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CRÉDITO: Marifer Lima / ENP Plantel 9

El afternoon

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

Reflexiones para lxs estudiantes que quedamos en la tarde

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Demetrio Sánchez Delgado

Escuela Nacional Preparatoria Plantel 9

Hay algo que duele aunque nadie lo diga en voz alta: cuando te avisan que estudiarás en la tarde. Un pellizco chiquito, casi vergonzoso, como si de pronto te pusieran una etiqueta que nunca pediste de “no alcanzaste”, “no te tocó”, “no fuiste suficiente para estar en la mañana”. Y lo curioso es que nadie te explica quién decidió que la mañana es un premio y la tarde, un castigo.

En teoría es lo mismo: mismas aulas, mismxs profesores, mismas materias. Pero no se siente igual. La mañana tiene esa aura brillante, casi aspiracional: el turno de lxs que madrugan, lxs responsables, lxs que “sí pueden”. Y la tarde… la tarde se ve como el sobrante, como ese hueco donde te acomodan porque ya no cabías en el horario de arriba.

Y una parte de ti intenta no creerlo, intenta decirte que es una tontería, que un horario no define el valor de nadie. Pero aun así, algo se sigue moviendo por dentro. Algo se desordena. Y pesa más de lo que debería.

Quizá por eso hay tantas personas que al pasar a la tarde se sienten desairadas, como si les hubieran cerrado en la cara la puerta de un lugar al que querían pertenecer. Aunque nadie lo admita, parece que existe esta jerarquía silenciosa que ordena el día en ganadores y segundas opciones. Y entonces, uno comienza a preguntarse: ¿de verdad vale tanto levantarse temprano para sentirte “mejor” ? ¿O sólo es una costumbre vieja, una idea que seguimos repitiendo sin pensar? En fin, el punto es que crecemos pensando que “mañana” es sinónimo de mérito y “tarde” de lo que sobró.

Lo cierto es que en la tarde pasan cosas muy interesantes. Hay un ritmo distinto, uno más relajado, como si la escuela respirara con más calma. La gente llega desde rutinas variadas: personas que se acostumbraron a no madrugar, otras que vienen desde zonas más alejadas y que su trayecto simplemente encaja mejor con este horario, o quienes organizan su vida, su trabajo, sus responsabilidades alrededor de la tarde. Y ahí, entre ese ir y venir, también hay comunidad. También hay inteligencia. También hay historias. 

Pero no se dice lo suficiente.

Y lo digo también desde un lugar muy personal. Yo siempre fui de la mañana. Para mí, la tarde era un territorio desconocido, de cuidado, medio opacado, como si ahí se escondiera todo lo que no alcanzó a entrar en ese horario de las 7 de la mañana. Cuando me cambiaron, mi rutina se vino abajo. Sentí que todo se desordenaba. Que había caído en un sitio que no entendía y, siendo honesto, las primeras semanas no sufrí por el horario en sí, sino por mis prejuicios, por el desconocimiento que yo mismo tuve durante años. Hasta que, poco a poco, descubrí que estudiar en la tarde no tenía nada de malo y que, en realidad, había un montón de cosas buenas ahí, tantas que acabé enamorándome de este horario más tranquilo, más respirable, más libre y más para mí.

Y sé que para muchxs esto suena irrelevante, casi insignificante, porque al final la UNAM es la UNAM, ¿no? Pero conozco a varias personas que pasaron por lo mismo, que su ilusión de entrar a esta institución se vio golpeada por este simple detalle hasta que descubrieron, como yo, que la realidad era justo lo contrario. Tal vez este “problema” sólo lo sienten quienes venimos del matutino, quienes crecimos con esa idea de que la mañana era lo cool y lo ideal. Para otrxs no será relatable, y está bien. Pero para nosotrxs, sí dejó una marca.

Yo no quiero seguir creyendo eso. No quiero seguir sintiendo que me mandaron a un segundo plano sólo por un horario. Tampoco quiero que nos traguemos esa narrativa que nos hace pensar que valemos menos porque el sol ya está a la mitad del cielo cuando entramos a clases. Y que el día se nos va ahí.

A lo mejor lo que necesitamos es reapropiarnos de la tarde. Vivirla con orgullo. Dejar de pedir disculpas por no cumplir con la imagen del “estudiante en forma” y buscar el cambio de turno como si fuera el rescate definitivo. Entender que estudiar, pensar, crear y aprender no depende de la hora del día, sino de lo que somos y lo que queremos construir.

Y lo que he aprendido de esto es que no es el turno lo que nos define, sino la manera en que decidimos vivirlo.

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