En estas trincheras nuestras armas son palabras convertidas en argumentos y contra argumentos.
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Sobreviviendo sin beca

Número 7 / OCTUBRE - DICIEMBRE 2022

Retrato estudiantil en un país machista y precarizado

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Lorie Stacy Domínguez Mújica

Facultad de Filosofía y Letras

Me visto de gala cada que puedo, uso la ropa que mejor me queda, la que no se ha roto y luce “presentable” y con la que más halagos recibo para poder decir con seguridad que de mi imagen soy consciente, aunque sepa bien que el reflejo me castiga siempre que no hago algo por embellecerme; me maquillo y sonrío porque desde niña me han dicho que soy bonita cuando lo hago y porque además no he querido dejar de lado el discurso que en mi mente he construido firmemente, ese que proviene de las voces de todo el mundo pero sobre todo del recuerdo de una mujer trabajadora, quien crio sola a sus tres hijas por culpa del orgullo en sí misma, así como de la falta de apoyo familiar y del Estado, pero principalmente, de un padre que quiso permanecer ausente de su rol en esa familia y fue a ocuparlo en otro hogar.

He perdido mi tiempo imaginando tantas cosas tormentosas al respecto de ese recuerdo, pienso por ejemplo, que ella suplica cada día poder ver que su esfuerzo ha valido la pena y poder así sentir satisfacción a través de sus hijas, — a ella le dijeron que entre más le “echara ganas” en el trabajo más dinero podría ganar para solventar los gastos familiares, y que así una mejor vida podría brindarles a sus hijas, ella confío en eso y gastó una gran parte de su juventud viviendo de un consuelo intangible, así después de más de sesenta años ella aún sale diario de casa a intercambiar por unas cuantas monedas la fuerza de trabajo que aún le queda—, y es por ello, en buena parte, que he vivido para satisfacer ese discurso interno, por egoísmo de verme realizada como una buena hija, una buena estudiante, buena trabajadora, una mujer de bien, como dicen comúnmente.

Recuerdo también haber cargado mucho tiempo con el discurso de una mujer a quien desafortunadamente despedimos hace varios años; ella tuvo a bien decidir que no quería asumir el rol de madre, que prefería vivir su vida alejada de la familia y “ahogar sus penas” en el alcohol. A ella también le dijeron que debía de echarle ganas para ser una buena madre y no ser un mal ejemplo para su hijo, sin embargo el Estado no la acogió y tampoco hizo nada por aquel hijo suyo, así fue que terminó víctima de una enfermedad incurable, viendo como sus malas decisiones y la falta de apoyo la dejaron aislada del mundo y vista como alguien indeseable, quedando además fuera de los servicios médicos pertinentes y de la oportunidad laboral que le habían prometido si se esforzaba lo suficiente. Finalmente la desilusión acabó con ella y prefirió ser despedida como una mala madre para evitar afrontar a una sociedad que exige sobre todo a la mujer ser una figura de amor incondicional y sacrificio infinito por sus hijos, antes que el ser autónomas y libres; porque así funcionan las cosas, cuando se es madre se deja de ser mujer.

De discursos ajenos tengo una saco lleno; “Ahora formo parte de la Máxima casa de estudios”, dice la gente, “Debo sentirme afortunada y orgullosa de ser el futuro de la nación”, afirman otros, que “Debo echarle ganas para que pueda ser alguien en la vida” se atrevieron a decirme algunos, como si antes no hubiese dado inicio a mi existencia, como si para obtener el derecho a una vida digna fuese necesario hacer que el mundo vea que tu esfuerzo es incansable y que sin importar las condiciones abrumadoras por las que tengas que pasar seas capaz de ser una persona “resiliente” si quieres llegar a tener éxito en la vida.

Así me gasto el día unas veces, pensando en cuanto más debo esforzarme para que todxs puedan ver que sí lo hago de verás, lo expreso con mi apariencia porque al fin, es lo primero y lo único que muchas veces ven de mí, pero otras veces me encuentro de mejor ánimo y solamente vivo el día a día disfrutando de las cosas más simples como sentarme a leer, escuchar la música que me gusta y por supuesto beber delicioso café, o whisky si el capricho lo amerita y mi bolsillo lo permite, porque a veces, el “echarle ganas” no basta para sentir plenitud como sí, en cambio, basta hacer pausas para dejar de lado las exigencias externas, las altas expectativas impuestas, así como evitar hacer comparaciones con lxs demás, que en ello reforzamos la idea de que el no tener los mismos placeres que otrxs nos convierte en personas incompletas que deben trabajar más duro para conseguir mejorar sus condiciones de vida, porque “el querer es poder” dicen, y quien no puede cambiar es porque no lo quiere hacer.

Viéndolo bien, tomo por hoy ese discurso, ya que en este momento quiero ser una escritora exitosa y por ello puedo serlo, una buena mujer, una profesional, bonita además, finalmente todo es cosa de esforzarse y, qué importa si en casa se me acaba la comida y debo elegir si comen mis perritas o como yo, mientras que le eche ganas puedo sobrevivir con café y tortillas hasta que me paguen mi beca, pero que nunca se diga de mí que soy una floja que no se esfuerza. No vaya a ser que deje de ser alguien en la vida y acabe en el exilio social de los inadaptados. Orgullo Puma ante todo.

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