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Raíces que despiertan

Número Especial # 0 - 2025

Portar el huipil, el rebozo y las trenzas con orgullo

Mariana Michelle Fierro Castañeda

Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón

Michele Fierro nació en el Estado de México, pero fue a los dieciséis años cuando descubrió que era poblana. Durante su infancia creyó que en todas las familias se hablaba alguna lengua y que, en vacaciones, se visitaba un pequeño pueblo. Pensaba que regresar a casa con pan, mole, fruta, tortillas a mano y pollitos en una caja era lo habitual. Con el tiempo, esas visitas desaparecieron y, con ellas, su conexión con las raíces.

Con los años comprendió que no todas las familias pertenecían a una comunidad indígena. La sociedad se encargó de mostrarle que era diferente. Las miradas incómodas al escuchar a sus padres hablar su lengua materna y los comentarios sobre los huaraches que usaba la hicieron callar. Decidió ocultar su origen para evitar el rechazo.

Años después, tuvo la oportunidad de volver a Puebla. Recordó aquel reencuentro con nitidez. Llegó un 26 de diciembre por la mañana a San José Miahuatlán. El sol brillaba intensamente y el cielo mostraba un azul profundo, cubierto de nubes casi irreales. El aire olía a leña y a humo, una mezcla que no existía en la ciudad. Le sorprendió ver que las familias dejaban sus puertas abiertas sin temor. Las cocinas, sin techo y con tres paredes, dejaban escapar el humo de la leña. Sintió una paz desconocida, una tranquilidad que solo el campo podía ofrecer.

 

El regreso a las tradiciones

Llegó justo en los preparativos de fin de año y fue testigo de una de las tradiciones más alegres: el Año Viejo. Las familias elaboraban un muñeco con hojas secas de mazorca y cohetes en su interior. Al caer la noche del 31 de diciembre, los amigos recorrían el pueblo con el muñeco, acompañados por música norteña y personajes disfrazados. El recorrido terminaba poco antes de la medianoche, cuando se encendía el fuego y los cohetes iluminaban el cielo. El mismo ritual se repetía con el Año Viejo de la presidencia municipal, un evento esperado por toda la comunidad.

En ese momento comprendió que debía regresar. No podía permitir que esa fuera la única vez que viviera algo así. Se interesó por cada costumbre y, tiempo después, participó en la celebración más importante: el Día de Todos los Santos. En San José Miahuatlán, esa fecha se vive con una mezcla de alegría y nostalgia. La gente cree que los seres queridos regresan por un día para compartir nuevamente la vida.

La preparación comienza semanas antes. Las familias ahorran y acuden al mercado. El 28 de octubre, las mujeres preparan el nixtamal y el mole, mientras los hombres excavan el “hoyo” donde cocinan los tamales bajo tierra. El 29, por la mañana, los tamales se colocan en grandes ofrendas adornadas con carrizo, velas, flores y canastas.

Las familias visitan el panteón, prenden velas y comparten comida junto a las tumbas. La fiesta termina con un baile nocturno entre risas, música y gratitud.

 

El orgullo de ser

Al vivir todas esas tradiciones, ella comprendió que no solo quería observarlas, sino formar parte de ellas. Admiró el esfuerzo de las mujeres que cocinan para todos, el de los hombres que trabajan bajo el sol y el arte de los artesanos que transforman la palma, el barro y los hilos en obras únicas.

Entendió que tenía la fortuna de pertenecer a ese mundo, rodeada de maíz, animales y campo. Decidió representar con orgullo sus raíces, compartirlas y jamás volver a callarlas. Reconoció que provenía de una comunidad nahua, que su piel morena la representaba y que su lengua la nombraba.

Ella es la mujer que entiende el náhuatl, que huele a humo, que porta el huipil, el rebozo y las trenzas con orgullo. Porque sus raíces no solo se ven, también se escuchan.

 

Agradezco a Luis Rodrigo Franco Villagrán, compañero de la carrera Planificación para el Desarrollo Agropecuario, por la invitación a participar en la revista Experiencias, luchas y sueños de lxs estudiantes indígenas en la UNAM”

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