Riesgo de Asfixia
Por: Zaid Joao Hernández Maldonado
Una historia recurrente en Pantitlán
Facultad de Medicina
Facultad de Medicina
Tratar de explicar la complicada relación que existe alrededor de este ruidoso, volátil y sumamente ingrato cobijo, es, quizás, una pérdida de tiempo y una proyección de mis propias frustraciones. Insistir en brindarle un significado, pecando de optimista, es una forma frívola de romantizar una circunstancia y una penitencia de la cual mucha de mi raza no tiene ni la más mínima culpa. Aludiré a mi propia experiencia, siendo esta la inspiración para hacer a la metáfora brillar, en una rutina que ya de por sí es en extremo pesada.
Un alquiler “barato” dónde existir, un pesado martirio depende de a quién le cuestiones, una vieja tradición según el nostálgico de turno, un momento de la vida de acuerdo con el entusiasta, una promesa de progreso refiere el despistado, un hecho inevitable relata el pesimista, un obstáculo a vencer, afirma el necio, un hecho inamovible clama uno que otro realista. Sea cual sea la declaración que escuches emanar de la boca de cualquier miembro de mi disfuncional familia, he de advertir que si bien puede ser un hecho innegable, lo cierto es que no le hace justicia a la “módica” tarifa que día con día el ciudadano común tiene que costear y tolerar.
Un espacio tan falto de dignidad y consideración, que, a lo largo de generaciones, se ha convertido, poco a poco, sin darnos cuenta, en un espacio de confort, de seguridad, de cotidianidad e incluso de satisfacción. Ante esto el valor de mi raza no se puede medir en las lágrimas derramadas en sus estrechos pasillos ni en muestras de intenso sentir que se han visto desfilar por sus instalaciones, ni en tantas primicias asimiladas entre estaciones ni tampoco por las innumerables desgracias que llenan de luto, episodios completos dentro de nuestro colectivo.
Somos huéspedes de un refugio no elegido, de una permanencia hasta cierto punto forzada, casi como si se tratase de un hotel de mala muerte, miles de almas en pena transitan sin dejar rastro al intentar pasar desapercibidas. Una estancia llena de colores y trazos, de oscuridad y profunda apatía, una vivencia permanente que varía en ocasiones con hechos sumamente simples, otras fantásticos y otras muy desagradables.
Distintas personalidades y eminencias hacen acto de presencia en este sitio, todos con la particularidad de poseer algún distintivo, que va desde lo simple hasta manifestaciones que rozan lo inusual, la extravagancia o lo curioso. Podría detenerme a presentarte a cada uno de los integrantes de esta disfuncional familia, explicarte lo que sueñan, piensan e incluso desean, pero confórmate con saber y concuerda conmigo en que muchos son amables, otros en violentos, numerosos más con un ego indefendible, algunos inofensivos, casi invisibles, un resto sin una pizca de educación ni decencia y muchos otros sin nada especial que resaltar.
Somos demasiados los que compartimos esta rutinaria travesía, los que coincidimos entre aquellas instalaciones, pasillos y habitaciones de manera momentánea. Durante una jornada te mentiría si te dijera que he convivido con cada una de estas almas de manera directa, ahora mismo sé que existen por el flujo interminable de energía que emana de cada esquina y de cada rincón, por la esperanza de superación que hace no detener la marcha, por una ilusión de progreso que se aferra a cada transbordo, ruta y estación.
Compartimos una residencia que no es del todo de nuestro agrado, y no nos acobija de la mejor forma en ocasiones. Aventurándonos en su cuestionable limpieza imperceptible a la prisa, impregnando con sus colores que brindan un momentáneo confort de cercanía y de familiaridad; enredándonos en sus números que no alcanzan a medir el desgaste, descifrando símbolos que pretenden representar una humanidad de historias.
Por: Karen Guadalupe Correa Méndez
Crónica de un letárgico trayecto
Por: Luan López Mayo
La transformación urbana tiene beneficiarios y excluidos.
Por: Miroslava Ramos Cárdenas
¿Por qué invaden los espacios exclusivos?
Por: Mery Ann Melody Nicole Hernandez Velazquez
Trasladarse desde la periferia