la vida, ¿existe algo más lindo que el “aguante”? ¿Hay acaso algo más bello y hasta poético que ese sentimiento de seguir a alguien, de acompañar a un familiar, a un amigo, de alentar a tu club, de ir detrás de una pareja aún en la adversidad, en la desventaja y los problemas? 

El hincha, buena parte de las veces, elige al equipo ignorando el placer o el tormento que le generará en el largo plazo, en eso se parecen el hincha y el amante. Irle a un equipo, o “ser” de un equipo, en su sentimiento más profundo, no es siempre una decisión consciente: es un cariño que se hereda por tradición familiar, por costumbre, te encariñaste con él porque es el equipo de tu ciudad, o simplemente, con la lógica de un niño, te gustaron sus colores. No hay razón consciente, es la química, la identificación, el sentir. 

Pero tampoco nos engañemos, los caminos de los hinchas no son iguales. Unos están sentenciados a la paciencia, al “gusto” de sobrevivir un año más en la primera división, de ganar el clásico local contra otro “sotanero” porque con lo que hay, es para lo que alcanza y, aún abajo, ese equipo da alegrías. Otros se sostienen del pasado, recordando las hazañas que fueron tan grandes que hacen que el amor por el club siga vigente, porque en el hincha no existe el olvido, ni de lo memorable ni de lo trágico. Hay hinchas que les toca mirar desfilar a su equipo de derrota en derrota, ir directito camino del descenso. En cambio otros, los bendecidos, que son buena parte porque a buen árbol se arriman los cómodos, están completamente acostumbrados a la victoria, a los títulos, no conocen viento que no sea una caricia, y si lo conocieron, se les ha olvidado de victoria en victoria. Pero bien dicen que mar en calma no crea buenos marineros, y a pesar de ser estos unos clubes poderosos, en lo deportivo y lo económico, que es básicamente lo mismo, cuentan una afición endeble, accesoria, hasta turística en algunos casos, desabrida. Son hasta incapaces de demostrar “aguante” en medio de su bonanza, pues, ¿a poco no es fácil estar presente, cuando todo marcha bien, a poco no es sencillo amar en lo próspero? Y, por decirlo de una forma, eso le envidia el poderoso a las demás especies de hinchas, al común, al que la vida le sonríe a ratos, a ratitos o incluso nunca. Y más le vale al poderoso rogar por estar siempre arriba, pues uno nunca sabe cuál será su suerte, mucho menos su relación con su afición cuando algo, lo más mínimo, no empiece a salir como era esperado.

Para sorpresa de nadie, en los medios no aparece todo, cuando aparece alguna noticia de la barra, regularmente es para estigmatizar. Los que eligen el camino del aficionado, deciden una vida que no es sencilla, pero seguirán porque su amor por el club no está en duda. Y así, el que decide quedarse, elige la incomodidad del trayecto hacia una cancha visitante, soportará las intimidaciones de la mayoría local, sus insultos, las burlas, su odio bestial y absurdo, toda clase de golpes que ese destino le ofrezca. Pero por hostil y hosco que sea, el hincha, el de verdad, se regocijará en su lealtad, en su entrega por el equipo, porque vive orgulloso de eso, aunque éste le pague poco o a veces nada. El hincha desafortunado, el del camino difícil, sabe que cambiar de equipo sería de lo más sencillo, pero también la peor de las deshonras. Su lealtad, su compromiso, su convicción están intactos, abandonar para él no es una opción; él sí vive de amor, porque es enorme, dentro de él toda tormenta será llevadera. Sostendrá su aliento y su “aguante” en la ilusión, porque con su cariño le basta, mantendrá la esperanza y su fe en que al menos una vez le sea concedido su deseo: que llegue el refuerzo, que brote la magia, que caiga el gol, que se dé el título, aún cuando ese anhelo parezca lejano… ¿No había dicho ya que todo esto era un sinsentido? 

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