La magia de D&D
Por: Bruno Daniel Gonzalez Sanchez
¿Cómo un dado de 20 caras me ayuda emocionalmente?
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Ayer estaba viendo Twitter, el fenómeno disruptivo cultural más grande que haya pisado el ser humano. En esta plataforma, Ceci Flores, líder del grupo de activismo social Madres Buscadoras de Sonora, subía una foto de algunas fosas y restos encontrados en el estado de Sonora, más precisamente en Hermosillo. Al pie de foto se podía leer: “[…] los restos de un hijo, alguna vez estos huesos sostuvieron una sonrisa, dieron muchos abrazos, celebraron un cumpleaños y seguramente amaron”. Un hecho más que lamentable, que un compatriota desaparezca de la faz de la tierra sin el derecho a que se escuchen sus plegarias.
Los comentarios no se hicieron esperar. Hubo de todo. Chile, mole y pozole se juntaron en X para presentar sus opiniones. Algunos lamentaban el hecho de encontrar muerto a quien un día, hace tantísimos años, seguramente le dio a sus padres la felicidad de verlo caminar por primera vez. Otros más, en cambio, optaron por el reproche político.
Un grupo culpaba a Calderón y su fallida guerra contra el narcotráfico, pues la guerra, más allá del discurso oficial, estuvo atravesada por intereses económicos y reacomodos criminales que favorecieron a ciertos sectores y perjudicaron a otros. Otro grupo criticó a la administración actual, con la justa razón de abandonar a quien clama justicia, siendo incongruente, como sus antecesores, con los planes que prometían para la gobernabilidad del país. Lamentablemente, la mayoría de los comentarios eran personas atacando a Ceci Flores, burlándose e incluso minimizando su lucha entre cadáveres, argumentando que en Palestina pasan cosas peores. Al parecer, una gran masa poblacional cree que el activismo de las madres buscadoras es un montaje. Estos últimos, tras confrontaciones con activistas sociales en diversos posts, decidieron borrar sus comentarios, pero el daño ya estaba hecho.
Desde los años dos mil, México enfrenta una crisis de seguridad superlativa. Los feminicidios y desapariciones de mujeres en Piedras Negras, en Tijuana, en Ciudad Juárez. Feminicidas seriales, homicidas seriales, grupos criminales que crecieron exponencialmente tras la desarticulación del Cártel de los Beltrán Leyva, entre otros. ¿Y el mexicano? Olvida. Olvida las olas de inseguridad cuando reinó la Familia Michoacana, Los Zetas, los B.L., el C.D.S. Todo lo olvida, solo recurre a ello para defender su ideología política predilecta, sin recordar que no hay política incorruptible.
Los pseudoactivistas suelen ignorar que a diario desaparecen mexicanos prominentes, hombres que aman lo que hacen, personas de a pie que llevan el curso del país en sus manos. Diariamente desaparecen tenderos, carniceros, profesores, activistas, estudiantes, policías, militares, comerciantes, ganaderos, agricultores, franeleros y muchos otros más, simplemente dejan de estar. Desaparecen padres y madres de familia, sin distinción. Y esas personas que defienden causas lejanas solo minimizan la problemática actual del país.
Ahora bien, ¿a dónde van los desaparecidos? Decía Rubén Blades.
La mayoría de ellos están en el agua y en los matorrales. Muchos pagan condenas estatales de ineficiencia pública, política, económica y social. Desaparecen por incongruencias gubernamentales. Desaparecen forzados por grupos criminales coludidos con el gobierno en turno, sin importar su afiliación política, credo o religión.
En México, la gravedad del desaparecido es abrumadora. Se sufre profundamente la incertidumbre de salir a las calles y no volver, sea hombre, mujer, niño o adulto mayor. La incertidumbre agobia a los estratos más bajos del país, aquellos que no pueden pagar para que la justicia llegue, que no pueden comprar protección ni tampoco garantizar el recuerdo institucional.
Pero, ¿a qué viene esto con el número actual de nuestro querido Goooya!? Viene mucho a colación. En esta edición se habla de las violencias, de su visibilización. Las violencias que vivimos como mexicanos son abundantes y disruptivas, desde un pleito en el camión hasta terminar baleado en la banqueta fuera de tu casa. El crimen ha anidado en lo colectivo, se ha metido en la sangre, ha desensibilizado. Ha permeado tanto que ahora se cantan himnos a narcotraficantes, algo que antaño apenas comenzaba a gestarse como problema. Pero, ¿cantarías una canción a Beltrán Leyva, al Chapo, al Mayo o al Mencho si estuvieras atado de manos bajo su poder?
Quizá para muchos que no tienen conciencia de lo oscura que es la médula del narcotráfico en México, ese es el sueño dorado. Pero para más de ciento treinta y un mil familias, es una pesadilla. ¿Por qué no concientizarnos como estudiantes ante tales problemas que agobian a nuestro país?
Tan solo en México hay más de ciento treinta y un mil desaparecidos, cifra lamentablemente creciente. Hay recurrentes magnicidios y miles de muertos cada mes, pero el mexicano sigue cruzando la vista al horizonte para sentir compasión, justificando que la empatía no tiene límites. El mexicano olvida a los suyos, los ignora. Critica a personas como Ceci Flores, que buscan, en desesperación, una respuesta para las ansias de volver a abrazar a sus hijos. Ensucia la memoria del que no está, la politiza en favor de una postura. Niega a sus muertos. Ignora los crímenes de Estado y de lesa humanidad.
¿Todo por qué? Porque la defensa del país no genera likes, pero una foto en protesta por Palestina otorga un estatus ajeno al que se pertenece. Es un método al que se recurre cuando se busca encajar en un nicho. Actualmente, el universitario es adicto al pseudoactivismo, es decir, al activismo estético o performativo en redes. Todo es medio de pertenencia y no causa moral. Mientras tanto, quienes se enfrentan realmente a la violencia lo hacen arriesgando la vida, buscando una respuesta que les dé paz.
Pero, ¿por qué pasa esto en México? Samuel Ramos, en El perfil del hombre y la cultura en México, plantea que el mexicano teme enfrentarse a la crudeza de su entorno, porque este desnuda nuestras carencias históricas: falta de justicia, orden, comunidad y autoestima colectiva. Por eso sustituye la acción real por actitudes exhibicionistas que lo hagan sentir superior. Para Ramos, el problema no es solo político o social, es psicológico y cultural.
Roger Bartra lo explica con su concepto de narcisismo identitario, la necesidad de mostrarse como parte de una causa más que transformarla. Rosana Reguillo sugiere que la violencia en México es tan brutal y cercana que el joven prefiere refugiarse en causas globales, donde puede sentir agencia sin riesgo. México duele demasiado, Palestina permite ser “bueno” sin compromiso ni costo personal.
Y así como ellos, como Lomnitz, como Sergio González, como Núñez Noriega, hay más autores que desmenuzan la identidad social del mexicano. Lamentablemente, todos apuntan a lo mismo: el mexicano seguirá desdeñando sus causas locales por causas globales, aunque estas no le representen más problema que su propio entorno inmediato.
No me queda más que decir. Este escrito, que nace en las venas abiertas de México, está dedicado a todas y todos esos padres de familia, esposos, novios, hermanos, abuelos, hijos, primos, tíos y amigos incansables que darán la vida si alguno de nosotros llegase a desaparecer. A ellos, que no tienen el privilegio de mirar al horizonte porque la crudeza de México ya los alcanzó.
También está dedicado a la señora Cecilia Flores, a los colectivos de madres buscadoras en todo México y a los desaparecidos, por quienes debemos ser la voz que les arrebataron.
No hay perdón ni olvido para un asesino, para un narcotraficante, para el corrupto gobierno de cualquier periodo, ni para las instituciones ineficientes que silencian, ridiculizan y le vendan los ojos a la justicia.
Por: Bruno Daniel Gonzalez Sanchez
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