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Annibale Carracci, La carnicería

Comida para las aves

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

El peso de la violencia y una oportunidad de liberación

Picture of Chanty Flores Acosta

Chanty Flores Acosta

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

June acababa de irse de casa de sus padres. Más que por gusto, por supervivencia, más que feliz, estaba furiosa, más que con el corazón, se había ido con las tripas. Antonio era su pareja desde hacía cinco años. Ella tenía quince cuando comenzaron a salir, él veinticinco. Cinco años después June tenía veinte años y era “ama de casa”. Le habría gustado que aquél hogar viejo e inundado de violencia fuera suyo, para correr a Antonio y quedarse sola.

Antonio trabajaba en una fábrica de procesamiento de carne. Quizá observar sangre y muerte todos los días había terminado por hacer que mirara a June como uno de los restos colgados en los refrigeradores industriales, algo de lo que podía aprovecharse y después tirar lo que sobrara.

Peleaban a diario: si la comida tenía demasiada sal, si estaba fría, si June había olvidado descongelar carne, si otra vez le había bajado. Cada menstruación era una sentencia. June aprendió a esconder las manchas en la ropa interior como si ocultara un crimen. Lavaba las sábanas antes de que Antonio llegara del trabajo y tallaba las pequeñas marcas rojizas hasta que le ardían los nudillos. Algunas noches, incluso después de bañarse, seguía sintiendo el olor metálico de la sangre pegado a la piel.

Antonio siempre llevaba carne a la casa. Todos los días era lo mismo: cortar, cocer, congelar restos, dar pedazos a los perros callejeros. La cocina olía permanentemente a grasa hervida. El olor se pegaba en las cortinas, en el cabello de June, debajo de sus uñas cortas y maltratadas. La humedad le llenaba la espalda de ronchas pequeñas y le oxidó los marcos de los lentes. A veces pensaba que toda la casa estaba pudriéndose lentamente.

Un día, mientras tendía ropa bajo el calor húmedo de las inmediaciones del Río de los Remedios, June levantó la vista hacia el cielo. Le dolían los hombros de cargar cubetas mojadas, tenía pequeños moretones amarillos en las piernas y la humedad le pegaba la ropa al cuerpo. Entonces las vio. Aves negras girando lentamente sobre las azoteas. Majestuosas. June rompió un bolillo duro y lanzó pequeños pedazos hacia ellas. Las aves descendieron con movimientos rápidos, torpes y desesperados. 

Antonio subió a la azotea. Era su día de descanso.

–¿Qué pendejadas estás haciendo? ¿Por qué desperdicias comida en esas ratas con alas?

June se limpió las manos en el short.

–Era pan de antier. Ya no íbamos a comerlo. Antonio soltó una risa seca.

–Ah, ¿ahora eres muy lista?

Después volvió a bajar las escaleras refunfuñando. June se quedó observando a las aves. Le gustaba la azotea. Ahí había aire, las aves, el cielo gris. Era el único lugar de la casa que no guardaba humedad. 

Al día siguiente Antonio salió a trabajar, June disfrutaba esas horas de silencio. Mientras lavaba platos sintió un dolor familiar en el vientre, otra vez había menstruado. El miedo le recorrió el cuerpo, Antonio se enfurecía cuando ocurría. June decidió no decirle nada, guardó dinero dentro del sostén y salió a comprar toallas femeninas. No contaba con que Antonio volvería temprano porque estaban dándole mantenimiento a las máquinas del matadero. Cuando abrió la puerta, él ya estaba ahí, sentado en la sala, mirándola. Observó la bolsa de la farmacia.

–¿Qué son esas chingaderas?

June sintió cómo se le secaba la garganta.

–Otra vez no quedaste embarazada –gruñó. 

–Ni siquiera sirves para ser mujer. 

La tomó del cabello y le golpeó el rostro. June no respondió, solo se acomodó el cabello y limpió con la lengua la sangre de su labio roto. A la mañana siguiente el cielo amaneció gris y pesado. June odiaba la lluvia, hacía que el río se desbordara dejando cadáveres de animales, moscas y olor a podredumbre. Antonio regresó del trabajo cargando una bolsa llena de vísceras: úteros de res, pedazos irreconocibles, masa sanguinolenta envuelta en plástico.

–Mira, mi amor –dijo mientras sacaba uno de los órganos. 

–Un compañero me dijo que esto es buenísimo para la fertilidad, más si te lo comes crudo. June retrocedió hasta chocar contra la pared.

–¡Trágatelo, June! ¿Qué no entiendes que tienes que darme un hijo? Sintió que algo se quebró dentro de ella.

–¡No quiero, Antonio! ¡Nunca he querido! La lluvia comenzó a golpear las ventanas.

–¡Ya me tienes hasta la madre! 

La tormenta empeoró durante la madrugada. La cocina olía a cerveza y a vísceras hervidas, Antonio seguía tomando, la televisión encendida en la sala soltaba carcajadas grabadas mezcladas con los truenos. June observó la olla sobre la estufa mientras Antonio insistía en que eso iba a “arreglarla”.

–Nomás comes pura chingadera y luego te preguntas por qué no pegas un hijo. 

June no respondió, sentía el cuerpo pesado, podrido desde dentro. Antonio se acercó tambaleándose.

–Te estoy hablando. June siguió mirando la olla.

–Voltéame a ver cuando te hablo. 

Antonio le jaló el cabello, no demasiado fuerte, como quien mueve algo que cree suyo. June cerró los ojos y entonces lo entendió. No iba a cambiar nada, nunca, su vida estaba condenada a ser la esclava de los deseos de Antonio. June abrió lentamente los ojos, vio el cuchillo sobre la mesa. Entonces, Antonio abrió el refrigerador buscando otra cerveza. La luz blanca iluminó las bolsas de carne apiladas en los estantes. June sintió náusea. Tantos años viendo sangre. Lavando sangre. Cocinando sangre. Antonio cerró el refrigerador de golpe.

–¿Ve qué pinche cara traes? 

June tomó el cuchillo. Antonio soltó una risa corta.

–Ay, no mames, June. 

Creyó que era un juego. Eso fue lo que más rabia le dio, que incluso entonces no pudiera imaginarla capaz de hacerle daño.

–Estoy harta –dijo June. Antonio frunció el ceño.

–¿Qué?

–Estoy harta de esta casa.

La lluvia retumbó contra el techo.

–Harta de tu olor.

Antonio dejó la cerveza sobre la mesa.

–Ya vas a empezar.

–¡Harta de trapear sangre todos los días! 

La voz de June tembló, no de miedo, sino de agotamiento.

–¡Harta de que me toques! ¡Harta de que me mires como si fuera una vaca como las de tu fábrica!

Antonio dio un paso hacia ella.

–Baja eso.

June siguió hablando. Años enteros saliéndose por la garganta.

–¡Nunca quise tener hijos contigo! ¿Escuchaste? ¡Nunca quise esta vida de mierda!

Antonio intentó sujetarle la muñeca. Y entonces, June lo apuñaló. Antonio retrocedió tambaleándose, miró la sangre expandiéndose sobre su camisa con auténtica confusión. Ella respiraba demasiado rápido. Antonio intentó acercarse otra vez.

–Estás loca… 

June lo empujó. Él resbaló con el agua de lluvia que había entrado por la ventana y cayó contra la mesa. La olla se volcó al suelo. El agua rojiza se mezcló con la sangre y las vísceras. Las carcajadas de la televisión seguían sonando desde la sala. Antonio trató de levantarse.

–June… espera…

Pero ella volvió a hundir el cuchillo y gritó:

–¡Estoy harta de tener miedo todo el tiempo! 

Antonio cayó otra vez, ahora parecía pequeño, humano, frágil. June se quedó inmóvil varios segundos. Se escuchaba la lluvia, la televisión y su respiración agitada. Antonio dejó de moverse poco a poco, entonces llegó el silencio, un silencio enorme,vacío. June esperó el siguiente golpe, el siguiente insulto, el sonido de Antonio levantándose furioso. Nada ocurrió. La casa permaneció quieta, por primera vez.

June levantó la mirada hacia la ventana abierta, el aire húmedo movió apenas las cortinas. Observó sus manos, tenía sangre debajo de las uñas, en las muñecas y sobre la manga. Pensó que debería sentir culpa, pero lo único que sentía era cansancio, un cansancio antiguo, como si hubiera cargado algo demasiado pesado durante años, y por fin pudiera soltarlo. 

Afuera las aves graznaron, la estaban esperando. Abrió un cajón y sacó bolsas negras. Antonio siempre guardaba muchas: “Por si sobra carne”, decía. June tragó saliva, después comenzó. Intentó no pensar demasiado y seguir moviendo las manos, como si estuviera limpiando pollo, res o cerdo. Cortar. Separar. Guardar. La lluvia cubría casi cualquier sonido.

Cuando terminó, el amanecer comenzaba a iluminar las azoteas húmedas de la colonia. June subió a la suya cargando una cubeta con ambas manos, pesaba. El aire olía a tierra mojada, drenaje y río desbordado, aún así se sentía más limpio que la casa.

Las aves ya estaban ahí, había más que otras veces, paradas sobre el tinaco, las antenas y los cables negros. Esperándola. June caminó hasta el borde de la azotea. Recordó la primera vez que les llevó pan duro y cómo se acercaron desconfiadas. Antonio se había burlado de ellas: “Ratas con alas”. June soltó una pequeña risa, metió la mano dentro de la cubeta. Las aves comenzaron a moverse inquietas. Ella lanzó el primer pedazo, una descendió de inmediato, después otra y otra más.

El sonido de las alas llenó la azotea. June observó cómo peleaban entre ellas bajo la luz gris de la mañana. Ya no era pan.

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