Esta ventana es para mirar dentro de nosotrxs a través del arte y la creatividad.
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Crédito: Erick Leonardo Camacho Herrera / ENP Plantel 6
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Diana Laura Yáñez Toro

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

Soy una mujer periférica que disfruta de escribir y escribirme, como dice Dahlia de la Cerda, creo fielmente que una escribe desde las heridas. Soy una internacionalista en construcción que encuentra un gran cariño en la región de América Latina. Me gusta dibujar y hacer collages, también bailar cumbias y comer muchas mandarinas. Disfruto demasiado leer letras latinoamericanas.

Universitaria periférica

Número 15 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2024

Crónica de un regreso de CU a Ciudad Neza

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Diana Laura Yáñez Toro

Facultad de Ciencias Políticas y Sociales

“Si pienso en construir lo cotidiano, en un espacio compartido donde la lentitud y pausa representan un privilegio, pienso en el metro de la Ciudad de México, un camino de muchos donde la variedad de colores en las líneas que recorren de norte a sur la ciudad parecen ser representación de la diversidad de pasos y realidades de los usuarios. Aunque suelo habitar la línea 9 y la línea 3, a veces la línea 2, no se sienten ajenas las quejas de usuarios de Tláhuac, Azcapotzalco o Iztapalapa para esta usuaria que recorre las calles de Nezahualcóyotl. No es ajeno el camino largo, casi siempre obligado en el transporte público…”, leí en mi libreta de pasta dura color dorado, era una idea de un ensayo que tenía en mente. Iba de pie en el metro de Universidad a Centro Médico, maldiciendo a ratos vivir hasta Neza. Allí mismo, más abajo, había descrito la tradicional receta de mi abuela de pipián con arroz rojo. 

Aprovechaba que ese día iba sola en mi camino –pues mis amigas salían más tarde– para leerme y corregirme. Estos encuentros solitarios eran muy esporádicos. El viaje era más ameno entre risas, secretos, abrazos y las maravillosas interacciones que me brindaban mis amigas en su papel de compañeras de viaje, bien que aplica “cuida a quien te cuida”. La cotidianidad compartida junto a ellas es una buena comodidad elegida, si me preguntan. 

Cuando pasé la estación Etiopía, cerré la libreta y la guardé en mi mochila para evitar ser arrojada por medio vagón ante un famoso frenón del metro, me puse mis audífonos y preferí disociarme colectivamente junto a otros usuarios tratando de olvidar la hora que aún me quedaba de camino. Sonó Silvana Estrada. Eran las 10 de la noche. 

Bajé del vagón y transbordé de la línea 3 a la línea 9. Mientras veía numerosos pies ir hacia la misma dirección, pensaba en a quién de toda esa gente le dolía el cuerpo, quién había dormido menos: tal vez era la muchacha de rosa cargando a su bebé y a la par una mochila de flores, o era el señor con gorra gris que parecía apenas mover los pies por el cansancio, o el grupo de estudiantes de uniforme azul con rayas negras que reían, parecían ser ellos los menos cansados, pero les digo, cuando una va acompañada de amigos se olvida tantito el cansancio. ¡Pero me venía engañando! Todos los sistemas de opresión están conectados, no sabía qué dolores atravesaban a cada uno, pero a todos nos dolía el cuerpo –y también el alma–, no podía señalar a sólo uno.  

Bajé las últimas escaleras del andén. Y que por ti me voy al sur, que no importa si hay destino siempre y cuando en el camino vayas tú… me decía Silvana Estrada a través de los audífonos mientras esperaba que llegara el vagón a Centro Médico. Cada quien en su música, pensé, en su historia, en sus cantantes, en sus letras, cada una sobrelleva el metro como puede, hasta un acto de sobrevivencia le llamaría, si me pongo muy poética. 

Después de 5 minutos el vagón llegó. Afortunadamente eran menos las mujeres en los vagones que en la línea anterior, lo agradecía como cualquier universitaria periférica, pero también sabía que en la línea dirección Pantitlán una gran parte de las usuarias, como yo, tenían que tomar otro transporte más o la Línea A; a todas nos faltaba más de una hora para llegar a casa. Confieso que empecé a manifestar que en dos o tres estaciones pudiera sentarme, abrir X y postear: este semestre va a acabar con este cuerpo periférico. 

Mientras terminaba de recorrer la línea 9 –aunque es una constante en mi camino a Ciudad Universitaria quejarme de la lentitud y convivencia con un gran número de extrañas– agradecía recorrer estas estaciones en vez del interminable transbordo de La Raza, mi camino obligado por varios meses en lo que terminaban la renivelación de las vías de la línea café, además, que reabrieran esta línea restaba aproximadamente media hora a mi camino en comparación a los últimos meses. 

El tramo elevado de la línea café se volvió un espacio de recuerdo. La nostalgia de buenas compañías pasadas inundaba mi mente y a la par veía por la ventana el recorrido que realizaba el metrobús de apoyo Pantitlán-Velódromo. Aunque al principio no me parecía tan diferente el cambio de un metrobús en lugar del metro y subir unas escaleras extras, la verdad que después de meses el cansancio no se va del cuerpo. “¿Cuánto me haría a la uni si viviera en alguna de estas estaciones?”, me pregunté, unos 40 minutos sí me vengo ahorrando… pero extrañaría las calles de Neza, en especial los tacos campechanos del tianguis del sábado, el lugar por elección para almorzar con mis amigas de la secundaria.

Llegué a Panti. En mi último tramo, para por fin llegar a mi Neza, nuevamente mi realidad me exigía paciencia a la llegada del transporte, ahora el Mexibús. Pensaba en cambiar mi playlist de “Personaje principal” a “Cumbias y amor”, no es un secreto que mientras escuchas cumbias un poquito del cansancio se va, especialmente si suena “La cumbia de los pajaritos”, pero seguir escuchando a Julieta Venegas decirme La calle que canta su canto de diario, el mundo moviéndose también me mantenía positiva en los escasos 20 minutos que faltaban para llegar a mi casa. El Mexibús llegó bastante rápido, nuevamente agradecí a mis manifestaciones porque, al ser casi las 11 de la noche, pude elegir el asiento más cercano a la puerta. 

En esos últimos y agradecidos 20 minutos en transporte público es donde más identificada me siento con las usuarias que van a mi lado. Realmente se siente familiar verlas y saber que probablemente compartimos no solo municipio sino también camino, en términos de espacio son con quienes probablemente tengo más cosas en común, todas mujeres periféricas saliendo de Pantitlán hacia Nezahualcóyotl o Chimalhuacán.

Tal vez sea la hora y que mi casa se siente cada vez más cerca, pero entre más me acerco, más te quiero, Neza. 

–¿Cómo te fue hoy? –inició la conversación mi papá tan pronto llegué y mientras caminábamos hacia la casa. Apenas me da tiempo de contarle la mitad de mi día, pero siempre guardo espacio para mi queja, totalmente justificada diría yo, sobre la resistencia de ser una universitaria periférica, que mi cuerpo atraviese el metro, que mis pies se rifen en las escaleras. Le digo que a veces abrazo a mi cuerpo con admiración y amor, pero casi siempre se me olvida y prefiero dormir. Eso sí, mi papá no se olvida de recordarme el privilegio de poder seguir estudiando. 

Finalmente llego a mi casa. Y es cuando agradezco al Dios de mi abuela, al que tanto me cuida, ¡qué grande es! Porque después de 2 horas de camino, estoy cenando pipián con arroz rojo. 

 

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Universitaria periférica

2 Responses

  1. Esa realidad opresiva y cruda , pero a la vez llena de vida y color, es lo que hace que CDMX gané una mano de obra fuerte, luchona, con resistencia, pero lamentablemente sin el merecido valor. Vivir en Neza es otro mundo y no el que todo mundo cree conocer… violento e inseguro; es un lugar que nos arropa, que nos regresa la tranquilidad que perdemos en la cotidianidad de esos trayectos largos y extenuantes, a mi parecer más por la falta de empatía y valores cada vez más marcados en la sociedad, que en si por los medios que empleamos para dicho trayecto.

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