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Gemely Iglesias | Facultad de Estudios Superiores (FES) Acatlán

Suplicio de la paz que nos quitaron

Número 20 / ENERO - MARZO 2026

La visión de una conquista y el abandono de los dioses

Picture of Saul Benjamin Pérez Fragoso

Saul Benjamin Pérez Fragoso

Escuela Nacional Preparatoria plantel 9

Y mal entiendo mis palabras, estragos creados por mis escolios que suscitan mi nombre. 

Y yo, con los pies casi dormidos, tapizados de la historia de mi piel, me dejo fluir por el vasto cosmos, y solo mientras mis suspiros agotan su brevedad me doy cuenta de la infinidad de mis instantes, de la vida que entregué a mi cuerpo.

 

Hubiera querido permanecer más en aquel agradable vacío, hubiera anhelado que ese momento nunca fuera un recuerdo, que si de recuerdos hablamos, pocos tengo de genuina alegría. Recuerdos anteriores a la bajada de  la hermana y Diosa Coatlicue, por la interminable columna estrecha del volcán Xitle. 

 

Oh diosa que tú profunda voz exhale este inmenso aliento, que quiero vomitar este dolor, dolor de mi pueblo, de la sangre de mi pueblo que mancha la tlalli (tierra) de perdida soledad.

 

Oh Coatlicue, tu que vives en las montañas, dónde te hallabas cuando en llanto y gritos tu pueblo exclamaba tu nombre, como un mantra, implorando salvación, llamando con su voz al mar. Desolados, tarde se dieron cuenta que los dioses los habían abandonado.

 

Tu pueblo, vertido en el ocaso que atraviesa los valles y las montañas, vio caer sus barricadas, hundir en sangre sus santuarios sagrados, morir en batalla a sus guerreros más amados.

¿Por qué nos mataban?

¿Por qué en terror sus armas clavaban al nombre enterrado de Xipe-Tótec, a la carne destinada, a un sacrificio ancestral que purificaba la tierra? 

 

Ay, tristes ahora los cerros, los lagos y los cielos. Tristes nuestros templos impenetrables, la curación de nuestras cenizas encendidas en nuestras casas destrozadas. 

 

¿Dónde ha quedado nuestra cultura? si nuestros campos santos se están incendiando, y la provincia de mis allegados se ha negado al alba, dejándose caer vertiginosamente en el mar, que limpia el rojo, sangre de nuestros cultivos. 

 

No sé si son estos llantos y oprobios los que me hacen encontrar la vida sin sentido alguno, o la inmensa oscuridad que trae consigo en su velo la luna nueva, aclarando el sufrimiento hasta su forma original. 

 

Nuestra tlacaxoxouhcayotl  (libertad) se empapa de la hiel de nuestros muertos , y se quema los pies con piedras ardientes como el fuego en nuestra tetonalli (alma). 

 

Una conquista estrangula mis palabras. 

Una caída encadena mi cuerpo lleno de llagas. 

Mientras la paz de un pueblo desmembrado, ha cruzado el mar en su permutar 

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