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Trayectoria de una pluma

Número 22 / JULIO - SEPTIEMBRE 2026

Lo que las aves nos enseñan sobre migrar

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Jazmín Reséndiz Coeto

Facultad de Estudios Superiores (FES) Iztacala

Somos seres se mueven, se trasladan, está en nuestra historia evolutiva aquella naturaleza nómada.  Al igual que otros organismos, los seres humanos buscamos la forma de habitar otros lugares en persecución de alimento, de un mejor lugar para vivir o incluso dónde pasar alguna temporada del año. Perseguimos incansablemente la forma de hacer los traslados más rápidos y eficientes, por lo tanto fabricamos artefactos y herramientas, pero no hemos logrado lo que las aves, volar. Pasaron alrededor de 250 millones de años para poder ser testigos del milagro del transporte. Sin embargo, el dominio del cielo con tu propio cuerpo, elevar los pies del suelo y volar, aún es un sueño. 

Gracias a la evolución, las aves que descendieron de grandes dinosaurios sí lo lograron, fue cuando la tierra aún era joven, en pleno inicio de la era Mesozoica. Los primeros dinosaurios (Archosauria) aparecieron, éstos podían regular su temperatura sin depender del ambiente, a diferencia de los reptiles. También tenían mayor movilidad gracias a su postura apoyada en las dos patas posteriores que con posterioridad los convertiría en bípedos. Después del Jurásico, durante el Cretácico, el registro fósil nos muestra la presencia de filamentos de plumas simples en los dinosaurios, incluso el famoso Tyrannosaurus rex probablemente mostró algún tipo de plumaje parcial, en especial durante etapas tempranas de vida. 

Los dinosaurios eran enormes y pesados, no podían dominar el cielo aún, así que su siguiente adaptación fue volver sus huesos más livianos, algunos fusionados, para correr más rápido. Pero correr no bastó, así que especializaron sus plumas para el vuelo.

Millones de años después, las plumas son estructuras especializadas que funcionan para proteger el cuerpo de las aves, tienen el mismo origen celular que las escamas de los reptiles y que el pelo de los mamíferos. Las plumas presentan un eje central que se llama cálamo, donde crece y da origen al raquis, lugar donde están acomodadas las barbas. Al igual que el pelo y las escamas, las plumas caen y vuelven a crecer, cumplen muchas funciones: protección, calor y coloración. Lo más increíble es que existen plumas específicas (las de las alas y la cola) para que estos organismos puedan volar. 

Las aves que vuelan realizan viajes sorprendentes. En algunas el plumaje es más pesado que su cuerpo porque tienen cavidades neumáticas llenas de aire en sus huesos. Estas estructuras llamadas sacos aéreos están conectadas a los pulmones para controlar el flujo de aire y respirar más eficientemente al volar, e incluso, al bucear. Otras aves presentan un almacén temporal de alimento para sus largos viajes, llamado buche, donde guardan la comida sin digerir.

También existen las aves migratorias. En América el fenómeno de la migración es un milagro, hablar de ello es hablar de resistencia, todos los migrantes de cualquier forma de vida están en riesgo. Para las aves migratorias, que viajan de norte a sur en invierno, y en primavera regresan al norte, la demanda metabólica es extrema. Al detectar la disminución en las horas del día y la temperatura del aire, almacenan alimento y energía para emprender el gran viaje, guiadas por el sol, las estrellas o la luna. Su ubicación depende de una brújula magnética (la magnetita del pico), o por la especialización de la córnea que percibe las corrientes magnéticas. Con estos elementos ubican el norte y realizan sus migraciones con precisión.

La tercera parte de las aves presentes en México son aves migratorias, y nuestro país es un corredor migratorio. Un sitio de descanso, hibernación y reproducción en bosques mesófilos, selvas tropicales, desiertos, costas, humedales y manglares. Hablar de las amenazas a la migración no es un problema aislado, es vernos reflejados en su historia de resistencia. Las aves migratorias se arriesgan año con año a emprender el viaje con la esperanza de supervivencia. Sin embargo, las grandes ciudades con su contaminación lumínica alteran este proceso y la fauna feral (perros y gatos fuera de casa) afectan a las poblaciones de las aves al cazar de forma antinatural, por ser domésticos no pertenecen a los ecosistemas y no fungen como controladores de poblaciones, al contrario, alteran y pueden transmitir enfermedades entre los animales y hasta a los humanos. La expansión de campos agrícolas y ganaderos, así como de zonas urbanas provoca que las aves migratorias no tengan un refugio donde pasar la temporada. 

Del mismo modo, la pérdida de lagos, manglares, ríos, humedales y demás cuerpos de agua amenaza a las aves. Al menos una cuarta parte de la avifauna mexicana presenta hábitos acuáticos o asociaciones a los cuerpos de agua. De hecho, gran parte de las especies acuáticas o semiacuáticas como patos, gaviotas, charranes, playeras y costeras del Pacífico y del Golfo son migratorias. La gran pérdida de ecosistemas nos lleva al declive de riqueza y abundancia de especies. Por esta razón, estamos en crisis junto con las aves, son nuestro reflejo. Como ellas, estamos forzados a desplazarnos a costa de un supuesto “progreso”. Hogares milenarios son destruidos, condicionados por fronteras ecológicas y humanas, sobreviviendo ante las injusticias del sistema capitalista. Ninguna de estas aves necesitó papeles para migrar, sigamos el ejemplo de su resistencia para preservar lugares donde todavía sea posible vivir.

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