Raíces que despiertan
Por: Mariana Michelle Fierro Castañeda
Portar el huipil, el rebozo y las trenzas con orgullo
Facultad de Filosofía y Letras
Facultad de Filosofía y Letras
Nací en Oaxaca, en medio del gran Valle Central. Mis pulmones se hincharon por primera vez con su aire inconfundible. Me abrigaron las montañas de la Sierra Juárez, las de la Sierra Madre Sur y las del Nudo mixteco. Unidas hicieron mi cuna y me sembraron en el suelo de los huajes. Tanto mi madre como mi padre son binnizá (zapotecas). Desde mi infancia, en cada bocado de comida, probé la historia de mi familia, la gente de las nubes. Crecí gracias a los quelites, al maíz y a la palabra. De niñx, mientras me relataban cómo dos hermanos huérfanos se convirtieron en el Sol y la Luna, llevaban a mi boca una cucharada de guías de calabaza. En la mesa, sobre manteles de flores y aves, mis padres me nutrieron el cuerpo y la memoria.
Mi mamá, Alfreda Landez Solís, me enseñó el arte de cocinar. Yo la veía con su mandil de tela amarrado al cuello y la cintura. Ella cocinaba mientras compartíamos la sonrisa. ¡Cómo me sorprendía la maestría y majestuosidad con la cual manipulaba los ingredientes! El cucharón parecía ser una extensión de ella, y en cierto modo, así era. Al terminar de hacer un platillo me regalaba la primera porción. ¿Cuánto cariño se puede guardar en un bocado? Para mí resulta incalculable.
De mi maestra aprendí a destripar los jitomates en la chilmolera, a condimentar en el punto exacto el caldo de pollo, a medir el tiempo preciso para un arroz perfecto, además, me demostró de forma empírica que el té de hoja de guayaba quita el dolor estomacal causado por empacho, que persignar el fogón evita que los tamales se revienten y que al hablarle bonito a las plantas brotan hermosas frutas y verduras. Hacer una receta siempre iba acompañada de un cuento, una anécdota, un chisme, o algo para merendar el tiempo. Día tras día resguardó sus saberes culinarios en mí. Entonces la cocina se convirtió en algo más que un sitio en el cual se elaboraban alimentos. Pasó a ser un centro de enseñanza sobre la vida, un refugio ante el mundo, una trinchera y un sanatorio.
Mi abuela dice que: “Uno pertenece en donde está enterrado su ombligo.”
Gracias a ella sé que provengo de ese conjunto de regiones y pueblos que conforman a Oaxaca. Pero no siempre me encuentro en el espacio físico. Creo habitar en el limbo de lo real y lo aparente.
He recorrido la Verde Antequera por todas sus avenidas, calles, plazuelas. En cada piedra se resguarda su historia. Pero mi hogar no solo está ahí: en el templo de Santo Domingo de Guzmán, en el Zócalo municipal o en el barrio de Jalatlaco. También se encuentra en la elasticidad del quesillo, en la espuma del tejate, en la hierba santa. Se esconde en la flor de calabaza, entre los poros del pan de yema. Mi casa está hecha de masa, de mezcal. Mi verdadero hogar se halla en la consistencia del nicuatole, en el crujir de las empanaditas de piña, en la textura de la nieve de tuna, en aquello incapturable, en lo intangible, en lo fugaz.
En la escuela primaria te enseñan la historia del “descubrimiento” de América
Aprendemos de la llegada de Hernán Cortés a las costas de Veracruz y que la caída de Tenochtitlán fue un 13 de agosto de 1521. Te señalan con el dedo una línea del tiempo que contiene ilustraciones de la Conquista, la Nueva España y la lucha de Independencia. Termina la lección con un sentimiento patriótico. Luego suena la chicharra y acaba la clase sin remordimientos.
Regresas a casa despreocupadx, en el camino encuentras a tu abuela vestida con su huipil, que resalta en las calles de asfalto por ser la única en portarlo. Llegas a tu hogar, en donde se habla diidxazá, pero notas que nadie lo hace fuera de los muros. Un agujerito nace en tu pecho. Recuerdas aquella vez en que viste a tu mamá guardar en un cofre de madera su enagua y huipil de flores bordadas a mano. Dejó de usarlos al venir a la ciudad y abandonar su pueblo, cuando ella lo cuenta le brotan perlitas de agua de los ojos. La punzada en el vientre florece hacia las extremidades. Entras al patio y encuentras a tu padre platicando por teléfono con su hermano del Norte, el que vive en el sueño americano, y se ríe con él, porque aquél ya no se acuerda de cómo nombrar al mundo en su lengua materna, porque el sueño americano se lo ha hecho olvidar. La televisión, en un rincón, informa sobre la represión de la comunidad mixe al ser desplazada de sus hogares por una compañía minera. Sin embargo, al cambiar de canal, el gobierno del estado anuncia la construcción de infraestructura para el desarrollo del turismo y la llegada de capital extranjero. “Oaxaca, la ciudad de todos” aparece en la pantalla. Sientes náuseas y asco. Algo hierve dentro de ti, son tu sangre, tu voz. Quieres gritar, llorar, sacarte ese nudo de las tripas. Piensas, recuerdas otra cosa, una sensación parecida, como cuando notaste que las estrellas empezaron a desaparecer del cielo, o como la vez en que una campaña masiva de fumigación acabó con las luciérnagas y los escarabajos, rociaron miles de pesticidas, ahora ya no los ves por ninguna parte, y nadie hizo nada, nadie actuó, desaparecieron. Lloras, el coraje se desborda, el enojo, la tristeza salen por tus ojos y por tu boca. Sientes por primera vez rabia.
“Somos lo que comemos”
Es un dicho popular acuñado por el filósofo y antropólogo alemán Ludwig Feuerbach. Lo escribió en 1850, en su obra Enseñanza de la alimentación. Por algo se transformó en un refrán, pues lo escuchamos como un axioma. En la comida está la identidad de las personas, de una sociedad. Entonces, ¿qué pasa cuando a una comunidad le intentas imponer algo que no son?
Un 21 de octubre de 2002, una lucha se llevó a cabo en el Zócalo de la ciudad de Oaxaca. Aquel día el artista Francisco Toledo y mujeres de la comunidad de Tlacolula encabezaron un movimiento para detener la construcción de un establecimiento de McDonald ‘s en el centro histórico de la ciudad. Defendieron el patrimonio gastronómico de los pueblos oaxaqueños. El símbolo con el cual representaron su pelea fue con la organización de una tamaliza. Se regalaron tamales a quienes asistieron. Hubo de dulce, rajas, mole, chepil y frijol. Miles de personas acudieron a firmar la petición en contra de la cadena de comida rápida. El mensaje dado por el artista juchiteco era claro: la entrada de la franquicia gringa produciría efectos negativos a la gastronomía tradicional y típica. Porque el problema no radicaba en la interacción de distintas culturas, sino en las relaciones de poder que habían de por medio.
Este fenómeno social se conoce como globalización, que es producto del capitalismo. En este modo de producción la identidad de los pueblos se diluye y se homogenizan las culturas. Los mecanismos de poder imperan a favor del capital y la hegemonía. Así, las estructuras socioeconómicas creadas por el imperialismo del Norte global perpetúan una neocolonización en las lenguas del mundo.
Si no se nombra no existe. Si no tiene rostro, ¿contra qué se lucha?. En mis estudios académicos comencé a descubrir esas caras, empecé a reconocerles, a quitarles el velo: racismo, patriarcado, clasismo, capitalismo, neocolonización, globalización. Desde siempre sentía que algo ocurría, pero no podía articular ese sentir-pensar, para eso necesité ver los rostros de las opresiones del sistema. Pero ¿cómo hacer frente a ello?, a la violencia estructurada, a la norma y al régimen. Entonces en las aulas supe de la deconstrucción, de los estudios anticoloniales; conocí a Jacques Derrida, Bell Hooks, Donna Haraway, Enrique Dussel, entre otrxs. Fuera de la escuela también busqué respuestas: en mi entorno, en mi pasado, en mi historia, en mi ser, y me desdoblé en un caudal de memorias. Recordé las enseñanzas de mi mamá frente al fogón y su hermoso legado. Encontré en las cocinas de mi gente de las montañas, del mar y de los valles una forma de existir, de resistir. Porque mi familia entera, la que hubo y la que vendrá, ha luchado y sobrevivido siglos de saqueo, de desplazamiento. Cocinar con nuestra sabiduría heredada es un acto de resistencia cultural, una forma de defender nuestra vida, porque resistir es un acto de amor, y se alimenta a otrxs y a unx mismo por cariño. Habitar nuestra comida ancestral es una forma de custodiar ese territorio invisible que compartimos. Es defender la raíz común que nos nombra.
Por: Mariana Michelle Fierro Castañeda
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