En ausencia de…
Por Alexis Boleaga
¿Qué vida puede vivirse así?
Facultad de Ciencias
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“Bienaventurados los humildes, porque ellos heredarán la tierra”
Fragmentación
En todo momento de nuestra vida, experimentamos no la totalidad, sino breves fragmentos de lo que realmente acontece. Una ceguera de proporciones cósmicas nos ha sido impuesta, y ella es la causante de todo nuestro sufrimiento. Desde los pequeños accidentes que nos hacen reír, hasta las más grandes catástrofes en la humanidad, que marcan días o períodos enteros de nuestra historia.
Nuestro estado de desgracia no significa, sin embargo, que la vida pueda ser concebida de otro modo. Los sentidos elementales solo procesan lo sujeto a la necesidad de lo inmediato. Que no fuera así, poco sentido tendría en la mayoría de los casos. Empero, hay más parámetros del ser que todos hemos soñado con modificar. Aquellos que se refieren a las competencias estéticas, sociales, físicas e intelectuales. ¿Y si pudiera ser más atractivo y carismático? ¿Más perceptivo y resiliente?
Ojalá pudiera anticipar cuándo la gente me engaña o espera hacerme daño de algún modo… Cuánto desearía no ser tan frágil, porque vaya que lo soy, incluso más allá de mi cuerpo. Somos increíblemente sensibles en todos los niveles que caracterizan a nuestra vida y alma. El carácter pesimista que esta idea trae puede extenderse fuera del individuo. Toda forma de vida está caracterizada por sus limitaciones. Y parte de su diversidad se debe al modo en que cada proceso prioriza confrontar una debilidad en preferencia frente a otra. Atacando un elemento diferente de la hostil naturaleza, propia y del universo.
Jerarquía
La necesidad de suplir esas carencias es la base de toda nuestra experiencia interior y exterior. Interior, al vislumbrar con tristeza en qué fallamos y cómo podríamos ser mejores. Exterior, al observar con frustración e ingenuidad cómo otras expresiones fragmentadas del cosmos aparentan no tener carencias en aquello que nosotros valoramos más.
Si la existencia es el producto de la limitación, la comparación es el hijo de la diversidad. A nadie le abrumaría tanto fracasar, si no existieran personas remarcables que, con un esfuerzo justo y premeditado, fueran capaces de acciones eficaces y extraordinarias. El triunfo de unos, su felicidad y su lucha con terminó en amor y admiración es, desde otro punto de vista, un auténtico infierno. Porque sin importar cuán noble pueda ser una empresa, el viajero requiere confrontar sus limitaciones con las de otros y alzarse victorioso por encima de ajenos deseos.
¿Es casualidad que para muchos la vida se sienta como un tenebroso combate encarnizado? Una infestación de traiciones y artimañas sociales. Una guerra por demostrar quién ha sido menos separado de la unidad existencial. En tal entorno, algunas derrotas pesan más que otras. Resultan personales o destruyen comunidades enteras, incluso culturas y modos de entender la vida. Así surge dentro del ser humano el sentimiento de estar desvalido, el insoportable peso del sufrimiento por asimilar, que está sumido en una carrera sin fin ni objetivo real. Una misión suicida por intentar negar aquello que es innegable. La vida tiene límites, y esos límites la hacen posible.
Desesperación
¿Cuántas de nuestras metas se alinean de verdad con nuestro propósito? Más de una nos ha sido impuesta por la sociedad, por nuestros amigos o por nuestra familia. Por nuestros dolores internos que ruegan ser neutralizados a como dé lugar. Si ahí afuera todo impulso de crecer se ejecuta bajo el margen de imponerse a otros o a uno mismo… ¿Qué deseos resultan auténticos? Si el anhelo recorre un camino desde la desesperada necesidad de obviar nuestro vacío, y se proyecta en el exterior para intentar poseerlo… ¿Cuántas son sus posibilidades de éxito o de ser siquiera satisfechas?
Todos, sin excepción, están imbuidos en la desgracia que supone vivir. Es una verdad que requiere un perdón constante con uno mismo y con el universo. Pero quienes deciden tapar con un dedo sus dolores y buscan ahí afuera algo que los haga olvidarse de ellos, están condenados al sufrimiento eterno. Esta fuerza que se empeña en jugar al juego de la jerarquía, de poseer al otro para su propio placer y de sucumbir al impulso de lucha, es el ego. Uno que, si bien nos provee de herramientas elementales para desenvolvernos en la naturaleza y cuidar de los nuestros, también es la fuente de todo sufrimiento.
El ego es la voz que te insiste una y otra vez que actúes para evitarte el dolor que sientes dentro por no aceptar que eres un ser finito. “No soy lo suficientemente agradable”. “Quiero sentirme bien, cueste lo que cueste”. “No me tengo el respeto que me merezco; he de secuestrarlo de otra persona”.
Retirada
El yo se caracteriza por ser un impulso que nos incita a corromper la belleza de los fenómenos, de los individuos o de la vida. La energía que nos hace creer que las virtudes que notamos necesitan ser poseídas por nosotros para hacernos sentir valiosos. Como si lo bello no fuera bello, precisamente porque es auténtico, sin necesidad de que una fuerza infantil y material la experimente. Es la historia de dejar que la flor permanezca en el campo, en la paz del viento que acaricia sus pétalos. Y comenzar por sacar la basura de tu casa si de verdad quieres embellecer tu hogar con todo aquello que miras en el exterior de este.
No se puede disfrutar de la belleza de la vida si tus carencias internas te controlan hasta el punto de querer desperdigarlas en tu camino en forma de ilusos deseos. Si en lugar de una ansiosa desesperación, una radical aceptación domina nuestras mentes, el ser puede encontrar una forma sana de relacionarse con el infinito que supera su finito conocimiento.
La humildad cósmica supone reconocer todas y cada una de las numerosas limitaciones que posee la vida en relación con las categorías del universo. Ya no como infames y atroces, sino como mecanismos inherentes a lo que existe. No se trata de una falsa positividad que espera recibir un pago a cambio de resignarse a sus debilidades naturales. Por el contrario, de una plena asimilación de nuestra condición desoladora. Cuanto más refinada y diversamente esté comprendida esta idea, más sencillo resultará reconocer el llamado del ego, para perdonarlo y así dejarlo atrás.
Humildad
En tantos niveles somos demasiado insignificantes. La ambición de los seres representa la ignorancia que supone desconocer lo extraño que resulta este hecho. ¿Qué sentido tiene apropiarme de una realidad que ni siquiera comprendo? ¿Una que muere a cada instante y que amenaza con ser desvelada con terror por encima de mí, a la par que mi asimilación de ella crece?
El camino al engrandecimiento es paradójicamente el camino de la humildad. La compasión de uno mismo nos provee de la fuerza para desistir de controlar todo aquello que se escapa con claridad de nuestro poder. Esa sensación de amargura que surge del apego, de aferrarse a llenar el vacío con cualquier placer que pueda cegarnos aún más, es un insulto a la verdadera naturaleza del alma.
Como quien pretende que un niño pequeño se vea inmiscuido en actividades que no le competen. Si con tranquilidad y paciencia educamos al niño para volverlo competente, y le administramos metódicamente una dosis de realidad, eventualmente tendrá la fuerza para enfrentar el mundo de los adultos. Pero fue en primera instancia la compasión a sus debilidades la que nos facilita la idea de educarlo con las herramientas y el proceso adecuado. Con la gentileza que se merece quien está aprendiendo a dar sus primeros pasos en la implacable oscuridad que rodea a las estrellas.
Incluso la más extenuante preparación resultará en un fracaso estrepitoso cuando se enfrente con las verdades más absolutas del universo. Todos los fenómenos observables están condenados a perecer bajo el peso de sus propias limitaciones. Si la compasión sembrada en su espíritu resulta lo suficientemente fuerte, entonces comprenderá que una transformación por la naturaleza ha sido llamada en el presente. Y sabrá saludar a la muerte en lo pequeño o en lo grande, como una querida amiga que lo acerca cada vez más al divino desprendimiento de su ego. Sí, en cambio, una rabiosa necesidad de acoplar la realidad a sus infantiles y egoístas estándares lo domina; entonces el sufrimiento lo engullirá hasta que sea capaz de enfrentarlo con valor. O bien a su olvido le siga un nuevo motivo de desafortunado e incomprendido dolor.
Modernidad
Estos procesos internos han marcado la marcha de la humanidad y todo motivo de su progreso. Con la fuerza de su poder y aceleración, ahora pregona dominar la naturaleza, las relaciones sociales y todo aquello que antes le parecía obra de una fuerza invisible. Se trata de una enorme negación a la verdad fundamental, que somos pequeños y habrá cosas fuera de nuestra influencia.
Muchos de los mecanismos que controlan nuestras vidas están infestados del temor a la muerte. Del ego que lucha por su existir a toda costa, sin importarle dañar a otros o incluso a él mismo. El desapego de esta imperiosa necesidad nos permite vislumbrar las cosas tal y como son. Nos enseña a aprender a retirarnos, a darnos la vuelta y dejar que las cosas sean más allá de nuestro limitado punto de vista.
La velocidad de la vida en el siglo actual no coexiste pacíficamente con este principio. Esta busca alimentar nuestro valioso y precioso vacío transformador. Son las ilusiones, fantasías y placeres inmediatos que nos distraen de fijar verdadera atención en lo que estamos haciendo. Lo que en verdad vivimos en el momento presente. No aquello que alimenta a nuestro ego, sino lo que nos permite observar a piel desnuda, todo lo que se remueve con lágrimas en nuestro interior. Superar esta pasividad supondría inmiscuirse honorablemente en los problemas de la realidad de manera colaborativa y no con un fin personal.
Muerte
Cuando contemplamos nuestro alrededor a sabiendas de que todo morirá eventualmente, una sensación de belleza nostálgica nos inunda. Como si todos ya se hubieran marchado, y estuviéramos mirando hacia el pasado una amarga y preciosa visión de lo que fue. Una muestra de lo irreverente que es la propuesta de la vida en un universo tan exótico. Pero que al menos no se trate de una visión que propague sufrimiento por los deseos insatisfechos de la vida. Que sea mejor la sencillez del fenómeno ocurriendo, cuyo ímpetu, por sutil que sea, baste para apartarnos de nuestra existencia concreta y nos haga desvanecernos en el cosmos.
Busca un punto de vista que te permita explorar el secreto de tu divinidad en la gloriosa y cariñosa muerte. Una contemplación libre y sincera, que se adecue al ritmo de tu respiración y al latir de tu corazón. Si le das una oportunidad a tu desgracia, te garantizo que en esa desnudez habrá espacio para que nazca la gracia.
“No ejercer todo el poder del que se dispone significa soportar el vacío. Esto va en contra de todas las leyes de la naturaleza: solo la gracia puede conseguirlo. La gracia colma, pero solo puede entrar allí donde hay un vacío para recibirla, y ella es quien hace ese vacío”, La Gravedad y la Gracia. Simone Weil.
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