Aún te espero en el Metro
Por: Sarai Venegas Arreola
La esperanza de volver a sentir el amor
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Facultad de Ciencias Políticas y Sociales
Siempre he sido exceptivo del pensamiento mágico religioso, la lectura de cartas, el tarot y claro, la fe auspiciada en figuras de barro. Me sorprende la movilidad que se realiza en conceptos de fiestas patronales, fiestas de pueblo y creencias, se gasta mucho y no entiendo cómo la gente puede creer en esto… hasta cierta ocasión que me sucedió algo anormal.
En una ocasión alguien me hizo una limpia, pese a mi actitud renuente a hacia ese tipo de cosas. Todo sucedió en un mercado popular, yo trabajaba lavando loza en una fondita que se encontraba dentro del mercado. Estaba ahí porque necesitaba el dinero y estaba dispuesto a todo con tal de llevar dinero a la casa y pagar los miles de gastos que se me acumulaban. Entre jabón, platos y correr a dejar paquetes de comida siempre me preguntaba, qué hacía yo ahí, tenía la capacidad de hacer cosas más significativas, más dignas. Estas inquietudes me empezaron a pesar, no estaba tan a gusto en ese lugar y me empecé a tornar callado, meditabundo. Solo me dedicaba a hacer mi trabajo y evitaba la integración, pensaba como conseguir otro trabajo, otra forma de conseguir ingresos, púes buscaba salir del hoyo en el cual me encontraba.
Dentro de los clientes que frecuentaban este lugar de comida, en el cual yo lavaba los platos había uno en particular. Su atuendo era una larga bata en color negro, de cabello canoso y desalineado; cargaba amuletos en su cuello bien raros, patas —o manos— de monos ya disecadas y curtidas, medallones con símbolos extraños y una maleta llena de pequeños frascos. Él decía entre risas que su maleta era como la de Félix, el Gato, una maleta mágica a la cual le cabían miles de soluciones para ayudar a los afligidos y menesterosos. Yo lo observaba con indiferencia.
(…)
Todo comenzó con una conversación trivial. No recuerdo por qué, pero hablando con él le comenté que cuando yo muriera me gustaría reencarnar en algo mejor de lo que soy ahora. Morir sería como un “reset” para iniciar de nuevo y trabajar con mucho mayor eficacia. Él respondió con una certeza incómoda: “la vida termina en la muerte. Nada más. Como los animales, sin destino escrito, sin propósito dictado por ningún ente superior o ley suprema, no existe ningún tipo de reset como dices, pues el único tiempo otorgado es este mismo espacio y en este mismo debemos de evolucionar”.
Lo que dijo lo recuerdo bien porque para mí tuvo mucho significado, sus palabras produjeron un eco en mí con una fuerza abrumadora, como una palmada en la espalda, como un golpe desprevenido.
Me dijo que todo en mí estaba bien, el buscar un cambio siempre era bueno porque el que se estanca se pudre. Pero para él no era correcto no mostrar agradecimiento por lo que se te da, por lo que te otorga el destino. “Tu le pediste un empleo, mas no especificaste que tipo de trabajo… Negar esto es cerrarte las puertas a la suerte y el porvenir… No puedes avanzar sin tener la visión que este es solo un escalón para lograr un propósito. Necesitamos un propósito para la evolución, pero ese propósito no nace en medio de la comodidad”.
Me dijo, con la tranquilidad de alguien que ya te tiene leído, que ya te conoce de años, y para mí esto fue muy extraño. Justo respondió esa inquietud de mi soliloquio interno, esa inquietud que me mantenía en un estado de espectador de mi entorno lleno de platos sucios, jabón y una fibra verde que ya no funcionaba para nada. Sufrí un shock al escuchar que me contestaba algo de mi fuero interno.
—Te voy a hacer una limpia —dijo, y me pidió que cerrara los ojos y juntara las manos. Él hizo lo mismo frente a mí. El aire se volvió denso. Empezó a murmurar, como si hablara con algo que no estaba ahí… o que yo no podía percibir.
—Hermano… ayúdame a liberar a este ser de toda la mala vibra que lo aflige…
Su voz era grave, lo escuchaba perfectamente a pesar del ruido del mercado… de la música, de quien grita sus ofertas y el murmullo de la gente.
—Libéralo de la negatividad que carga a sus espaldas… solo tú puedes hacerlo… ¡hazme tu conducto!…
Yo permanecía inmóvil, con las manos juntas y los ojos cerrados. Me sentía idiota parado ahí con los ojos cerrados y las manos extendidas, en medio del caos y la muchedumbre. Entonces sentí su mano en mi frente. Su voz descendió a un susurro y me dio instrucciones.
—Cuando sientas el calor en tus manos, aguanta. No las separes hasta que no puedas más. Pase lo que pase… no abras los ojos.
Y entonces empezó…
Me sumergí en un hormigueo que empezó por el cuello, una sensación de placer corporal recorriendo mi cuerpo. El hormigueo se intensificó fuertemente, empecé a sentir una erección no controlada; la sensación de placer se intensificó en mi cuerpo a la par del primer hormigueo. Sentí como algo algodonoso surgía de mi estómago, era como una esfera de algodón, pero con una textura rasposa, en este punto quise abrir los ojos, pero no podía, quería gritar, pero estaba inmóvil, no podía hacer nada… era una sensación horrible y a la vez llena de placer y hormigueo. De pronto, aún con los ojos cerrados, todo se tornó rojo, sentí calor, como el calor que emana un motor de carro al recorrer miles de kilómetros; me sofocaba, me incomodaba pero así como apareció, así se fue. Sentí algo recorrer mi ser, esta sensación descendió lentamente por mi cuerpo. Pasó por mi espalda, por mi torso… hasta concentrarse en la parte baja. Tuve que sentarme para soportarlo. Mis brazos vibraban. No era calor. Era otra cosa. Un cosquilleo eléctrico, acompañado de una extraña excitación que no tenía nada que ver con el momento.
Mi cuerpo se tensaba como un resorte, acumulando una energía invisible.
—No te dejes llevar por el placer… —susurró de nuevo—. Es un engaño de tu mente. Aguanta.
Pero no era un engaño cualquiera. Era una sensación profunda, envolvente. Placer, sí… pero también algo más.
Entonces lo sentí en las manos.
Al principio, apenas una presión. Luego, algo más definido: una pequeña esfera. Como si sostuviera una bolita invisible entre las palmas. Era cálida… luego caliente… luego densa.
Podía sentir su forma. Su crecimiento.
Se volvió esponjosa, casi blanda… pero incómoda, como si no debiera estar ahí. Como si no perteneciera a mi cuerpo.
Crecía. Y crecía. Hasta que ocurrió.
Una fuerza repentina empujó mis brazos. No fui yo. Algo me obligó a abrir mis manos de golpe. El movimiento fue brusco, violento… acompañado de un grito que no supe si salió de mí o de otra parte.
Abrí los ojos.
La realidad regresó de golpe. El mercado y mis miles de trastes se hicieron de nuevo presentes.
Ahí estaba él, de pie, aún en posición de rezo, murmurando palabras ininteligibles. Luego habló:
—La energía negativa siempre sale por el lado izquierdo… y siempre deja rastro. Mira tu mano izquierda.
Mire mi mano del lado izquierdo y ahí estaba. Un polvo negro, fino… como el tizne de las fogatas del pueblo. Me quedé inmóvil…Porque lo había sentido. ¡Por todo! El calor. La forma. El crecimiento, la excitación. Hasta el punto en que ya no pude soportarlo.
(..) Y ahora estaba ahí, con miles de dudas pues dentro de mi concepción esto era imposible. Soy escéptico. Siempre lo he sido. No creo en la magia ni en las energías, pero ese día experimenté algo, no tuve dudas, me sentí muy bien durante todo el día. Sonreí, me sentía pleno, agradecido y en paz… Me sucedió algo que no puedo explicar, como aquellas cosas que pasan cuando pasan.
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